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jueves, 6 de abril de 2023

Crisis emocional (LV - XXV)

Svetlana andaba inquieta de un lado a otro en el ala de ejercicio del ZULO. Se había ido allí para estar a solas y poner sus ideas en claro. Presentía que algo andaba mal pero no sabía qué. La sensación que tenía era como cuando, en una película, los efectos especiales no terminan de funcionar y el cerebro te dice que lo que estás viendo no es real. No terminaba de asimilar lo que le acababa de decir Rhyst. Simplemente, no podía creer aquello y se resistía a aceptarlo, a pesar de que la evidencia era demoledora. Pero no podía ser cierto. Aprovechó la soledad y dejó, por primera vez desde el funeral, que sus emociones la dominaran. Sus hombros acompasaron sus sollozos. "Me siento tan sola", pensó. Era verdad. Había pasado los días rodeada de gente amable y considerada. No la habían dejado sola más de lo estrictamente necesario y se sentía muy arropada. Ello sumado a que había procurado estar ocupada todo el tiempo posible, la mantenía como drogada y prácticamente carente de emociones. Pero la ausencia de David pesaba demasiado en su corazón y no podía evitar sentirse sola. Solo había estado retrasando el duelo. "Es tan injusto", pensó, recordándolo todo de repente. Se dejó caer de rodillas, se hizo un obillo en el suelo y se permitió llorar. Su cuerpo tembló y maldijo en voz queda, golpeando con el puño en el suelo. Le hubiera gustado gritar.

Al cabo de un rato se levantó, se recompuso como pudo y arrancó con paso decidido hacia el despacho de Dany.

Los últimos días de David habían sido una pesadilla para ella. No le dejaron verle en ningún momento y sin embargo conocía la gravedad de su estado. Aquello supuso una de las pruebas más difíciles de su vida. David pasó sus últimos días en la UCI, desde su ingreso en el hospital hasta su fallecimiento. Únicamente Dany tuvo acceso a él en esos días y le acompañó en su última hora. Aun cuando le dieron la noticia a Sveta de que había muerto, todo lo que pudo ver fue un ataúd cerrado. No se separó del féretro apenas ni un momento hasta el entierro. El tanatorio estuvo todo el tiempo abarrotado con compañeros y amigos. Recordar esos momentos la ponía triste y al mismo tiempo furiosa. Le hubiera gustado despedirse como es debido, pero no se lo habían permitido. Ella insistió en que le daba igual el aspecto que tuviera, pero sus quejas fueron en vano. Dany zanjó el asunto diciéndole que era mucho mejor para ella que le recordase como era cuando estaba vivo. Después de todo ella no era de su familia y no pudo reclamar en el hospital. Pero Dany tampoco lo era y a él le dejaron verle. Ese hecho la perseguía desde entonces y la enfurecía.

Al llegar ante la puerta del despacho estuvo tentada de aporrearla. Decidió que no estaba para ceremonias. Abrió y se coló dentro. Dany estaba absorto en un informe, sentado a su mesa. Sveta se acercó y dió un golpe en la mesa con el puño cerrado para llamar su atención. Dany dio un respingo y estuvo a punto de caerse de la silla.

—Cuéntame otra vez lo que te dijo David antes de morir.

Dany la miró un momento y volvió su atención al informe.

—¿Es que no sabes llamar?

—Mira Dany, ¡no me jodas! ¡Que no está el horno para bollos! ¡Habla de una puta vez! "Hijo de puta", quiso añadir, pero le falló la voz.

El agente la miró brevemente. Por un momento la habitual rigidez de su cuello y hombros cedió un poco al tiempo que suspiró.

—No tengo tiempo para esto. —Dejó los papeles a un lado y rebuscó en los cajones de su escritorio. Al cabo de lo que a Sveta le pareció una eternidad, extrajo una cajetilla de tabaco y un mechero. Le ofreció un pitillo, que ella rechazó. Entonces puso toda su atención en encenderse uno para él. Todo en él denotaba una visible incomodidad y poca disposición para escucharla. Pero tras un par de caladas pareció serenarse y armarse de paciencia. Llevaba años sin fumar, pero debía necesitarlo. —Dime, ¿qué ha ocurrido?

Sveta se dejó caer en la silla. De repente se sentía cansada.

—T-todo este tiempo —empezó— me había consolado la idea de que David se había sacrificado para conseguir esa dichosa tarjeta SD. —Apoyó los codos en la mesa.

—No debes pensar en eso. Él solo era un hombre que creía en lo que hacía y cayó sirviendo a este país. Conocía de sobra los riesgos. Debes recordarle por lo que era, no por nada relacionado con la misión.

"¿Es posible que sea tan frío como aparenta?" Se preguntó. —Los datos de la SD no están completos —atinó a decir—. Faltan los códigos maestros. Me lo acaba de comunicar Rhyst.

—¿Qué dices?

—Lo que oyes —dijo. "Cabrón altanero y gélido hijo de puta", quiso decirle, pero se contuvo y solo lo pensó—. Está incompleta. Y eso no es todo. Hay rastros de que esos códigos estuvieron ahí. Alguien se ha esmerado para borrarlos. No solo los ha borrado, ha sobreescrito el espacio que ocupaban en el disco con "X".

—¡Mierda, mierda, mierda! —Dany hizo una pausa para pensar y dió una profunda calada a su cigarrillo. —Bien. Lo importante es que ahora lo sabemos. Mira, Seveta, tenemos el mejor equipo y la mejor gente. Encontraremos la manera de pararles los pies a esos dos y haremos que todo esto haya valido la pena. Lo más importante es que que les hagamos pagar caro todo el mal que han hecho. ¿No crees?

A pesar del exabrupto, Dany no parecía sorprendido. Para Sveta, esa certeza, fue un aldabonazo de confirmación para todo lo que le había estado rondando la cabeza. "No sabe mentir, a pesar de las ganas que le pone el tío. Está claro que lo sabía. Lo sabía! ¿Pero cómo es posible?".

—Yo ya no creo nada —respondió visiblemente abatida.

—Intenta calmarte… —Dany fue a sacudir la ceniza que se había acumulado en su cigarrillo, cuando recordó que no tenía cenicero.

—Hay algo más que quería decirte —añadió Sveta.

—¿El qué? —Dany tomó una hoja de papel y empezó a plegarlo aquí y allá. Estaba tan absorto en esa tarea que Sveta decidió aguardar a que terminara. Él notó notó el silencio y la miró un momento, —Adelante, te escucho. —Enseguida volvío a poner su atención al siguiente doblez sacando un poco la lengua en señal del esfuerzo.

Sveta no sabía decir si aquello era una pose para restarle importancia al asunto de la tarjeta SD, o si Dany tenía un lado infantil que hasta ahora no había tenido oportunidad de presenciar. Fuera como fuese, aquello agotaba su paciencia, pero se contuvo a base de voluntad.

—Estás tan tranquilo, siempre tan sereno. Casi nada te altera. Tan confiado… que crees que puedes manejarlo todo tú solo y que los demás estamos ciegos. Pues bien, no creas que me engañas. Aquí hay algo que no me cuadra. Y mira, Dany, no soy la típica niña tonta. Soy una agente especial de inteligencia. Desde hace tiempo vengo sospechando que me ocultabas algo. Ahora, no me preguntes cómo, sé que me ocultas algo. No tengo la más remota idea de lo que es, pero no puedo seguir con esa duda. Ya es hora de que lo compartas, al menos conmigo. ¿No crees?

Dany sonrió ligeramente sin mirarla y realizó el último doblez. Sveta frunció el ceño confundida. No podía saber si Dany sonreía porque consideraba ridículo lo que acababa de insinuar, o simplemente por lo orgulloso que se sentía de lo bien que le había quedado el cenicero que acababa de fabricarse. En cualquier caso, aquello no le gustó un pelo, pero se mantuvo a la espera de su respuesta sin decir nada.

Dany depositó un poco de ceniza en su improvisado cenicero, apagó el cigarrillo en la suela del zapato y tiró la colilla a la papelera. Al volver su mirada a la severa expresión de Sveta, recuperó su habitual rictus de seriedad, fingida o real.

—Si de verdad hay algo que os he ocultado, lo sabréis en el momento que yo estime oportuno. No antes. Ah, y espero que entiendas que esta actitud no puede repetirse. No tenemos tiempo para histéricas. Y ahora, sé buena y ve a arreglarte un poco. Estás horrible —le espetó de forma cortante, sin un atisbo de humanidad. Y sin darle tiempo a contestar, salió de su despacho cerrando la puerta tras de sí.

Sveta no derramó más lágrimas. Se dirigió lentamente a la puerta con una punzada de rabia y de dolor al mismo tiempo.

—Ajustaremos cuentas con esos dos muy pronto —añadió Dany antes de que Svetlana saliera y cerrara la puerta tras de sí.

domingo, 27 de diciembre de 2020

Cartas sobre la mesa (LV - XXIV)

Cartas sobre la mesa

Daniel Trujillo, expolicía y miembro del departamento de delitos informáticos del CNI, acariciaba las tres muescas de la culata de madera de su revolver Astra Police .357 Magnum mientras repasaba en su mente como habían ido las cosas desde aquella conversación con el Super. Vicente Restrepo, alias El Super, era el subdirector del departamento. Dany sabía que, oficialmente, este carecía de poder para poner en marcha un nuevo equipo Ala 25 tal como le había pedido, pero en los muchos años que Vicente llevaba en el CNI había conocido a mucha gente de áreas muy dispares. Concretamente su amistad con el jefe del Núcleo de Apoyo Operativo de Madrid Centro había probado ser muy útil, pues gracias a la misma se las había apañado para incorporar a los chicos en uno de los equipos del grupo KA 5 o Agentes Operativos Grupo 1. Y lo había hecho bajo las mismas narices de Plana mayor y Secretaría de los grupos KA. Ahora formaban parte del Subgrupo Primero, Equipo Tercero del KA 5 y se habían establecido en el ZULO; nombre provisional de la base de operaciones del equipo que, ya fuera por pereza o falta de imaginación, había acabado siendo la designación definitiva. El grupo tenía un jefe, un subjefe y siete agentes especializados en: transmisiones, mecánica especial, óptica, transporte, cambio de apariencia, censura y conocimiento del entorno. A ellos se habían unido Dany, Rhyst y Svetlana. A Dany le correspondía ser el jefe de facto del equipo aunque, de alguna manera, tendría que torear al jefe oficial del mismo para salirse con la suya. Odiaba profundamente los tejemanejes políticos, motivo por el cual no había ascendido. Echó otra ojeada a las muescas de su revolver y le vino a la mente la imagen de Isidro Jiménez "El Nene" pudriéndose por el cáncer en una cama de hospital. Aquello le confortó al recordarle que la vida siempre puede ir a peor. Aquel revolver lo había heredado de "El Nene" y aunque las tres muescas eran cosa de su anterior propietario, Dany soñaba con marcar la suya propia. Esperaba tener esa rara oportunidad con Sentencia. Ese perro, al igual que su amo, era muy escurridizo. Tan escurridizo como certero, se podría decir.

Dos golpes suaves en la puerta de su despacho le recordaron que habían quedado en que pondría al día al equipo sobre los pormenores del caso.

—Voy en un momento. Espérenme en la sala —gritó. Descolgó el teléfono y marcó el número interno de Rhyst. Cuando le respondieron añadió: —Busca a Beta y reuníos conmigo en la sala de juntas.

—Enseguida vamos —se escuchó. Dany colgó el auricular, se puso en pie, devolvió el Astra Police a su funda bajo el brazo izquierdo, se puso la chaqueta y por un momento unos documentos amontonados en una esquina de su mesa ocuparon toda su atención.

Cuando entró en la sala de reuniones de las instalaciones del ZULO, con los documentos bajo el brazo, ya estaban allí todos los agentes originales del equipo excepto el anterior jefe; que se negaba a comparecer porque no aceptaba la intromisión de Daniel y sobre todo que le desplazaran de aquella manera del mando del equipo. A Dany no le importó. Se limitaba a hacer su trabajo y se mantenía al margen de todas esas mierdas políticas. Se veía forzado a ocupar el puesto de jefe porque era el que más sabía del bosnio. Aunque tampoco le gustaba esta situación, estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario. Al cabo de un momento entraron Rhyst y Sveta. Dany ocupó la presidencia de la mesa y quedándose con una copia, entregó el resto para que se lo repartiesen.

—Los documentos que tienen delante —sostuvo la mirada por turnos a cada uno de los allí reunidos— constituyen un dossier con toda la información que se sabe hasta la fecha sobre el criminal conocido como "el bosnio". —Hizo una pausa dramática evaluando la cantidad de energía negativa que flotaba en ambiente—. También hay un pequeño informe con lo poco que sabemos sobre la persona que le suele acompañar en estas lides: un asesino muy peligroso que se hace llamar "Sentencia". Nuestro objetivo es detenerlos vivos o muertos. El motivo de esta reunión es contarles lo pueda sobre esos tipos. Es posible que algunos de ustedes piensen que meterles en este caso sea poco menos que matar moscas a cañonazos. Pero les advierto que "el bosnio" es un cerebro criminal de alcance internacional que hasta ahora no había desarrollado su potencial completo. Sus actividades hasta hace poco se reducían al chantaje y a la extorsión como medio de mantener un alto tren de vida. En el camino no ha dudado en quitar de en medio a todo el que le estorbaba. Para ello a veces recurría a Sentencia, pero en momentos de necesidad ha probado ser un asesino frío y despiadado. —Dany se detuvo un momento para beber agua. Los agentes se removieron en sus asientos, pero solo la subjefe Lidia Rojas se atrevió a preguntar:

—Oiga. No es que dude de su palabra, pero si estos hombres son tan peligrosos, cómo es que no hemos oído hablar de ellos. —Dany sabía que al expresarse así solo estaba tratando de manifestar su descontento. En el fondo empatizaba con su jefe y había ido a la reunión porque no se había atrevido a desoír la llamada.

—La razón —Dany se aclaró la garganta—, es muy sencilla. Hasta hace poco no había trascendido del departamento de delitos informáticos, mi departamento, y solo unos pocos hemos estado metidos en la investigación. En parte porque pensábamos que esos dos habían muerto. Ahora, gracias a esa señorita —dijo señalando a Svetlana— sabemos que siguen vivos y que se traen algo gordo entre manos. Bien, si no hay más dudas, proseguiré.

—Un momento. —Volvió a interrumpir la subjefe señalando algo de la primera página del dossier—. Usted ha dicho que este hombre, el bosnio tiene proyección internacional, y sin embargo, ¿la Interpol no sabe nada de él? De otro modo, habríamos oído hablar de este tipo; porque, como usted sabrá, estamos muy atentos a las Notificaciones Rojas.

—Si no lo hemos puesto en busca y captura hasta ahora es porque carecemos de pruebas sólidas para ponerlo a la sombra la temporada que se merece. Debe entender que el bosnio ha sido llevado a juicio en dos ocasiones, pero en ambas la acusación no fue capaz de enviarlo a la cárcel. La naturaleza de sus actividades supone un serio problema, dado que siempre comete sus delitos escudándose en una botnet o mediante técnicas que dificultan determinar su autoría. Es inútil alertar a la Interpol si luego no le podemos acusar de nada. Tiene la costumbre de no dejar tras de sí pruebas ni testigos.

—Pero aquí dice —volvió a hablar la subjefe con incredulidad— que mató a un hombre en Viena, un tal Norberto Rodriguez.

—Sí, un inocente guía turístico que tuvo la mala suerte de despertar la suspicacia del bosnio. Fue desafortunado porque en ese momento estaba siendo vigilado por agentes nuestros. Sucedió en la estación Westbahnhof. Aprovechó un descuido de mis hombres y se lo cargó pensando que era uno de ellos. No tenemos ninguna duda de que fue él quien lo asesinó a sangre fría, pero no hay pruebas y nadie le vio hacerlo. ¿Entiende?

—¿Y qué hay de los tiroteos en París? ¿Tampoco les vio nadie? —añadió Rubén Montalvo, agente especializado en transmisiones. Dany estuvo a punto de perder las formas, pero se contuvo.

—¿Cuando usted oye un tiro cerca —le fulminó Daniel con la mirada— se queda mirando para ver quién dispara? Vaya preguntita. Dejen la lectura para después y escuchen lo que tengo que decir sobre el caso que nos ocupa. Y si tanto les preocupan esos hechos, esperen a leer a cerca de los sesenta asesinatos cometidos por Sentencia bajo órdenes del bosnio solo para mantener el secreto del proyecto que nos ocupa. Entre ellos dos compañeros del CNI, un agente y una recepcionista. Tanto el bosnio como el asesino profesional que está a su servicio son expeditivos e ingeniosos. —La subjefe estuvo a punto de abrir la boca, pero desistió, por lo que continuó hablando Dany. Miró a Rhyst—. Rhyst, si te parece bien explica un poco por encima el particular modus operandi del bosnio hasta ahora.

—Claro —empezó Rhyst tímidamente. —Hasta recientemente, nuestro hombre se ha limitado al chantaje, y a la extorsión si le ha hecho falta. Es famoso por su botnet llamada Tela de Araña. Esta red estaba compuesta por servidores que situaba en pisos adquiridos con identidades falsas y por ordenadores zombis que reclutaba pacientemente. El método empleado para la captación era simple. Normalmente se movía él mismo, siempre disfrazado, a un lugar público y suplantaba un router local confiable para interceptar todas las transmisiones. El software de su botnet se aprovechaba de una base de datos de vulnerabilidades para infectar cualquier teléfono móvil inteligente que se conectara a esa red. Una vez infectados, un gusano se dedicaba a buscar ordenadores cercanos con el fin de alcanzar el ordenador del dueño del teléfono. Al localizar uno, de nuevo recurría a la base de datos de vulnerabilidades para infectar el ordenador: bien a través de conexión usb o a través de la wifi. Cada ordenador infectado quedaba incorporado a la botnet para escudarse en él para futuras tropelías, o para extracción de datos del propio ordenador. Por supuesto, una de las actividades principales del gusano era averiguar la identidad del propietario y apoderarse de todas sus cuentas bancarias, de correo electrónico, carteras de bitcoin, etc. En caso de verificarse que la persona en cuestión era alguien importante, se le marcaba como futuro objetivo. Si el bosnio necesitaba dinero urgentemente y encontraba suficientes fondos en las cuentas intervenidas, las limpiaba a través de compra de bitcoins y otras criptomonedas que pasaban a formar parte de alguna de sus carteras anónimas. Una vez limpiado un cliente de esta forma, se eliminaba el virus de manera que no pudiese encontrarse una conexión con la botnet, en caso de llegar denuncia a las autoridades, que no siempre era así. Pero su mayor poder estribaba en la cantidad de ordenadores zombis incorporados a su Tela de Araña y la información que podía sacar de ella, permitiéndole tocar —a través del chantaje y la extorsión— cantidades ingentes en paraísos fiscales de las que, de otro modo, nunca podría haberse apropiado. Una cualidad muy importante de nuestro hombre es que no es excesivamente avaricioso. Se conforma con poder llevar un nivel de vida alto sin necesitar atesorar cantidades demasiado magníficas que podrían ponerlo en peligro. Así que se mueve despacio a su ritmo y sin dejarse cegar. Y creo que con eso pueden darse una idea en líneas generales de sus operaciones anteriores —concluyó.

—Bien explicado —aplaudió Dany, asintiendo en dirección a su compañero—. Además tiene que quedar cristalino —dijo apoyando sus palabras con un gesto de su dedo índice— que el bosnio no es un asesino compulsivo. Nunca mata gratuitamente, sino solo cuando la necesidad le obliga. Un asesinato le supone un riesgo importante. Es malo para su negocio. Algo muy grave tiene que haber sucedido para impulsarle a ordenar cincuenta y siete asesinatos. Además de otros tres, que podrían considerarse como daños colaterales.

—Si me permite, Trujillo —empezó Svetlana con una expresión sombría—, resumiré las razones que le han llevado a hacerlo, hipotéticamente.

—De acuerdo —asintió pensativo—, me parece apropiado. Adelante.

—Bien. Para dar una imagen lo más completa posible de los hechos, me veré obligada a referir cosas acaecidas con anterioridad a mi involucramiento en este caso. A pesar de no ser una fuente de primera mano, creo que hacerlo así proporcionará una visión más completa a los aquí reunidos del criminal conocido como "el bosnio", o "el hombre sin nombre", y de los hechos concernientes al caso. Empezaré mi narración hace unos años, durante lo que debió ser la peor crisis para los negocios del bosnio. Un equipo de hackers, encabezados por el aquí presente Rhyst, y bajo el mando de nuestro actual jefe, Daniel Trujillo, estaban literalmente dando caza al hombre sin nombre. Durante aquellos días, la botnet Tela de Araña fue desmantelada pieza a pieza, sus cuentas en paraísos fiscales expropiadas y él mismo sometido a una persecución mayor de la que había sufrido nunca. Hasta el punto de que se vio forzado a huir del país y más tarde estuvo cerca de ver el fin de sus días. Sospechamos que se retiró del mundo durante un tiempo para lamerse las heridas y posiblemente para planear su vuelta a escena. ¡Y vaya si ha vuelto! Retornó con fuerzas renovadas y grandes ideas. No lo de siempre, sino algo nuevo, algo increíblemente sofisticado para lo que sus conocimientos eran insuficientes. Por ello, en esta ocasión optó por recurrir a un oscuro hacker para que le hiciese el trabajo. Lo que tenía en mente era un virus con múltiples capas, varios vectores de contagio y capaz de extenderse por si solo entre máquinas con sistemas operativos diversos e incluso con hardware variado. Es tan complejo que todavía no hemos podido analizar más que una pequeña parte de él. Infecta a móviles y ordenadores por igual, y pasa de dispositivo a dispositivo con una velocidad inusitada. Según hemos podido comprobar, a estas alturas, ya tiene en su poder media Europa. Por el momento desconocemos las intenciones concretas del bosnio; pero tememos que, al abandonar el modo latente, sus efectos pueden ser devastadores. En cualquier caso, esto no augura nada bueno. —Sveta hizo una pausa para tomar un poco de agua—. Pero no todo le salió al hombre sin nombre como había planeado. Y a partir de aquí es donde comienzan nuestras especulaciones. Desde el principio, el bosnio quería un virus silencioso e indetectable. Pero, por alguna razón, el hacker contratado incluyó una firma visible. Tenue y minúscula, sí, pero que podía atraer una atención no deseada, y en una fase temprana donde todavía era vulnerable. La firma es una pequeña llama verde. Por ese detalle le hemos dado al virus el apodo de "Llama Verde" o "LV". El bosnio debió de enloquecer cuando se dio cuenta e instó al hacker a que la retirase. El hacker, en lugar de quitarla, huyó. Y con esa acción selló su destino. Lo encontraron muerto en su hotel en una remota localidad de Colombia. Fue gracias a la firma que nos percatamos de la existencia del virus y comenzamos a investigar. En verdad ese hacker nos hizo un inmenso favor al firmar su obra. Desgraciadamente, no fuimos los primeros en descubrir la anomalía. Una captura con la firma llegó a un foro especializado en ingeniería inversa de amenazas. En poco tiempo todos los miembros del foro detectaron docenas de pequeñas llamas verdes entre las pantallas de sus amigos y vecinos. Supusieron acertadamente que aquello era un nuevo virus y se dieron cuenta de que el virus era tremendamente infeccioso. Decidieron investigarlo ellos mismos para así llevarse el mérito si conseguían crear una herramienta de eliminación antes que nadie. Lamentablemente con esa decisión, sin saberlo, firmaron su sentencia de muerte. Sus cincuenta y seis miembros fueron asesinados en cuestión de semanas. A pesar de coincidir tantos asesinatos en tan poco tiempo, la policía no vio nada raro en ello y todos pasaron por robos con muerte, ajustes de cuentas entre bandas y cosas por el estilo. Desde luego el hombre sin nombre no podía permitir que se estuviera hablando del virus tan pronto. Entre otras cosas por eso resulta de vital importancia guardar el secreto sobre lo que hagamos o hablemos aquí.

—Es por esa razón —intervino Dany—, que les hemos estado exigiendo desde el principio el pernoctar en estas instalaciones y no abandonarlas excepto por necesidades operativas. Sé lo duro que está siendo para todos, pero es importante que nadie introduzca por accidente un dispositivo infectado con el Llama Verde, lo que seguramente daría al traste con el secreto de esta operación. No olvidemos que el bosnio tiene conexión directa con cada ordenador o smartphone afectado. Eso les da acceso potencialmente a todo: ficheros, micrófonos, cámaras y a todo lo demás. Toda precaución es poca.

—Pues su compañera bien que sale cuando quiere —soltó Lidia Rojas casi con desprecio.

—Eso no es verdad —cortó Dany antes de que Sveta tuviera tiempo de responder—. La señorita Vorobiovna ha salido estrictamente por necesidades de la operación y ha corrido un gran peligro haciéndolo. Todavía no sé de donde saca el coraje para irse a dormir a su casa sabiendo que está siendo perseguida por un asesino profesional tan contundente como Sentencia. —Dany contó cómo Sentencia había averiguado que las actividades del hombre sin nombre estaban siendo objeto de investigación por David, y todos los hechos que habían acaecido como consecuencia de ello; incluyendo el asesinato de David y los otros. Cuando hubo terminado fue el especialista en mecánica especial, Albert Dou, quien habló con una sonrisa:

—¡Caray! Si alguien me hubiera contado algo sobre esta locura fuera de aquí, habría jurado que me estaban hablando de una peli de ciencia ficción. Todavía después de haber visto personalmente algunas muestras del Llama Verde en el laboratorio, me resulta increíble. La gran pregunta es, ¿y ahora qué? ¿cuál es el plan? ¿Formateamos cada ordenador en el que aparezca el logo ese?

—No va a ser tan sencillo. —respondió Sveta—. El LV está ya tan extendido, que cualquier ordenador recién formateado volvería a ser infectado en cuestión de minutos u horas. Para empeorar la situación aún más, recientemente la firma ha desaparecido de todos los dispositivos afectados. Este suceso nos ha dejado perplejos a Rhyst y a mi, pues tenemos buenas razones para suponer que el bosnio no dispone de los códigos maestros necesarios para realizar cambios en el virus. Y con el autor original del virus muerto, nos preguntamos quién ha podido ser el responsable del cambio. En todo caso, esta eventualidad no nos perjudica demasiado, pues un rápido estudio nos ha permitido averiguar que en realidad la llama no ha desaparecido del todo. Si bien es cierto que no se ve a simple vista, aún puede detectarse analizando los píxeles de la zona de la bandeja del sistema donde aparece.

—Para empezar —dijo Rhyst meditabundo—, se me ocurre que podemos diseñar un dispositivo portátil de detección. Algo que no pueda ser infectado y que pueda ser utilizado por cualquiera con darle a un botón.

—Es una buena idea —convino Sveta.

—Entonces de acuerdo —aceptó Dany—. Vosotros trabajad en eso y continuar analizando el virus. El resto de nosotros nos concentraremos en investigar el paradero del bosnio. Tenemos algún hilo del que tirar para abrir boca. Rojas, vaya por nuestro invitado—. Lidia Rojas se levantó de mala gana, pero hizo lo que le pedían. Al cabo de un minuto entraba de nuevo por la puerta precedida de un ser de triste aspecto.

—Hola Gumersindo —Daniel Trujillo dedicó una sonrisa sardónica al invitado, que no era otro que Gumersindo Peralta Romero, alias GumPeR.

sábado, 17 de agosto de 2019

Registro infructuoso (LV - XXIII)

La casa de la chica era un chalet adosado de tres pisos en una modesta urbanización de Rivas. A Sentencia no le había costado demasiado acceder e instalarse con cierta comodidad en uno de los adosados de enfrente, cuyos propietarios —un matrimonio sin hijos— estaban de vacaciones. No podía cometer otro error, por lo que esta vez decidió no precipitarse. Se había pasado varias semanas vigilando las entradas y salidas de Svetlana. Estaba estudiando sus movimientos cuidadosamente anotados en unos folios mientras mantenía un ojo fijo en la ventana. Algo no cuadraba. Svetlana guardaba luto aún por David y visitaba el cementerio con asiduidad. Tenía un horario bastante rígido en el trabajo y sin embargo pasaba demasiadas noches fuera de su casa. ¿Tendría un amante? No parecía ajustarse a la psicología de ella. Los tres o cuatro últimos días, convenientemente disfrazado, había aguardado pacientemente su salida del CNI y la había seguido para tratar de averiguar dónde iba esas noches. Todas las veces, invariablemente, la chica volvía a su casa. Juraría que no había sido detectado por ella ninguna de las veces. Sin embargo, estadísticamente, al menos uno o dos de esos días tenía que haberlo pasado fuera según los informes que había acumulado hasta el momento. Había algo que le olía mal, y a Sentencia, si había algo capaz de molestarle realmente; era no estar al tanto de todo lo que había que saber sobre su trabajo.

Svetlana nunca regresaba a su casa al mediodía y pasaba muchas horas fuera. Eso era ideal para el registro que Sentencia tenía en mente. Pero eso tampoco había podido hacerlo hasta el momento, para su propia consternación y escarnio. Por el día se lo impedía la mujer de la limpieza que llegaba sin falta antes de que su señora hubiese salido a trabajar y sólo salía del chalet al anochecer. Sentencia se las prometió muy felices el primer día en que la muchacha no regresó a dormir y observó como la criada abandonaba la casa. Pero al primer roce de la ganzúa en la cerradura fue disuadido por los ladridos de varios perros que provenían del interior de la casa. Pronto hubo réplicas de todos los perros de la urbanización, y no bien acababa de ponerse a salvo en su escondite de enfrente contempló horrorizado como se iban encendiendo las luces de los chalets vecinos, ventana por ventana, hasta que en casi todas las que podía ver había alguien asomado. Dos minutos después de que comenzara el escándalo hacía entrada en la urbanización un coche patrulla. Estaba claro que al mismo tiempo que empezaron a ladrar los perros se había activado una alarma silenciosa. Una sonrisa asomó en el rostro del asesino. La chica empezaba a gustarle.

viernes, 19 de octubre de 2018

La muerte de Atenógenes Corbín (LV - XXII)

Lloviznaba cuando Atenógenes Corbín atravesó el control de acceso del CNI. Su mercedes se arrastró con lentitud hasta la sombría entrada del edificio principal. Sentencia aguardó pacientemente en el asiento trasero a que el chófer le abriera la puerta del coche y le acompañara, paraguas en mano, a cubierto. Una vez dentro, tuvo que pasar por otro control, este equipado con rayos X y un arco magnético. Rió para sí con disimulo al verlo, mientras se colocaba con cuidado el pañuelo en el bolsillo delantero de la chaqueta. La recepcionista era una chica de buen ver, a la que afeaban unas gafas demasiado grandes.
—Soy Atenógenes Corbín, de Corbín, Palacios y asociados— se presentó, entregándole su tarjeta a la chica.
—¿Tiene usted cita?
—Me temo que no. El asunto que me trae aquí es de lo más delicado...
—Lo lamento— le cortó la recepcionista, —pero sin cita no puede usted ver a nadie.
—¡Oh! Pero no estoy aquí para ver a nadie en especial. Si pudiera escucharme unos minutos. Estoy seguro de que podría ser de mucha ayuda.
—Como usted comprenderá— soltó la muchacha, —tenemos mucho trabajo. Rellene este formulario y le llamaremos.
—Oiga. Soy el albacea de Don David Abad, antiguo trabajador de este centro— se detuvo un momento buscando unos papeles en su maletín. —Tenga. En... en realidad era albacea de un tío suyo que falleció unas semanas antes que el sobrino, dejándole una cuantiosa suma.
—Ya veo, señor...
—Corbín. Atenógenes Corbín.
—Sí, señor Corbín. Perdone, pero no sé cómo podría ayudarle.
—Ah cierto. Por favor, permita que me explique. Si pudiéramos hablar en un lugar más privado, solo serán un par de minutos.

La recepcionista levantó los ojos de los papeles y asintió con la cabeza. Utilizó el teléfono que tenía delante y cuchicheó algunas palabras. Enseguida vino otra mujer que ocupó su lugar y Sentencia y la chica se fueron juntos. La chica le guió por una puerta hasta una pequeña salita espartana, amueblada solo con una coqueta mesa de café y sendos cómodos sillones. Sentencia, bajo su disfraz de abogado caro, rechazó cortésmente el café que le ofrecían y se sentó sólo después de que lo hiciera su improvisada anfitriona.

—Usted dirá— repuso la mujer fríamente.
—Verá usted— adujo Corbín, —Mi cliente confiaba en que su legado sería para su querido sobrino, como es natural. La única familia que le quedaba en este mundo... Sin embargo, ahora que el señor Abad ha muerto sin herederos naturales, me encuentro en una posición sumamente difícil.
—Entiendo— Volvió a cortar ella, que no parecía muy dispuesta a salirse de lo meramente profesional, —Créame— resaltó. —Pero qué tiene que ver el CNI con eso. No consigo entender la razón por la que ha venido aquí. Ni tampoco qué podría hacer yo, una simple recepcionista.
—Claro, claro. La entiendo. Iré directo al grano... He venido porque es usted mi última esperanza. Prometo que si dedica estos dos minutos a escucharme atentamente, al final lo entenderá usted todo. Pero prometa que no me interrumpirá. ¿Lo promete?
—Está bien— suspiró la chica. Y haciendo de tripas corazón se resignó a escuchar. —Lo prometo.
—Bien. Intentaré resumir mi historia todo lo posible. El señor Roberto Abad, mi difunto cliente murió habiendo legado todas sus pertenencias a su amado sobrino, don David Abad, antiguo trabajador de este centro. La cuestión es que habíamos quedado en el notario la mañana siguiente a la noche en que fue brutalmente asesinado en su gimnasio. Comprenderá mi desesperación cuando descubrí que el fallecido no tenía familia ninguna en este mundo, ni siquiera primos lejanos. Era el deseo de mi cliente, Don Roberto que si su sobrino no le sobrevivía, se entregaran sus muchas y ricas propiedades a distintas causas benéficas. Y estaba en ello ayer, ya resignado a no encontrar ningún heredero vivo de Don David, cuando llegó a mis oídos que el señor Abad había establecido relaciones no hacía mucho con una compañera trabajadora de este centro y que además habían contraído nupcias pocos días antes del fallecimiento de este.
—Eso no puede ser— saltó la chica.
—Prometió usted no interrumpir mi relato...
—Perdone pero no pueden haberse casado. Las normas del centro prohíben las relaciones románticas entre compañeros de la misma unidad operativa y ellos lo eran.
—Me deja usted de piedra. Yo había supuesto que aquí se conocía ya el feliz evento, o que por lo menos algunos compañeros hubieran acudido a la boda como testigos. En todo caso, de que se casaron no hay duda— revolvió los papeles de su maletín, —mire, aquí está el certificado de matrimonio.
—Parece que lo dice es cierto y que se casaron después de todo— concedió después de mirar y remirar el certificado.
—Bien— replicó Corbín no sin antes haber devuelto el documento a buen recaudo en su maletín. —La cuestión ahora es que de la afortunada sólo conozco su nombre. Como comprenderá, necesito su dirección y su teléfono, para dirigirme a ella de forma adecuada. La pobrecilla ni siquiera sospecha que es heredera de una inmensa fortuna.
—Bueno, tampoco es que sepa el nombre muy bien. En su copia del documento eclesiástico solo se entiende su nombre de pila «Beta». No es un gran problema porque aquí todos sabemos quién es. En cuanto a la dirección, siento decirle que no puedo facilitársela, ya que la política de privacidad de la compañía no lo permite.
—Me temía algo parecido. Pero verá, si no la encuentro no me quedará otra salida que entregar toda la herencia a beneficencia. ¿No es una pena que tenga que ser así después de lo que ha sufrido?
—Mire, ¿qué quiere que le diga? Las normas son las normas. No obstante, como compañera de Beta no puedo permitir que se quede sin la herencia que le corresponde por derecho. Pobrecilla, ¿no cree que ya ha perdido bastante?
—En efecto, así es.
—Está bien. Su nombre completo es Svetlana Vorobiovna Zhuk. La dirección no puedo dársela, de verdad. Espero que le baste con eso.
—Bueno, no se preocupe. Usted ha hecho lo que ha podido. Muchas gracias por todo. No la entretengo más. Me marcho.
—Espere, no es por ahí. Permita que le indique la salida. Si es tan amable de seguirme...

Corbín se volvió, sonrió e hizo un gesto de cansancio. Se enjugó el sudor de la frente con su pañuelo de bolsillo y caminó detrás de la chica. Esta no pudo terminar el gesto de asir el picaporte que había iniciado, pues tuvo que tratar de apartar el pañuelo que se cernía en su garganta. Corbín cruzó rápidamente el pañuelo por detrás del cuello de la chica para formar un lazo mortal. Ella luchó con todas sus fuerzas para tratar de liberarse. En uno de sus intentos rozó sus gafas, que se precipitaron al suelo. No odiaba a la chica, así que empleó su mejor ciencia en cerrar el fluido sanguíneo de las arterias carótidas, para acelerar la pérdida de la consciencia mucho antes de que la asfixia causara la muerte. Un par de minutos después, con la chica aún viva pero inconsciente, buscó algo con lo que reemplazar su pañuelo. Después de todo no podía abandonarlo allí, quizá incluso con restos de su propio ADN. Recurrió al fino cordel de unas cortinas, que arrancó y utilizó para crear una ligadura lo bastante firme como para acabar el trabajo por sí sola. Sólo entonces, retiró su pañuelo y doblándolo cuidadosamente lo devolvió al bolsillo. A la chica le quedaba como mucho un minuto de vida o dos a lo sumo. Sentencia se alegró de que hubiera perdido la consciencia, ya que el cordel de la cortina era fino y le hubiera causado mucho dolor de no estar ya inconsciente. «Lo siento guapa» pensó, «pero no puedo irme sin la dirección». Y temiendo ser testigo del aflojamiento de los esfinteres que sobrevendría cerca del fin, la movió y la escondió lo mejor que pudo. Y él se concentró en su tarea de encontrar un terminal informático desde el que piratear los registros de los empleados del CNI. Diez minutos después abandonó el edificio, subió a su coche con chófer y se fue. En el trayecto comprendió que al matar a la chica había acabado también con su alter ego Atenógenes Corbín. El cual tendría que desaparecer de la escena para siempre. Torció el gesto al pensar en los gastos en que había incurrido. Los gastos de falsificación de los documentos que había usado para engatusar a la recepcionista, y de nuevo el coche lujoso con chófer. Pero pensando en el papel que llevaba en el bolsillo interior izquierdo de su chaqueta, había valido la pena cada euro. El hombre sin nombre tendría que reconocérselo y apoquinar la pasta. Estando en esas le sobrevino el malestar. Miró al exterior y vio que transitaban una desierta carretera secundaria.
—Pare en el arcén, por favor.
Sentencia se alejó unos pasos y vomitó.

viernes, 1 de junio de 2018

Del tercer dia de las aventuras de Atenógenes Corbín (LV - XXI)

Las entrevistas con los alumnos de kendo habían sido, todas y cada una de ellas, tristemente infructuosas. Por lo visto, hacía tiempo que David no asistía a clase y en las ocasiones en que sí había estado presente, no se había mostrado lo que se dice comunicativo. Ninguno sabía nada de amigos y menos de una mujer. Todos le describían como alguien taciturno aunque correcto en sus formas. También todos coincidían en que había sido uno de los mejores alumnos del dojo y poseedor de una técnica muy depurada.

Averiguar eso le había costado un día entero. Para más inri, le dolió descubrir el pastón que suponía alquilar un coche de postín con chófer. Si al menos hubiese avanzado algo en la investigación. Pero nada de nada. Aunque bien mirado se había quitado de encima a todos los del dojo. Ahora su último as en la manga era el club de tenis.

Obviamente, trataría de pasar todos esos gastos al hombre sin nombre, como dietas o gastos de investigación. Pero no las tenía todas consigo. Sobre todo, no quería tener que explicar que había gastado todo ese dineral en el alquiler de un solo coche y un conductor en un solo día. La tacañería del hombre sin nombre era legendaria. Quizá toleraría un error de un día, pero no de dos. Así que al día siguiente decidió dejar el coche de lujo y optó por uno que fuera aparente pero mucho más barato. No queriendo gastar un extra importante en un conductor, forzó a Abisinio a interpretar ese papel. Con un disfraz adecuado daba el pego, aunque he de decir que Abisinio era bastante renuente. Habiendo llegado a hacer cuatro intentos de fuga. Todos ellos abortados con maestría por Sentencia. Con la correspondiente posterior sanción escarmentadora, a cual más dolorosa y humillante. Como no me puedo entretener en dar muchos detalles, bastará con que me detenga a explicar una de las escapadas y su terrible conclusión. Una de las veces, con Abisinio ya en plena fuga, como alma que lleva el diablo, así lo viera Sentencia, sacó su amplio pañuelo de bolsillo y ató pesos considerables a los extremos. Hizo esta operación con tal lentitud y cuidado que ya parecía su presa perdida. Abisinio estaba a punto de darle esquinazo, nunca mejor dicho, y de perderse tras una esquina muy próxima a él. Pero el asesino cuando hubo terminado, impasible, imprimió al pañuelo toda la fuerza que únicamente su robusta complexión puede generar. Y volando esta improvisada arma hacia Abisinio, se le trabó el centro en la cabeza. Tocado por la parte central del pañuelo, Abinio se detuvo confundido. Mas por la natural inclinación de la masa a continuar su movimiento; los pesos, que no eran sino pesadas piedras redondas; fuesen hacia adelante y rodeándole el colodrillo dos veces, las que diera de sí el pañuelo, le propinaron sendos golpes, que por una infortunada reacción tardía de Abisinio, se le fueron contra las mandíbulas causando gran mortandad y grande destrozo de dientes y carne respectivamente. Tanto dolor sintió este, que a pesar de su continuo sufrimiento por causa de los daños recibidos, no le quedaron ya ganas de escapar mas que una o dos veces más. Así como había quedado, hecho un «hecce homo», a Sentencia no le servía demasiado. Pero en vista de su acuciante necesidad, le lavó la cara cariñosamente y seguidamente procedió a maquillarle como pudo. Y la sangre que no pudo cubrir, la disimuló con una poblada barba postiza y unas gafas de sol.

Con todas esas cuitas, les costó casi toda la mañana llegarse al club de tenis. Así pues, tuvieron que parar a comer. Aunque dicho sea de paso, Abisinio no pudo probar bocado debido a sus lesiones, y se contentó con ver ingerir alimento a Sentencia. Ya por la tarde le dio orden de que esperara en el coche y se dirigió, Sentencia solo, hacia la entrada del club. Recibía el nombre de Club de Tenis «El codo distraído», y resultó ser uno de esos clubs exclusivos en los que solo pueden entrar los socios y en los que para ser socio hay que tener enchufe y la conformidad de los demás socios. Sentencia, que no estaba para chuflas, llamó aparte al portero y cubiertos por un camión, y notando que nadie los veía. Sentencia desplegó su pañuelo simulando que iba a limpiarse el sudor. Pero en vez de eso, lo agarró de forma que un peso de los dos que tenía atados todavía quedase colgando. Con un rápido movimiento lo lanzó hacia adelante, yendo a dar una de las piedras directa a la frente del hombre. No suficientemente fuerte para matarlo, pero sí para aturdirlo el tiempo justo para colocarse a su espalda, atar el pañuelo al cuello del pobre hombre, y cargarlo a su espalda para que se estrangulara por su propio peso. No llegó a tanto, porque al poco rato se escuchó un desagradable crujido. Al portero se le había roto el cuello y estaba ya muerto o camino de estarlo por sus propios medios. Así que Sentencia recuperó su pañuelo y tras comprobar nuevamente que nadie miraba, escondió al muerto en la parte de atrás del camión. De donde esperaba que no fuera descubierto hasta unas horas después, por lo menos. Su plan al matar al hombre había sido ponerse sus ropas para hablar con los socios haciendo él mismo el papel de portero. Pero se dio cuenta que le vendrían demasiado pequeñas. Entró en silencio en las dependencias del club y no le costó mucho esfuerzo encontrar la estancia del portero y allí, un armario con un uniforme de su talla.

Una hora después salía Sentencia con la satisfacción del deber cumplido. Tenía en su poder la información que había estado buscando, o al menos una pieza importante de la misma. Estaba tan contento que pensaba que nada podría estropearle ese momento. Y era verdad. Ni siquiera le afectó que Abisinio se hubiera largado con el coche. Ya le ajustaría las cuentas más tarde.

sábado, 26 de mayo de 2018

Sentencia visita el cementerio (LV - XX)


La siguiente parada de Sentencia, después del infamado dojo, fue el cementerio. No es que le apeteciera mucho, pero debía echar un vistazo a la tumba de David Abad. Una vez muerto no había pensado más en él, e incluso dejó que lo enterraran sin haber pensado siquiera en que sería buena idea ir a vigilar, para ver quienes aparecían en el funeral y en el entierro. Esa información hubiera sido oro para la coyuntura actual. Desgraciadamente, por entonces era algo que no le preocupaba. Pero ahora se arrepentía, cuando la necesidad le acuciaba.

No esperaba encontrarse con nadie a esa hora de la mañana, pero por si acaso, alquiló un buen coche con chófer. Que un abogado relacionado con la familia visitara la tumba no debería despertar la más mínima sospecha. Así que pensó hacer uso, durante un poco más de tiempo, del personaje de Atenógenes Corbín, abogado de herencias.

Encontró el lugar desierto. Incluso le costó un buen rato encontrar a un empleado que le indicara donde estaba situada la sepultura. Le dio al hombre las gracias y una pequeña propina y se quedó solo. Entonces escrutó la lápida a placer. Lo primero que vio fue a un chico que le devolvió la mirada desde su fotografía impresa en cerámica. Se trataba de Carlos Abad, hermano de David, a quien Sentencia había asesinado por saber demasiado sobre asuntos que no le incumbían. Había tenido que matarlo, como a los demás miembros del aquel foro funesto, porque tuvieron la mala suerte de apercibirse del avance del malware demasiado pronto: en el momento más delicado para los planes del hombre sin nombre. Había sido cuidadoso y los había matado a todos en callejones oscuros de barrios de mala reputación. Según sus informes, y el hombre del dojo no había hecho otra cosa que confirmarlos, la policía había tomado todos los casos por robo con muerte. Eran tan torpes que no habían podido establecer el menor vínculo entre las distintas muertes, más de cincuenta, aún cuando Sentencia los había matado prácticamente a todos mediante el mismo procedimiento. A saber, puñalada en los sesos a través del ojo derecho. Aunque los había matado a todos sin mostrar el menor remordimiento; estar una vez más cara a cara con uno de ellos, aunque solo fuera en fotografía, le provocaba escalofríos. Apartó la mirada del círculo de cerámica y se tomó su tiempo para estudiar el resto de la lápida. Los marmolistas aún no habían grabado el nombre de David en la losa, así que pasó a examinar las numerosas coronas y ramos de flores minuciosamente. Esas ofrendas florales y sus mensajes tontos era la principal razón por la que había ido al cementerio en primer lugar. Había allí una corona de los compañeros del dojo, muy llamativa y con un mensaje lacrimógeno; otra bastante aburrida y formal de los compañeros de trabajo del CNI; algunas más de amigos, anodinas; una de un club de tenis, de cuyo nombre tomó buena nota; y también unos cuantos ramos, casi todos sin mensaje ni tarjeta. Uno de ellos le llamó la atención, porque sólo podía provenir de una mujer. Sentencia tenía buen ojo para estas cosas. Un ojo que había ido cultivando sólo después de una prolongada carrera como asesino. La armonía de los colores, la elección de las plantas, lo cuidado de la organización. No cabía duda. Una mujer, y además, si Sentencia no había perdido el olfato por el que era legendario, una en concreto con la que la víctima debía de haber tenido una relación de clase íntima. Tenía que hacerse con su identidad enseguida, y después, Atenógenes Corbín le haría una visita de cortesía. Pero antes de que pudiera darse ese placer, le quedaba mucho trabajo pendiente. Demasiados cabos sueltos. Repasaría la vida de David Abad como el que abre una cebolla capa a capa, en cada círculo sabría un poco más y seguiría así hasta llegar al corazón. En cada etapa añadiría más nombres a su lista. Tendría que escoger sabiamente con cuales entrevistarse y a cuales rechazar. Deshacer el ovillo no iba a ser fácil. De momento sólo tenía dos hilos por los que empezar: uno, las señas de los compañeros del dojo; y el otro, el club de tenis. Con suerte encontraría a alguna persona que hubiera sido cercana a David y que pudiera darle más información.

sábado, 19 de mayo de 2018

Vuelta al dojo (LV - XIX)


A Sentencia aún le ardía la cara por la afrenta recibida del hombre sin nombre en presencia del hacker Abisinio, alias Abyss, en el «tercer concilio». Le había llamado rufián asqueroso, y lo que más le dolía: mandril repulsivo. A él, que era de lo más escrupuloso con su higiene personal. Y no era por que él lo dijera, pero era guapo, alto y de buen tipo. Todas las prostitutas con las que había estado lo hubiesen confirmado. Y era verdad. Todavía no había llegado a los cuarenta y estaba de buen ver, aunque no fuera tan guapo como él creía. Era como si el hombre sin nombre le hubiese cruzado la cara con sendas bofetadas, sin que el hubiese tenido oportunidad de ofrecerle la otra mejilla, pues ya había recibido cada una lo suyo. Estaba indignado, pero no era momento para eso. Después de todo, él no quería que el infortunado David Abad se saliese con la suya. Había que investigar. Abrió su armario y sacó de una bolsa hermética un traje negro impecable que había destinado para servir de mortaja algún día. Ya se compraría otro para tal fin. Le gustaba estar preparado para cualquier eventualidad. Se calzó sus mejores zapatos y se puso unas gafas de culo de vaso falsas que confiaba le hicieran parecer distinguido e intelectual. Completó su atuendo con un sombrero del tipo fedora que le aportaba un toque estrafalario al conjunto. Esta vez tuvo que prescindir de su amada pistola FiveseveN e incluso del estilete que normalmente llevaba oculto en su antebrazo derecho. Salió solo con la compañía de un pañuelo en su bolsillo y un maletín.

Y de esta guisa llegó al dojo donde dejara muy malherido a David Abad. No se le ocurrió mejor lugar por el cual empezar sus pesquisas. Después de todo no podía presentarse en el CNI sin alguna buena escusa. Con el dueño del dojo muerto, no sabía qué había sido del establecimiento. Imaginó que tendría que llamar a la puerta de la vivienda o informarse por el casero de algunos detalles. Luego sería cuestión de ver si habían movido los registros, y si no, aguardar a la noche y colarse dentro. Pero le sorprendió ver el dojo abierto y en febril actividad. Al principio eso le contrarió, pero enseguida se dio cuenta de que en realidad le facilitaba el trabajo. Tras el genkan o entrada tradicional de dos alturas en la que tuvo que dejar los zapatos; llegó a la recepción, donde un hombre de mediana edad estudiaba con los ojos entornados la pantalla de un ordenador.

—Disculpe. Soy Atenógenes Corbín, de Corbín, Palacios y asociados— le hizo entrega de su tarjeta.
—¿Abogado?
—En efecto. Así es. Señor...
—¿Qué le trae a mi dojo?— preguntó el otro desatendiendo los principios más básicos de la cortesía.
—Si me lo permite, iré directo al grano. Mi bufete se cuida casi únicamente de herencias de cierta importancia. Pues verá, una herencia sumamente cuantiosa ha recaído en la persona de un antiguo alumno de este honorable establecimiento, que por desgracia también ha muerto hace escasos días, sin dejar viuda, hijos ni cualquier otro heredero que conozcamos.
—¿No me diga que se trata de David?
—Precisamente, el señor David Abad. Es muy triste. Un hombre tan joven y con todo el futuro por delante...
—Doblemente triste, pues tengo entendido que su único pariente vivo, un hermano menor, murió también en extrañas circunstancias unas semanas antes que él.
—Muy cierto— repuso sin dejar traslucir emoción alguna, aunque esa noticia le había pillado muy por sorpresa, pues Sentencia no sabía nada de un hermano de David. Se propuso averiguar cuanto pudiera de la muerte del hermano. —Por cierto, ¿se ha aclarado algo del asunto del hermano?— interrogó con pasmosa indiferencia, mientras se ajustaba las gafas con un dedo.
—La policía insiste en que lo mataron de una puñalada en aquel callejón para robarle el dinero. Pero David no lo creía así...— dijo el hombre dubitativo.
—Y ¿por qué? Si puede saberse.
—Puedo decírselo porque David fue muy insistente en ese punto. Estaba convencido de que tras la muerte de su querido hermano... creo que se llamaba Carlos, se ocultaba una oscura conspiración. Nadie le creía, por supuesto. Hay tantas muertes absurdas en este mundo, que no es necesario recurrir a conspiraciones de ningún tipo. El insistía en que cuando lo encontró la policía, el cadáver llevaba todavía una buena cantidad de dinero en el pantalón. Por lo visto, pocas horas antes le había dado el dinero del alquiler de su piso de estudiante.
—No todos los ladrones son tan concienzudos como la gente cree— confirmó Sentencia. —Es muy posible que encontrara la cartera con unos pocos euros y no pensara que pudiera llevar más dinero en otro bolsillo.
—Claro, claro. Eso es lo que la policía y algunos de nosotros le decíamos. Pero él parecía tener otras razones para desconfiar de esa teoría. Vaya usted a saber.
—Creo haber leído en algún diario que al chico lo apuñalaron en el ojo. ¿No es verdad?— soltó Sentencia como quien dice algo trivial, confiando no despertar sospechas.
—Efectivamente. Un tema muy desagradable. Pobre chico. ¡Ah! El hermano mayor estaba desconsolado. A veces se le veía en los ojos un brillo como de rabia. La muerte de su hermano le obsesionaba terriblemente. Sí. Tenía al pobre muchacho totalmente trastornado.

Sentencia se sentía satisfecho. Ahora conocía la razón por la cual David Abad se había entremetido en los asuntos del hombre sin nombre. El y su jefe habían estado muy equivocados. No es que estuvieran bajo la lupa del CNI en algún tipo de misión oficial, sino que era algo personal. Muy personal y tremendamente visceral. Tenía que descubrir si había alguien más en el ajo. No le gustaba dejar cabos sueltos. Era crucial enterarse de si David había confiado los detalles de su investigación a otras personas. Si había sido así, muy pronto morirían también.

—Bien, todo eso es muy desafortunado. Ha sido usted muy amable poniéndome al corriente, completando algunas lagunas de la historia que tenía. Ahora me pregunto si me permitiría hablar con algunos de los antiguos compañeros del señor Abad. Quizá alguien sepa algo que pueda serme útil para encontrar a los herederos, si es que los hay.
—Claro, pero tendrá usted que venir esta tarde. Su grupo viene a última hora de la tarde.
—Qué contrariedad. Esperaba no tener que hacerlo. Verá. No quiero importunarles durante su clase. Estoy seguro de que es usted muy hábil con ese ordenador. Apuesto a que en un minuto es capaz de obtener un listado con las señas de todos ellos. Con eso sería más que suficiente. Y ya me cuidaría de llamarles y entrevistarlos cuando mejor les conviniera.
—No sé. Esos registros son confidenciales...— empezó el hombre.
—No se preocupe por eso. Los abogados entendemos bastante de secretos y confidencialidad. No lo sabrá nadie. Me haría un inmenso favor.
—Me temo que no puedo. Deberá usted hablar con ellos aquí, cuando vengan. No hay más remedio. La cuestión de la protección de datos se ha puesto muy severa. De veras no podría.
—Mire, haremos una cosa. ¿Qué le parece si me hace ese favor y yo consigno una pequeña recompensa por sus servicios como parte de los gastos de la investigación? Digamos, ¿1000 euros?
—Ea... visto así. Creo que puedo proporcionarle los datos ahora mismo.

Sentencia extrajo de su maletín los mil euros y puso allí mismo el papel con el listado. Fingió tomar notas y cerró el maletín escrupulosamente.

—Pues asunto zanjado. Señor...
—¿Hace falta que conste mi nombre en alguna parte?
—En absoluto.
—Pues entonces no creo necesario decírselo. Que tenga muy buenos días, señor... Corbín. Era ese su apellido, ¿no es así?
—Precisamente. Buenos días.

Y habiéndose despedido de esta manera, salió del dojo y, con una sonrisa enigmática, se fue por donde había venido.

viernes, 13 de abril de 2018

El Tercer Concilio (LV - XVIII)

La nueva incorporación al equipo de «man no name» era Abisinio Simón Sisa, de 29 años. Un hombre delgado, de hombros caídos, y chepa incipiente, que empezaba también a echar tripa. Calvo desde los 20 y falto de dentición por un nefasto accidente que, para más inri, también le dejó tuerto; era un hacker mediocre tirando a peor. Con todo, era bastante más decente que Gumersindo Peralta Romero, alias GumPeR. Abisinio, alias Abyss, o Sima en la lengua de Cervantes, que por los dos nombres era conocido, no era el mejor, pero sabía venderse bien. Era un tío perseverante tirando a cabezón que si algo no le salía, removía Roma con Santiago hasta que lo conseguía. No se sabe con seguridad la razón por la que el hombre sin nombre lo escogió entre tantos prohombres del mundo hacker. Sentencia pensaba que lo había fichado porque con su facha era poco probable que gastase el tiempo en mujeres. Y de las de mala fama ya se encargaría el jefe en no proporcionarle tanto dinero como para que se entretuviera con ellas en demasía. La tacañería del hombre sin nombre es legendaria. No se le escaparía este como el L0pthR, volando de ciudad en ciudad. Le había dado habitación en el antiguo piso de GumPeR, y le cubría los gastos poco más que para comer. Le había prometido mucho dinero, pero para cuando hubiese terminado su cometido. Algo que lo más seguro terminaría junto con sus días, de puro viejo... o quizá no tanto.

Pero si algo no tenía Abisinio era un pelo de tonto. Volcó todo el contenido de la tarjeta SD misteriosa a un disco duro nuevo y le pasó varios antivirus con la esperanza de que algo de los códigos maestros hiciera saltar las alarmas. Lo que era lógico. El virus distribuido estaba protegido, pero los códigos maestros no tenían por qué estarlo. No tendría sentido. Cuando decenas de software antivirus no detectaron nada, le pareció raro. No obstante, desarrolló un algoritmo con bash que hiciera búsquedas con múltiples objetivos: indicios de firmas criptográficas, posibles códigos fuente, firmas de ejecutables de varios sistemas operativos y distros de GNU/Linux, archivos comprimidos, etc. Esta búsqueda sí arrojó bastantes resultados, pero después de algunos días los descartó todos. No había rastro de archivos fantasma en la SD, tampoco los acrósticos acostumbrados. Abisinio sabía que una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que sea, debe ser la verdad. Así que lo asumió y lo aceptó: la tarjeta SD no tenía los códigos y era quizás un señuelo. No gastó tiempo dudando de sí mismo ni de su resultado. Hizo lo que tenía que hacer. Convocar el tercer concilio. Y el tercer concilio tuvo lugar.

Sauron: Señor, su siervo le aguarda en respetuoso silencio.

(En esta ocasión Abisinio está usando mismo usuario que utilizara L0pthR.)

Morgoth: Aquí estoy hijo mío.

Witch-king of Angmar: Joder, este protocolo no me gusta nada. Ya está, ya lo he dicho.

Morgoth: Calla insensato. Limítate a hablar cuando se te diga Witch-king.

Witch-king of Angmar: Vale... esto... Señor. Su siervo «le aguanta en respetuozo silensio».

Morgoth: Hijo mío, no hagas caso y dime por qué has convocado el concilio.

Sauron: Como ordene. He analizado la memoria y puedo decir sin ningún atisbo de duda que es un señuelo.

Witch-king of Angmar: «Sin nigbun adisbo de duda...» ¿Cómo que es un señuelo? Cabrón de mierda. ¿Sabes lo que costó conseguirla? No has investigado lo suficiente. Tiene que ser la auténtica.

Morgoth: Calla Sentencia y no me jodas.

Witch-king of Angmar: ¿Qué hace jefe? ¿No dijimos que nada de nombres y que ni siquiera los alias?

Morgoth: ¡GRUMPLFX! ¡Mira lo que me has hecho hacer, mentecato! No digas una palabra más. Déjamelo a mi.

Witch-king of Angmar: Sea.

Morgoth: Hijo mío, Sauron. ¿Qué quieres decir con que es un señuelo? ¿Podrías explicarte mejor?

Sauron: Por supuesto, señor. Quiero decir que la memoria que me dieron no contiene códigos maestros ni programas de ningún tipo.

Morgoth: Eso no puede ser. ¿Estás seguro?

Sauron: Totalmente.

Witch-king of Angmar: ¿Sabes lo que estás diciendo, niñato? Dos hombres han muerto para que tengamos esa puta memoria en nuestro poder.

Sauron: Eso no es cosa mía.

Witch-king of Angmar: ¿Vé jefe? Que no es cosa suya... ¡Será gilipollas el tío...!

Morgoth: Silencio inútil. Deja que se explique. A ver, hijo, entonces si lo que dices es verdad, ¿donde crees que están esos códigos?

Sauron: Con todo el respeto, señor. No lo sé. Si me permite especular, creo que existen dos posibilidades: o bien hubo un cambiazo o bien la tarjeta fue siempre un señuelo y los códigos están a salvo en poder de su autor.

Morgoth: Lo del cambiazo me da que pensar. Lo otro es imposible. El autor está muerto.

Sauron: Como le decía, era pura especulación.

Morgoth: Muy bien, hijo mío. Has cumplido con tu cometido, aunque haya tenido este resultado. Witch-king, en cuanto a ti, quiero que investigues si el tipo ese al que, ejem, «visitaste» pudo darte el cambiazo. Y si es así, averigua dónde está la original. No cabe otra posibilidad.

Witch-king of Angmar: Pues, mire usted por donde, va a ser difícil.

Morgoth: No me hagas de decir lo que no quiero. ¡Desgraciado! ¿Cómo que va a ser difícil?

Witch-king of Angmar: Pues que el hombre aquel no se recuperó de sus heridas. Murió hace días. Ale ¡Listo!

Morgoth: ¿Listo? ¿A mi con esas? ¡GRRRRRRUFLMRRGGGGRRRFLX! ¡Yo lo mato y lo hago en escabeche! ¡Rufián asqueroso! ¡Pues tendrás que salir ahí fuera a investigar! ¡Y NO VUELVAS HASTA QUE TENGAS ALGO! ¡¡¡¡MANDRIL REPULSIVO!!!! ¡¡¡¡SAL FUERA DE MI VISTA!!!

Witch-king of Angmar: ¡Eh! ¡A mi no me endilgue ese mote! ¿Pues no dijo usted que el mandril repulsivo era el Sauron? ... Uh, oh. Bueno vale. Ale, me voy yendo.

Morgoth: ¡¡¡No sé cómo no tendré la sangre negraaaa!!!

Sauron: Señor..., ¿qué quiere que haga ahora?

Morgoth: ... ... ... ... ...

Sauron: ¿Señor?

Morgoth: ¡AHHHHHH! *sic* Sí hijo mío. Pues anda y familiarízate con el virus, husmea en su código y luego mira si hay forma de hackearlo de alguna manera para poder hacer cambios nosotros, aunque no tengamos los códigos.

Sauron: Cómo ordene. Señor.

lunes, 26 de marzo de 2018

El ZULO (LV - XVII)

Dos personas, un hombre menudo y una mujer despampanante —ambos ya conocidos por el lector—, hablaban en la nueva sede, con nombre en clave El ZULO, del grupo KA de reciente creación a cuya cabeza estaba Daniel Trujillo, alias Dany Trejo. Estaban sentados delante de una pantalla de ordenador.

—Lo que venía haciendo hasta ahora para ganarse la vida es una total y absoluta chapuza... ¡Una mierda! Comparado con esto, sus anteriores fechorías podrían considerarse incluso infantiles. Es verdaderamente genial. Increíble. Incluso puedo decir que le admiro.
—Creemos que no lo ha hecho él, sino un joven hacker que se hace llamar L0pthR.
—Ah. Ya decía yo que esto no parecía propio de él. Sabe cosillas, pero no llega a la maestría de estas líneas de código. Debí suponerlo. ¿Habéis pensado en contactar con ese L0pthR? Apuesto a que le han dado cuatro duros a cambio de esta maravilla.
—Es imposible.
—¿Qué pasa? ¿Lo tiene asimilado como al tal GumPeR?
—Que va. Está muerto.
—¿Disputas con el jefe?
—No lo sé. Fue asesinado en Latinoamérica. Creemos que intentó huir y que le mataron por ello.
—No me digas más. Si no me equivoco el asesino despreciable ese... ha estado muy ocupado.
—Pareces saber más que yo de esa gente.
—Bueno, digamos que esta no es la primera vez que me las he visto con esos dos. —Luego añadió casi susurrando —La última vez que los tuve cara a cara, pensé que iba a ser la última. Fijo que se camelaron a los coreanos—. Entonces se dio cuenta de que Svetlana lo miraba sin comprender. —Perdona, a veces hablo solo. Es una manía que tengo.
—Entiendo— replicó con una mueca.
—Una pregunta.
—Claro. Dime.
—En todo momento has usado la primera persona del plural: «creemos». ¿Quién más, aparte de Dany, hay metido en esto?
—Pues— vaciló Sveta, —ahora mismo nadie más. Había otro. David, un compañero de operaciones. Todavía no me he hecho a la idea de que ya no está. Murió la semana pasada. Está muerto y enterrado. Una víctima más de este caso— Sveta se mantuvo fría, pero no pudo contener las lágrimas y un suspiro hizo temblar sus hombros.
—Lo siento. No debí preguntar— Rhyst volvió su rostro a la pantalla y dejó que la chica se recuperara. —Te prometo que les pararemos los pies a esos dos y que David no habrá muerto en vano.

Por encima de las cabezas de Rhyst y Svetlana, un desconocido silencioso escuchaba la conversación con una sonrisa en los labios.