viernes, 19 de octubre de 2018

La muerte de Atenógenes Corbín

Lloviznaba cuando Atenógenes Corbín atravesó el control de acceso del CNI. Su mercedes se arrastró con lentitud hasta la sombría entrada del edificio principal. Sentencia aguardó pacientemente en el asiento trasero a que el chófer le abriera la puerta del coche y le acompañara, paraguas en mano, a cubierto. Una vez dentro, tuvo que pasar por otro control, este equipado con rayos X y un arco magnético. Rió para sí con disimulo al verlo, mientras se colocaba con cuidado el pañuelo en el bolsillo delantero de la chaqueta. La recepcionista era una chica de buen ver, a la que afeaban unas gafas demasiado grandes.
—Soy Atenógenes Corbín, de Corbín, Palacios y asociados— se presentó, entregándole su tarjeta a la chica.
—¿Tiene usted cita?
—Me temo que no. El asunto que me trae aquí es de lo más delicado...
—Lo lamento— le cortó la recepcionista, —pero sin cita no puede usted ver a nadie.
—¡Oh! Pero no estoy aquí para ver a nadie en especial. Si pudiera escucharme unos minutos. Estoy seguro de que podría ser de mucha ayuda.
—Como usted comprenderá— soltó la muchacha, —tenemos mucho trabajo. Rellene este formulario y le llamaremos.
—Oiga. Soy el albacea de Don David Abad, antiguo trabajador de este centro— se detuvo un momento buscando unos papeles en su maletín. —Tenga. En... en realidad era albacea de un tío suyo que falleció unas semanas antes que el sobrino, dejándole una cuantiosa suma.
—Ya veo, señor...
—Corbín. Atenógenes Corbín.
—Sí, señor Corbín. Perdone, pero no sé cómo podría ayudarle.
—Ah cierto. Por favor, permita que me explique. Si pudiéramos hablar en un lugar más privado, solo serán un par de minutos.

La recepcionista levantó los ojos de los papeles y asintió con la cabeza. Utilizó el teléfono que tenía delante y cuchicheó algunas palabras. Enseguida vino otra mujer que ocupó su lugar y Sentencia y la chica se fueron juntos. La chica le guió por una puerta hasta una pequeña salita espartana, amueblada solo con una coqueta mesa de café y sendos cómodos sillones. Sentencia, bajo su disfraz de abogado caro, rechazó cortésmente el café que le ofrecían y se sentó sólo después de que lo hiciera su improvisada anfitriona.

—Usted dirá— repuso la mujer fríamente.
—Verá usted— adujo Corbín, —Mi cliente confiaba en que su legado sería para su querido sobrino, como es natural. La única familia que le quedaba en este mundo... Sin embargo, ahora que el señor Abad ha muerto sin herederos naturales, me encuentro en una posición sumamente difícil.
—Entiendo— Volvió a cortar ella, que no parecía muy dispuesta a salirse de lo meramente profesional, —Créame— resaltó. —Pero qué tiene que ver el CNI con eso. No consigo entender la razón por la que ha venido aquí. Ni tampoco qué podría hacer yo, una simple recepcionista.
—Claro, claro. La entiendo. Iré directo al grano... He venido porque es usted mi última esperanza. Prometo que si dedica estos dos minutos a escucharme atentamente, al final lo entenderá usted todo. Pero prometa que no me interrumpirá. ¿Lo promete?
—Está bien— suspiró la chica. Y haciendo de tripas corazón se resignó a escuchar. —Lo prometo.
—Bien. Intentaré resumir mi historia todo lo posible. El señor Roberto Abad, mi difunto cliente murió habiendo legado todas sus pertenencias a su amado sobrino, don David Abad, antiguo trabajador de este centro. La cuestión es que habíamos quedado en el notario la mañana siguiente a la noche en que fue brutalmente asesinado en su gimnasio. Comprenderá mi desesperación cuando descubrí que el fallecido no tenía familia ninguna en este mundo, ni siquiera primos lejanos. Era el deseo de mi cliente, Don Roberto que si su sobrino no le sobrevivía, se entregaran sus muchas y ricas propiedades a distintas causas benéficas. Y estaba en ello ayer, ya resignado a no encontrar ningún heredero vivo de Don David, cuando llegó a mis oídos que el señor Abad había establecido relaciones no hacía mucho con una compañera trabajadora de este centro y que además habían contraído nupcias pocos días antes del fallecimiento de este.
—Eso no puede ser— saltó la chica.
—Prometió usted no interrumpir mi relato...
—Perdone pero no pueden haberse casado. Las normas del centro prohíben las relaciones románticas entre compañeros de la misma unidad operativa y ellos lo eran.
—Me deja usted de piedra. Yo había supuesto que aquí se conocía ya el feliz evento, o que por lo menos algunos compañeros hubieran acudido a la boda como testigos. En todo caso, de que se casaron no hay duda— revolvió los papeles de su maletín, —mire, aquí está el certificado de matrimonio.
—Parece que lo dice es cierto y que se casaron después de todo— concedió después de mirar y remirar el certificado.
—Bien— replicó Corbín no sin antes haber devuelto el documento a buen recaudo en su maletín. —La cuestión ahora es que de la afortunada sólo conozco su nombre. Como comprenderá, necesito su dirección y su teléfono, para dirigirme a ella de forma adecuada. La pobrecilla ni siquiera sospecha que es heredera de una inmensa fortuna.
—Bueno, tampoco es que sepa el nombre muy bien. En su copia del documento eclesiástico solo se entiende su nombre de pila «Beta». No es un gran problema porque aquí todos sabemos quién es. En cuanto a la dirección, siento decirle que no puedo facilitársela, ya que la política de privacidad de la compañía no lo permite.
—Me temía algo parecido. Pero verá, si no la encuentro no me quedará otra salida que entregar toda la herencia a beneficencia. ¿No es una pena que tenga que ser así después de lo que ha sufrido?
—Mire, ¿qué quiere que le diga? Las normas son las normas. No obstante, como compañera de Beta no puedo permitir que se quede sin la herencia que le corresponde por derecho. Pobrecilla, ¿no cree que ya ha perdido bastante?
—En efecto, así es.
—Está bien. Su nombre completo es Svetlana Vorobiovna Zhuk. La dirección no puedo dársela, de verdad. Espero que le baste con eso.
—Bueno, no se preocupe. Usted ha hecho lo que ha podido. Muchas gracias por todo. No la entretengo más. Me marcho.
—Espere, no es por ahí. Permita que le indique la salida. Si es tan amable de seguirme...

Corbín se volvió, sonrió e hizo un gesto de cansancio. Se enjugó el sudor de la frente con su pañuelo de bolsillo y caminó detrás de la chica. Esta no pudo terminar el gesto de asir el picaporte que había iniciado, pues tuvo que tratar de apartar el pañuelo que se cernía en su garganta. Corbín cruzó rápidamente el pañuelo por detrás del cuello de la chica para formar un lazo mortal. Ella luchó con todas sus fuerzas para tratar de liberarse. En uno de sus intentos rozó sus gafas, que se precipitaron al suelo. No odiaba a la chica, así que empleó su mejor ciencia en cerrar el fluido sanguíneo de las arterias carótidas, para acelerar la pérdida de la consciencia mucho antes de que la asfixia causara la muerte. Un par de minutos después, con la chica aún viva pero inconsciente, buscó algo con lo que reemplazar su pañuelo. Después de todo no podía abandonarlo allí, quizá incluso con restos de su propio ADN. Recurrió al fino cordel de unas cortinas, que arrancó y utilizó para crear una ligadura lo bastante firme como para acabar el trabajo por sí sola. Sólo entonces, retiró su pañuelo y doblándolo cuidadosamente lo devolvió al bolsillo. A la chica le quedaba como mucho un minuto de vida o dos a lo sumo. Sentencia se alegró de que hubiera perdido la consciencia, ya que el cordel de la cortina era fino y le hubiera causado mucho dolor de no estar ya inconsciente. «Lo siento guapa» pensó, «pero no puedo irme sin la dirección». Y temiendo ser testigo del aflojamiento de los esfinteres que sobrevendría cerca del fin, la movió y la escondió lo mejor que pudo. Y él se concentró en su tarea de encontrar un terminal informático desde el que piratear los registros de los empleados del CNI. Diez minutos después abandonó el edificio, subió a su coche con chófer y se fue. En el trayecto comprendió que al matar a la chica había acabado también con su alter ego Atenógenes Corbín. El cual tendría que desaparecer de la escena para siempre. Torció el gesto al pensar en los gastos en que había incurrido. Los gastos de falsificación de los documentos que había usado para engatusar a la recepcionista, y de nuevo el coche lujoso con chófer. Pero pensando en el papel que llevaba en el bolsillo interior izquierdo de su chaqueta, había valido la pena cada euro. El hombre sin nombre tendría que reconocérselo y apoquinar la pasta. Estando en esas le sobrevino el malestar. Miró al exterior y vio que transitaban una desierta carretera secundaria.
—Pare en el arcén, por favor.
Sentencia se alejó unos pasos y vomitó.

viernes, 1 de junio de 2018

Del tercer dia de las aventuras de Atenógenes Corbín (LV - XXI)

Las entrevistas con los alumnos de kendo habían sido, todas y cada una de ellas, tristemente infructuosas. Por lo visto, hacía tiempo que David no asistía a clase y en las ocasiones en que sí había estado presente, no se había mostrado lo que se dice comunicativo. Ninguno sabía nada de amigos y menos de una mujer. Todos le describían como alguien taciturno aunque correcto en sus formas. También todos coincidían en que había sido uno de los mejores alumnos del dojo y poseedor de una técnica muy depurada.

Averiguar eso le había costado un día entero. Para más inri, le dolió descubrir el pastón que suponía alquilar un coche de postín con chófer. Si al menos hubiese avanzado algo en la investigación. Pero nada de nada. Aunque bien mirado se había quitado de encima a todos los del dojo. Ahora su último as en la manga era el club de tenis.

Obviamente, trataría de pasar todos esos gastos al hombre sin nombre, como dietas o gastos de investigación. Pero no las tenía todas consigo. Sobre todo, no quería tener que explicar que había gastado todo ese dineral en el alquiler de un solo coche y un conductor en un solo día. La tacañería del hombre sin nombre era legendaria. Quizá toleraría un error de un día, pero no de dos. Así que al día siguiente decidió dejar el coche de lujo y optó por uno que fuera aparente pero mucho más barato. No queriendo gastar un extra importante en un conductor, forzó a Abisinio a interpretar ese papel. Con un disfraz adecuado daba el pego, aunque he de decir que Abisinio era bastante renuente. Habiendo llegado a hacer cuatro intentos de fuga. Todos ellos abortados con maestría por Sentencia. Con la correspondiente posterior sanción escarmentadora, a cual más dolorosa y humillante. Como no me puedo entretener en dar muchos detalles, bastará con que me detenga a explicar una de las escapadas y su terrible conclusión. Una de las veces, con Abisinio ya en plena fuga, como alma que lleva el diablo, así lo viera Sentencia, sacó su amplio pañuelo de bolsillo y ató pesos considerables a los extremos. Hizo esta operación con tal lentitud y cuidado que ya parecía su presa perdida. Abisinio estaba a punto de darle esquinazo, nunca mejor dicho, y de perderse tras una esquina muy próxima a él. Pero el asesino cuando hubo terminado, impasible, imprimió al pañuelo toda la fuerza que únicamente su robusta complexión puede generar. Y volando esta improvisada arma hacia Abisinio, se le trabó el centro en la cabeza. Tocado por la parte central del pañuelo, Abinio se detuvo confundido. Mas por la natural inclinación de la masa a continuar su movimiento; los pesos, que no eran sino pesadas piedras redondas; fuesen hacia adelante y rodeándole el colodrillo dos veces, las que diera de sí el pañuelo, le propinaron sendos golpes, que por una infortunada reacción tardía de Abisinio, se le fueron contra las mandíbulas causando gran mortandad y grande destrozo de dientes y carne respectivamente. Tanto dolor sintió este, que a pesar de su continuo sufrimiento por causa de los daños recibidos, no le quedaron ya ganas de escapar mas que una o dos veces más. Así como había quedado, hecho un «hecce homo», a Sentencia no le servía demasiado. Pero en vista de su acuciante necesidad, le lavó la cara cariñosamente y seguidamente procedió a maquillarle como pudo. Y la sangre que no pudo cubrir, la disimuló con una poblada barba postiza y unas gafas de sol.

Con todas esas cuitas, les costó casi toda la mañana llegarse al club de tenis. Así pues, tuvieron que parar a comer. Aunque dicho sea de paso, Abisinio no pudo probar bocado debido a sus lesiones, y se contentó con ver ingerir alimento a Sentencia. Ya por la tarde le dio orden de que esperara en el coche y se dirigió, Sentencia solo, hacia la entrada del club. Recibía el nombre de Club de Tenis «El codo distraído», y resultó ser uno de esos clubs exclusivos en los que solo pueden entrar los socios y en los que para ser socio hay que tener enchufe y la conformidad de los demás socios. Sentencia, que no estaba para chuflas, llamó aparte al portero y cubiertos por un camión, y notando que nadie los veía. Sentencia desplegó su pañuelo simulando que iba a limpiarse el sudor. Pero en vez de eso, lo agarró de forma que un peso de los dos que tenía atados todavía quedase colgando. Con un rápido movimiento lo lanzó hacia adelante, yendo a dar una de las piedras directa a la frente del hombre. No suficientemente fuerte para matarlo, pero sí para aturdirlo el tiempo justo para colocarse a su espalda, atar el pañuelo al cuello del pobre hombre, y cargarlo a su espalda para que se estrangulara por su propio peso. No llegó a tanto, porque al poco rato se escuchó un desagradable crujido. Al portero se le había roto el cuello y estaba ya muerto o camino de estarlo por sus propios medios. Así que Sentencia recuperó su pañuelo y tras comprobar nuevamente que nadie miraba, escondió al muerto en la parte de atrás del camión. De donde esperaba que no fuera descubierto hasta unas horas después, por lo menos. Su plan al matar al hombre había sido ponerse sus ropas para hablar con los socios haciendo él mismo el papel de portero. Pero se dio cuenta que le vendrían demasiado pequeñas. Entró en silencio en las dependencias del club y no le costó mucho esfuerzo encontrar la estancia del portero y allí, un armario con un uniforme de su talla.

Una hora después salía Sentencia con la satisfacción del deber cumplido. Tenía en su poder la información que había estado buscando, o al menos una pieza importante de la misma. Estaba tan contento que pensaba que nada podría estropearle ese momento. Y era verdad. Ni siquiera le afectó que Abisinio se hubiera largado con el coche. Ya le ajustaría las cuentas más tarde.

sábado, 26 de mayo de 2018

Sentencia visita el cementerio (LV - XX)


La siguiente parada de Sentencia, después del infamado dojo, fue el cementerio. No es que le apeteciera mucho, pero debía echar un vistazo a la tumba de David Abad. Una vez muerto no había pensado más en él, e incluso dejó que lo enterraran sin haber pensado siquiera en que sería buena idea ir a vigilar, para ver quienes aparecían en el funeral y en el entierro. Esa información hubiera sido oro para la coyuntura actual. Desgraciadamente, por entonces era algo que no le preocupaba. Pero ahora se arrepentía, cuando la necesidad le acuciaba.

No esperaba encontrarse con nadie a esa hora de la mañana, pero por si acaso, alquiló un buen coche con chófer. Que un abogado relacionado con la familia visitara la tumba no debería despertar la más mínima sospecha. Así que pensó hacer uso, durante un poco más de tiempo, del personaje de Atenógenes Corbín, abogado de herencias.

Encontró el lugar desierto. Incluso le costó un buen rato encontrar a un empleado que le indicara donde estaba situada la sepultura. Le dio al hombre las gracias y una pequeña propina y se quedó solo. Entonces escrutó la lápida a placer. Lo primero que vio fue a un chico que le devolvió la mirada desde su fotografía impresa en cerámica. Se trataba de Carlos Abad, hermano de David, a quien Sentencia había asesinado por saber demasiado sobre asuntos que no le incumbían. Había tenido que matarlo, como a los demás miembros del aquel foro funesto, porque tuvieron la mala suerte de apercibirse del avance del malware demasiado pronto: en el momento más delicado para los planes del hombre sin nombre. Había sido cuidadoso y los había matado a todos en callejones oscuros de barrios de mala reputación. Según sus informes, y el hombre del dojo no había hecho otra cosa que confirmarlos, la policía había tomado todos los casos por robo con muerte. Eran tan torpes que no habían podido establecer el menor vínculo entre las distintas muertes, más de cincuenta, aún cuando Sentencia los había matado prácticamente a todos mediante el mismo procedimiento. A saber, puñalada en los sesos a través del ojo derecho. Aunque los había matado a todos sin mostrar el menor remordimiento; estar una vez más cara a cara con uno de ellos, aunque solo fuera en fotografía, le provocaba escalofríos. Apartó la mirada del círculo de cerámica y se tomó su tiempo para estudiar el resto de la lápida. Los marmolistas aún no habían grabado el nombre de David en la losa, así que pasó a examinar las numerosas coronas y ramos de flores minuciosamente. Esas ofrendas florales y sus mensajes tontos era la principal razón por la que había ido al cementerio en primer lugar. Había allí una corona de los compañeros del dojo, muy llamativa y con un mensaje lacrimógeno; otra bastante aburrida y formal de los compañeros de trabajo del CNI; algunas más de amigos, anodinas; una de un club de tenis, de cuyo nombre tomó buena nota; y también unos cuantos ramos, casi todos sin mensaje ni tarjeta. Uno de ellos le llamó la atención, porque sólo podía provenir de una mujer. Sentencia tenía buen ojo para estas cosas. Un ojo que había ido cultivando sólo después de una prolongada carrera como asesino. La armonía de los colores, la elección de las plantas, lo cuidado de la organización. No cabía duda. Una mujer, y además, si Sentencia no había perdido el olfato por el que era legendario, una en concreto con la que la víctima debía de haber tenido una relación de clase íntima. Tenía que hacerse con su identidad enseguida, y después, Atenógenes Corbín le haría una visita de cortesía. Pero antes de que pudiera darse ese placer, le quedaba mucho trabajo pendiente. Demasiados cabos sueltos. Repasaría la vida de David Abad como el que abre una cebolla capa a capa, en cada círculo sabría un poco más y seguiría así hasta llegar al corazón. En cada etapa añadiría más nombres a su lista. Tendría que escoger sabiamente con cuales entrevistarse y a cuales rechazar. Deshacer el ovillo no iba a ser fácil. De momento sólo tenía dos hilos por los que empezar: uno, las señas de los compañeros del dojo; y el otro, el club de tenis. Con suerte encontraría a alguna persona que hubiera sido cercana a David y que pudiera darle más información.

sábado, 19 de mayo de 2018

Vuelta al dojo (LV - XIX)


A Sentencia aún le ardía la cara por la afrenta recibida del hombre sin nombre en presencia del hacker Abisinio, alias Abyss, en el «tercer concilio». Le había llamado rufián asqueroso, y lo que más le dolía: mandril repulsivo. A él, que era de lo más escrupuloso con su higiene personal. Y no era por que él lo dijera, pero era guapo, alto y de buen tipo. Todas las prostitutas con las que había estado lo hubiesen confirmado. Y era verdad. Todavía no había llegado a los cuarenta y estaba de buen ver, aunque no fuera tan guapo como él creía. Era como si el hombre sin nombre le hubiese cruzado la cara con sendas bofetadas, sin que el hubiese tenido oportunidad de ofrecerle la otra mejilla, pues ya había recibido cada una lo suyo. Estaba indignado, pero no era momento para eso. Después de todo, él no quería que el infortunado David Abad se saliese con la suya. Había que investigar. Abrió su armario y sacó de una bolsa hermética un traje negro impecable que había destinado para servir de mortaja algún día. Ya se compraría otro para tal fin. Le gustaba estar preparado para cualquier eventualidad. Se calzó sus mejores zapatos y se puso unas gafas de culo de vaso falsas que confiaba le hicieran parecer distinguido e intelectual. Completó su atuendo con un sombrero del tipo fedora que le aportaba un toque estrafalario al conjunto. Esta vez tuvo que prescindir de su amada pistola FiveseveN e incluso del estilete que normalmente llevaba oculto en su antebrazo derecho. Salió solo con la compañía de un pañuelo en su bolsillo y un maletín.

Y de esta guisa llegó al dojo donde dejara muy malherido a David Abad. No se le ocurrió mejor lugar por el cual empezar sus pesquisas. Después de todo no podía presentarse en el CNI sin alguna buena escusa. Con el dueño del dojo muerto, no sabía qué había sido del establecimiento. Imaginó que tendría que llamar a la puerta de la vivienda o informarse por el casero de algunos detalles. Luego sería cuestión de ver si habían movido los registros, y si no, aguardar a la noche y colarse dentro. Pero le sorprendió ver el dojo abierto y en febril actividad. Al principio eso le contrarió, pero enseguida se dio cuenta de que en realidad le facilitaba el trabajo. Tras el genkan o entrada tradicional de dos alturas en la que tuvo que dejar los zapatos; llegó a la recepción, donde un hombre de mediana edad estudiaba con los ojos entornados la pantalla de un ordenador.

—Disculpe. Soy Atenógenes Corbín, de Corbín, Palacios y asociados— le hizo entrega de su tarjeta.
—¿Abogado?
—En efecto. Así es. Señor...
—¿Qué le trae a mi dojo?— preguntó el otro desatendiendo los principios más básicos de la cortesía.
—Si me lo permite, iré directo al grano. Mi bufete se cuida casi únicamente de herencias de cierta importancia. Pues verá, una herencia sumamente cuantiosa ha recaído en la persona de un antiguo alumno de este honorable establecimiento, que por desgracia también ha muerto hace escasos días, sin dejar viuda, hijos ni cualquier otro heredero que conozcamos.
—¿No me diga que se trata de David?
—Precisamente, el señor David Abad. Es muy triste. Un hombre tan joven y con todo el futuro por delante...
—Doblemente triste, pues tengo entendido que su único pariente vivo, un hermano menor, murió también en extrañas circunstancias unas semanas antes que él.
—Muy cierto— repuso sin dejar traslucir emoción alguna, aunque esa noticia le había pillado muy por sorpresa, pues Sentencia no sabía nada de un hermano de David. Se propuso averiguar cuanto pudiera de la muerte del hermano. —Por cierto, ¿se ha aclarado algo del asunto del hermano?— interrogó con pasmosa indiferencia, mientras se ajustaba las gafas con un dedo.
—La policía insiste en que lo mataron de una puñalada en aquel callejón para robarle el dinero. Pero David no lo creía así...— dijo el hombre dubitativo.
—Y ¿por qué? Si puede saberse.
—Puedo decírselo porque David fue muy insistente en ese punto. Estaba convencido de que tras la muerte de su querido hermano... creo que se llamaba Carlos, se ocultaba una oscura conspiración. Nadie le creía, por supuesto. Hay tantas muertes absurdas en este mundo, que no es necesario recurrir a conspiraciones de ningún tipo. El insistía en que cuando lo encontró la policía, el cadáver llevaba todavía una buena cantidad de dinero en el pantalón. Por lo visto, pocas horas antes le había dado el dinero del alquiler de su piso de estudiante.
—No todos los ladrones son tan concienzudos como la gente cree— confirmó Sentencia. —Es muy posible que encontrara la cartera con unos pocos euros y no pensara que pudiera llevar más dinero en otro bolsillo.
—Claro, claro. Eso es lo que la policía y algunos de nosotros le decíamos. Pero él parecía tener otras razones para desconfiar de esa teoría. Vaya usted a saber.
—Creo haber leído en algún diario que al chico lo apuñalaron en el ojo. ¿No es verdad?— soltó Sentencia como quien dice algo trivial, confiando no despertar sospechas.
—Efectivamente. Un tema muy desagradable. Pobre chico. ¡Ah! El hermano mayor estaba desconsolado. A veces se le veía en los ojos un brillo como de rabia. La muerte de su hermano le obsesionaba terriblemente. Sí. Tenía al pobre muchacho totalmente trastornado.

Sentencia se sentía satisfecho. Ahora conocía la razón por la cual David Abad se había entremetido en los asuntos del hombre sin nombre. El y su jefe habían estado muy equivocados. No es que estuvieran bajo la lupa del CNI en algún tipo de misión oficial, sino que era algo personal. Muy personal y tremendamente visceral. Tenía que descubrir si había alguien más en el ajo. No le gustaba dejar cabos sueltos. Era crucial enterarse de si David había confiado los detalles de su investigación a otras personas. Si había sido así, muy pronto morirían también.

—Bien, todo eso es muy desafortunado. Ha sido usted muy amable poniéndome al corriente, completando algunas lagunas de la historia que tenía. Ahora me pregunto si me permitiría hablar con algunos de los antiguos compañeros del señor Abad. Quizá alguien sepa algo que pueda serme útil para encontrar a los herederos, si es que los hay.
—Claro, pero tendrá usted que venir esta tarde. Su grupo viene a última hora de la tarde.
—Qué contrariedad. Esperaba no tener que hacerlo. Verá. No quiero importunarles durante su clase. Estoy seguro de que es usted muy hábil con ese ordenador. Apuesto a que en un minuto es capaz de obtener un listado con las señas de todos ellos. Con eso sería más que suficiente. Y ya me cuidaría de llamarles y entrevistarlos cuando mejor les conviniera.
—No sé. Esos registros son confidenciales...— empezó el hombre.
—No se preocupe por eso. Los abogados entendemos bastante de secretos y confidencialidad. No lo sabrá nadie. Me haría un inmenso favor.
—Me temo que no puedo. Deberá usted hablar con ellos aquí, cuando vengan. No hay más remedio. La cuestión de la protección de datos se ha puesto muy severa. De veras no podría.
—Mire, haremos una cosa. ¿Qué le parece si me hace ese favor y yo consigno una pequeña recompensa por sus servicios como parte de los gastos de la investigación? Digamos, ¿1000 euros?
—Ea... visto así. Creo que puedo proporcionarle los datos ahora mismo.

Sentencia extrajo de su maletín los mil euros y puso allí mismo el papel con el listado. Fingió tomar notas y cerró el maletín escrupulosamente.

—Pues asunto zanjado. Señor...
—¿Hace falta que conste mi nombre en alguna parte?
—En absoluto.
—Pues entonces no creo necesario decírselo. Que tenga muy buenos días, señor... Corbín. Era ese su apellido, ¿no es así?
—Precisamente. Buenos días.

Y habiéndose despedido de esta manera, salió del dojo y, con una sonrisa enigmática, se fue por donde había venido.

viernes, 13 de abril de 2018

El Tercer Concilio (LV - XVIII)

La nueva incorporación al equipo de «man no name» era Abisinio Simón Sisa, de 29 años. Un hombre delgado, de hombros caídos, y chepa incipiente, que empezaba también a echar tripa. Calvo desde los 20 y falto de dentición por un nefasto accidente que, para más inri, también le dejó tuerto; era un hacker mediocre tirando a peor. Con todo, era bastante más decente que Gumersindo Peralta Romero, alias GumPeR. Abisinio, alias Abyss, o Sima en la lengua de Cervantes, que por los dos nombres era conocido, no era el mejor, pero sabía venderse bien. Era un tío perseverante tirando a cabezón que si algo no le salía, removía Roma con Santiago hasta que lo conseguía. No se sabe con seguridad la razón por la que el hombre sin nombre lo escogió entre tantos prohombres del mundo hacker. Sentencia pensaba que lo había fichado porque con su facha era poco probable que gastase el tiempo en mujeres. Y de las de mala fama ya se encargaría el jefe en no proporcionarle tanto dinero como para que se entretuviera con ellas en demasía. La tacañería del hombre sin nombre es legendaria. No se le escaparía este como el L0pthR, volando de ciudad en ciudad. Le había dado habitación en el antiguo piso de GumPeR, y le cubría los gastos poco más que para comer. Le había prometido mucho dinero, pero para cuando hubiese terminado su cometido. Algo que lo más seguro terminaría junto con sus días, de puro viejo... o quizá no tanto.

Pero si algo no tenía Abisinio era un pelo de tonto. Volcó todo el contenido de la tarjeta SD misteriosa a un disco duro nuevo y le pasó varios antivirus con la esperanza de que algo de los códigos maestros hiciera saltar las alarmas. Lo que era lógico. El virus distribuido estaba protegido, pero los códigos maestros no tenían por qué estarlo. No tendría sentido. Cuando decenas de software antivirus no detectaron nada, le pareció raro. No obstante, desarrolló un algoritmo con bash que hiciera búsquedas con múltiples objetivos: indicios de firmas criptográficas, posibles códigos fuente, firmas de ejecutables de varios sistemas operativos y distros de GNU/Linux, archivos comprimidos, etc. Esta búsqueda sí arrojó bastantes resultados, pero después de algunos días los descartó todos. No había rastro de archivos fantasma en la SD, tampoco los acrósticos acostumbrados. Abisinio sabía que una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que sea, debe ser la verdad. Así que lo asumió y lo aceptó: la tarjeta SD no tenía los códigos y era quizás un señuelo. No gastó tiempo dudando de sí mismo ni de su resultado. Hizo lo que tenía que hacer. Convocar el tercer concilio. Y el tercer concilio tuvo lugar.

Sauron: Señor, su siervo le aguarda en respetuoso silencio.

(En esta ocasión Abisinio está usando mismo usuario que utilizara L0pthR.)

Morgoth: Aquí estoy hijo mío.

Witch-king of Angmar: Joder, este protocolo no me gusta nada. Ya está, ya lo he dicho.

Morgoth: Calla insensato. Limítate a hablar cuando se te diga Witch-king.

Witch-king of Angmar: Vale... esto... Señor. Su siervo «le aguanta en respetuozo silensio».

Morgoth: Hijo mío, no hagas caso y dime por qué has convocado el concilio.

Sauron: Como ordene. He analizado la memoria y puedo decir sin ningún atisbo de duda que es un señuelo.

Witch-king of Angmar: «Sin nigbun adisbo de duda...» ¿Cómo que es un señuelo? Cabrón de mierda. ¿Sabes lo que costó conseguirla? No has investigado lo suficiente. Tiene que ser la auténtica.

Morgoth: Calla Sentencia y no me jodas.

Witch-king of Angmar: ¿Qué hace jefe? ¿No dijimos que nada de nombres y que ni siquiera los alias?

Morgoth: ¡GRUMPLFX! ¡Mira lo que me has hecho hacer, mentecato! No digas una palabra más. Déjamelo a mi.

Witch-king of Angmar: Sea.

Morgoth: Hijo mío, Sauron. ¿Qué quieres decir con que es un señuelo? ¿Podrías explicarte mejor?

Sauron: Por supuesto, señor. Quiero decir que la memoria que me dieron no contiene códigos maestros ni programas de ningún tipo.

Morgoth: Eso no puede ser. ¿Estás seguro?

Sauron: Totalmente.

Witch-king of Angmar: ¿Sabes lo que estás diciendo, niñato? Dos hombres han muerto para que tengamos esa puta memoria en nuestro poder.

Sauron: Eso no es cosa mía.

Witch-king of Angmar: ¿Vé jefe? Que no es cosa suya... ¡Será gilipollas el tío...!

Morgoth: Silencio inútil. Deja que se explique. A ver, hijo, entonces si lo que dices es verdad, ¿donde crees que están esos códigos?

Sauron: Con todo el respeto, señor. No lo sé. Si me permite especular, creo que existen dos posibilidades: o bien hubo un cambiazo o bien la tarjeta fue siempre un señuelo y los códigos están a salvo en poder de su autor.

Morgoth: Lo del cambiazo me da que pensar. Lo otro es imposible. El autor está muerto.

Sauron: Como le decía, era pura especulación.

Morgoth: Muy bien, hijo mío. Has cumplido con tu cometido, aunque haya tenido este resultado. Witch-king, en cuanto a ti, quiero que investigues si el tipo ese al que, ejem, «visitaste» pudo darte el cambiazo. Y si es así, averigua dónde está la original. No cabe otra posibilidad.

Witch-king of Angmar: Pues, mire usted por donde, va a ser difícil.

Morgoth: No me hagas de decir lo que no quiero. ¡Desgraciado! ¿Cómo que va a ser difícil?

Witch-king of Angmar: Pues que el hombre aquel no se recuperó de sus heridas. Murió hace días. Ale ¡Listo!

Morgoth: ¿Listo? ¿A mi con esas? ¡GRRRRRRUFLMRRGGGGRRRFLX! ¡Yo lo mato y lo hago en escabeche! ¡Rufián asqueroso! ¡Pues tendrás que salir ahí fuera a investigar! ¡Y NO VUELVAS HASTA QUE TENGAS ALGO! ¡¡¡¡MANDRIL REPULSIVO!!!! ¡¡¡¡SAL FUERA DE MI VISTA!!!

Witch-king of Angmar: ¡Eh! ¡A mi no me endilgue ese mote! ¿Pues no dijo usted que el mandril repulsivo era el Sauron? ... Uh, oh. Bueno vale. Ale, me voy yendo.

Morgoth: ¡¡¡No sé cómo no tendré la sangre negraaaa!!!

Sauron: Señor..., ¿qué quiere que haga ahora?

Morgoth: ... ... ... ... ...

Sauron: ¿Señor?

Morgoth: ¡AHHHHHH! *sic* Sí hijo mío. Pues anda y familiarízate con el virus, husmea en su código y luego mira si hay forma de hackearlo de alguna manera para poder hacer cambios nosotros, aunque no tengamos los códigos.

Sauron: Cómo ordene. Señor.