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domingo, 29 de junio de 2014

Del asalto a la hortelana Filomena por camino Villacañas y del mal final que encontraron los salteadores en el encuentro con Melquiades.

Navarapida
-¿ Cerraste la puerta de la casilla?. - Iba preguntando la hortelana Filomena al mozo Cazuela yendo por camino Villacañas-.
- Si, le di dos vueltas a la llave.

El anochecido sereno dejaba ver la puesta de sol. Subidos venían en el carro tirado por la mula "Carbonera", con algunas cestas lleniticas de tomates, judías verdes, alcachofas y algunos melones chinos de lengua pájaro. Aquel día, se habían estado en la huerta, mientras la Isabel, madre de la Filomena pasando la jornada se anduvo por la casa del Hondillo y la plaza del mercado por ser jueves.
Cazuela y la hortelana por la tarde estuvieron dedicados en regar las eras y tablares de la huerta, habiendo dejado llena la arqueta de agua sabiendo del gusto de los que por allí pasaban de dar de beber a las mulas y borricos.
-Todavía no me has contado de los que estuvieron aquella noche de casquera sobre escritura en el mesón de la Chela...- Volvía a la plática Filomena-.
- Na... Bien... Allí estuvimos.- Explicaba el chico-.
- Una vecina de la calle Tahona estuvo en casa a por tomates en sal.., contó que debiste rondar mucho..
- Unda.., na..
- Y que saliste de casa de la vecinilla de la tienda muy temprano, o muy tarde, según se mire el sol..
- Na...

En este converse estaban, pasando a la altura del palomar de la tía Pilar de "Cuatrojos", mientras la mula movía las orejas tiesas de un lado a otro y el carro continuaba su traqueteo por el hondo del camino. El mozo sacó de entre el retrotero de la cesta, la faca, un tomate y pan para hacer merienda, con los pensamientos de aquella noche que paso con los notables hablando de escritura.
En los árboles del palomar unos cuquillos se apareaban ajenos al paso del carro.

De pronto, la "Carbonera" dio un espanto poniéndose en manillas y rechivando las orejas hacia atrás. Dos hombres aparecieron detrás de las escamploneras del acirate dando gritos de alto y someterse a sus navajas.
- ¡Sin moverse¡, ¡Quietas las manos¡-. Gritó uno de los dos asaltantes con la jeta embozada en un tapabocas. ¡ La bolsilla!.

Obligó a sentarse a la buena hortelana mirando en dirección contraria a donde estaba el salteador, y poniendo la navaja en el cuello del mozo nieto le apremiaba a bajar las cestas de tomates y melones del carro. Entretanto, el otro bandido, desuncía la mula de forma desmañada y cerril.

Como si no hubiera pasado un relámpago, los malhechores dejaron atados a la rueda del carro a los de la huerta, colgaron y ataron las cestas a unas mulas escondidas detrás de las retamas, y huyeron llevándose la faltriquera de la Filomena, la hortaliza y la mula "Carbonera".

Sujetos a los radios de la rueda, junto al horcate, la entremantilla y los arreos, estuvieron más de dos horas la hortelana y Cazuela, que casi cae la noche.

Ventura hallaron del paso del tío Sebastián, el de la Dorotea de "Raba", que aquella noche no quiso quedarse de quintería, y venir por el mismo camino, dándoles encuentro.

-! Santo Cristo Santa Ana ¡..., Filomena, ¿qué es lo sucedido?, ¿ cómo esta tropelía que me hayo?..
- Asaltados y robados hemos sido por dos bandidos a cara cubierta. A espeje de faltriquera y mula nos han dejado..
- Sin tiempo a salir corriendo se abalanzaron sacando navaja. - Dijo Cazuela-.

El buen hombre desató a los dos, ayudándoles a incorporarse y tenerse de pie. - A fe que se han llevado la mula-, observó Sebastián-. Mejor será que nos aliviemos y acudamos a dar cuenta en el Concejo de este ataque.

Uncieron la mula, que en una subido había llegado el de la Dorotea, aunque muy prieta en los arreos de la "Carbonera", y dispusieron marcha hacia el pueblo, en intención de poner los hechos en conocimiento de la justicia.

El farol del Concejo encendido estaba ya, cuando se arrimaron a la puerta, hallándola cerrada. Cazuela dio varios golpes con el aldabón confiando que el Alguacil estuviera en su puesto. Presto, casi al momento, abrió la entrada el propio, preguntando a que esas horas se presentaban a la municipalidad.

-Con un caso nos llegamos-. Manifestó Cazuela, dando cuenta del quid-.
-¿Qué suceso es el acaecido?-. Cuestionó el de la justicia-.

La hortelana Filomena, el mozo, y el tío Sebastián, que en acompañamiento seguía, refirieron los hechos con gran detalle.
- Incumbencia impropia me resulta a las facultades que tengo en encomienda-. Contestó Liberato Pérez, habiéndose dado la peripecia en un camino-.
- Y, pues, ¿a qué justicias nos debemos ir en auxilio?-. Interpeló Sebastián al propio-.
- A la Santa Hermandad-. Contestó de primeras.
- Conozco a Melquiades, jefe cuadrillero, que acudió con los suyos la noche en que a usted mismo detuvo en el mesón de La Chela-.
- ¡No mal hables mozo delante de gente!. Gruñó el Alguacil-. Más, veamos, acta de denuncia escribiré haciendo constar la cuestión, que el alcalde vea mañana y él mismo de curso de averiguar sobre el acto cometido contra vosotros. A las segundas luces del día que viene, que el muchacho vuelva a este Concejo para terminar procedimiento. Ínterin, haré llegar aviso al jefe cuadrillero, para el mismo argumento.


Cazuela, que se estuvo durmiendo en el camastro de la cuadra, hizo aseo, almorzó una rebanada de pan con aceite y tomate, y habiendo echado un trago de giniebla se encaminó otra vez a la casa del Consejo por la Calle del Cristo, fijándose en que los luceros hacía ya tiempo que habían huido.
A la entrada de la casa consistorial, topó con el Alguacil, que le hizo pasar hasta donde estaban los regidores y alcaldes ordinarios, junto con el jefe cuadrillero Melquiades y uno de sus hombres. Los de la justicia viendo entrar al nieto de la Filomena, y habiéndose leído lo escrito por Liberato Pérez en atestado después de las vísperas, quisieron escuchar nuevos elementos sobre lo acaecido en el camino de Villacañas.

- Dos hombres consta que fueron los que os salieron al encuentro, robándoos las pertenecías y mula del carro-. Habló Melquiades-. ¿Conociste a alguno de ellos?-.
- Tapados llevaban los dos el rostro con sendos pañuelos-. Contestó Cazuela al cuadrillero-.
- ¿ Su estatura aparentaba alta o baja, gordos o flacos?. ¿Hallaste falta, tara o lunar en los asaltantes?-. Volvió a consultar Melquiades-.
- Poco hablaron, y a bramidos. El que dispuso la navaja en mi gollete tan alto como vos parecía, y de figura galga. El otro, que desaparejó a la “Carbonera” llegabale a los hombros, y los andares eran de pata de collera-. Enteró el mozo-.
- ¡Por los clavos de Cristo!, ¡réprobos sujetos, que no me son ignorados por sus fechorías!-. Vociferó el de la Santa Hermandad-.
- ¿Acaso son conocidos?-. Interrogó Hernán Vázquez-.
- Presos, de muchos asaltos y males creados, han estado. El mozo ha dado en la esencia sin tener erudición sobre los maleantes.
- ¿A qué tenor?-. Interpeló el alcalde Diego de Torres-.
-¡”Patas de Collera”!, ¡Si es su remoquete!-. Exclamó Melquiades-. ¡Sin torcedura por el camino con ellos daré!. ¡Una me deben!. ¡Jurado tengo por esta cicatriz en el brazo siniestro, que un día compensaran!. Esta señal llevo imperecedera, de una noche que a traición me sorprendieron sin la “Santiaga” camino de Talavera…

Este, y “Pichaencoge”, acostumbran abordar en los caminos y en ventas, refugiándose en la Sierra de Madridejos.

-Ea, no hay más que hablar, a mi cometido me encomiendo, que antes que tarde, de una golpalá de la “Santiaga” estarán apresados. A favor del aire solano parto con mis hombres.

Los de la justicia en sus quehaceres quedaron, el nieto de la Filomena regresó al Hondillo dando crónica a los suyos, y Melquiades, con su cuadrillero José Fernández Gracia, el de la pierna quebrada, en el mesón de La Chela hicieron parada para llenar de andorga esperando al otro compadre, Saturnino Malasaña.
Atardeciendo, habiéndose echado la siesta para rebajar el mojete y los tragos licor de hollejo, partieron cruzando los charcos de la calle La Vega, hasta llegar a camino Villacañas, en busca de “Patasdecollera”, “Navajarápida” y “Pichaencoge”.

Subidos en un caballo y dos mulas, pasándose estuvieron por casillas y quinterías, registrando las cuadras y corraletas, interrogando a gañanes y mayorales si por un casual hubiesen tenido tropiezo con los bandidos, de cerca o de largo.

Sin haber dado huella de los malhechores, Melquiades guiado por su olfato, decidió hacer cambio en su averiguación. Puso rumbo, con sus cuadrilleros, al Calaminar.

Transcurrieron las horas laudes, prima y tercia, y siendo casi el tiempo del ángelus, se presentaron en la aldea. Los campesinos andaban en sus faenas por los campos cercanos, menos una mujer que lavaba ropas a la vera del pozo. A ella se condujeron preguntando por “Pichaencoge”, por cuyo lugar dejabase ver, huyendo de las justicias en abusos cometidos por el mismo otras veces. Ella era, Carmen Gómez, de la quintería de Atanasio Beteta.

-Provechoso día tenga buena mujer-. Cumplimentó Melquiades-. Recelo no halle en esta cuadrilla. Gente paz somos, que en busca de salteadores nos andamos. ¿Ha acontecido algún hecho extraño por este lugar, o acaso, ajenos a estas quinterías ha visitado?.
- Mis ojos y orejas, que hayan visto o escuchado, no-. Contestó la moza.
-Preferible es entonces, si en sosegadas horas han transcurrido. Batida daremos en los contornos, mientras cae la noche. Que a no ser que mi instinto falle, a fe, que volveremos. Más, no narre de este encuentro con los cuadrilleros de la Santa Hermandad, que hasta los pájaros volanderos llevan revelaciones a quien no debe.
-Marche la justicia sin recelo-. Concluyó la mujer el diálogo-.


Alejados más de una legua, Melquiades y los suyos se detuvieron en el Camino del Infierno. Sacaron los saquillos, sentándose en un acirate con pensamiento de tomar bocado y sosegar la sequedad de garguero. Partieron un pan de kilo y cuarto, repartiéndose medio queso de mucha fama, procurado en casa de La Nona de Villa Franca, lechería honrada, donde las medías invariablemente se respetaban.

Fueron a las cuatro de la madrugada cuando volvieron a las casas del Calaminar. El presentimiento del jefe cuadrillero inspiró, que él mismo y sus compañeros, se apostasen en la esquina de una de las quinterías, acechando. Agazapados, quedaron en silencio.

Apenas habíase movido la luna de sitio, cuando sintieron ruido. Melquiades asomó la mollera. Detrás de un farol de poca luz, unas siluetas oscuras se movían. Eran tres sombras terrenales, asiendo tres animales. Cabalicamente se dirigían, por el descampado, hacia donde ellos se encontraban.
De un salto fiero, quedó frente a los que emergieron en la noche.
-¡Alto a la Justicia!-. Vociferó Melquiades-.
A tal grito, las mulas y un caballo de los que avanzaban, sufrieron espanto con relincho.
-¡No seré yo quien detenga mi paso!-. Voceó uno-.
-¡Alto a la Justicia!-. Repitió el cuadrillero-.

Cayó al suelo el farol, al instante que el desconocido arrojó un puñado de tierra a los ojos del militar. Este, en el suelo quedó con la vista enterragada. El que no quiso atender la orden de alto, saltó sobre aquel, empuñando una navaja que hizo brillo a la luz del astro de la noche. Yo soy “Navajarápida”. El silencio se hizo negrura. Melquiades, hábil y curtido en el cuerpo a cuerpo, se volvió boca arriba, colocando la “Santiaga” en defensa.
Un alarido se oyó. La espada había atravesado el pecho del malhechor, saliendo por la espalda. Nunca Melquiades pensó el provecho de un buen afile. En la tierra quedó el cuerpo exánime. Eran las cinco de la mañana.

Los otros dos, sin reconocer aún, huyeron entre las tobas.
-¡A mi Santa Hermandad!-. Gritó el jefe cuadrillero.-.

Saliendo José Fernández Gracia y Saturnino Malasaña detrás del esquinazo de una quintería, cortaron la desbandada de uno. Sujeto y preso, fueron a dar con “Patasdecollera”.
-¡Venacaquí!-. Agarró Melquiades-. ¡Quién es el otro!, ¡Dí, quién es el otro!.
-¡Favor, favor!-. Gritaba el apresado-. ¡Es “Pichaencoge”..., es “Pichaencoge”…!.
-¡Lo sabía, lo sabía…!-. Dijo el uniformado de verde.

Eran las cinco de la mañana.

Melquiades se sacudió el polvo con levedad. Se acercó a las mulas, y dijo:
-Esta es la mula de la Filomena. Y aquí está su faltriquera.

Ordenó a Saturnino Malasaña llegarse a Villa Franca, a dar cuenta de los hechos, y traer al lugar a la justicia ordinaria y eclesiástica.

-Malhechora ha sido la existencia del bandido “Navajarápida”. Mas, de obligación cristiana es que se le cante en estas últimas, el gorigori-. Se le oyó a Melquiades-.

Por Domingo Camuñas.

lunes, 9 de junio de 2014

"De los casos de escándalo: La excomunión"




A luz de vela escribió las letras en pliego el Prior Frei Alfonso. Fue carta de queja al Sr. Arzobispo de Toledo, con letra reche pero con pulso firme.
...Y queja elevo de la exigencia de la Primada, y solicito en estancia superior, se recurra a Roma si fuera necesario, y que desde allí se conmine al Arzobispo, a que no intente recibir ese tributo, ni entrometerse en la cobranza de diezmos, ya que pertenece sin discusión a este Prior de San Juan…
…Y queja elevo por la Parroquial, que en necesidad de reparos se halla, habiendo obligación de esa autoridad de aportar un tercio de los gastos que ocasionen las obras…
…Y queja elevo, que aflicción me causa, su obstinado mandato obligando a mis feligreses cobro y recaudación a beneficio de sus arcas por semillas nuevas y hortalizas. Sépase, que a mis parroquianos en sermón dirigido desde púlpito, advertidos tengo en encomienda de no proceder a tal pago, si estos no son almacenados en ganancia del Infante…
A luz de vela escribió las letras.

El sacristán hacía sonar la campana grande de la Parroquial. Era el primer toque. En los días de precepto se esmeraba en que tañera con cadencia y armonía. Los fieles, piadosos y devotos parroquianos afluían poco menos que próximo el tercero, siempre el toque más sereno.


En la Parroquial había mucho tumulto, la confusión llenaba todo el atrio. Por las calles contiguas comenzó a llegar mucha gente en alboroto. Tal era el vocerío que Frey Alfonso, en la sacristía se encontraba, acudió sin ceñirse el cíngulo del alba.

- ¡Silencio!, ¡silencio!.- Pedía el Prior, en busca de explicación de los aconteceres-. ¡¿A qué se debe este desorden?!.
-¡Al Santo Cristo nos encomendamos!-. Gritó uno de los de al lado.
- ¡¿Quien ha sido, quien ha sido?!-. Vociferaba otro-.
-¡Cristo de la Veracruz, ampáranos!.- Clamaba al grulle una mujer pidiendo favor y piedad-.
-¡Ha sido el Prior, ha sido el Prior!.- Afirmaba uno que en disimulo detrás de otros parroquianos acusaba.
-¡Esto es un penâero…!-. Exclamó Frei Alfonso.-

Entre zarandeos, el citado hizo que se procurara corro en su redor, suplicando sosiego. Se acercó a una piedra de la Iglesia donde una tablilla había sido colocada, sin saberse autoría. Fue, en esos instantes, estando pajizo, de discernir la razón de aquel caos.
En la tablilla colgada en la Parroquial, una letanía de nombres figuraba impresa con sello de la Primada. Todos ellos, sin acuse anterior, excomulgados.

No había lugar a duda, el Arzobispo se vengaba de la petición del Prior de no hacerle partícipe de los diezmos de semillas nuevas y hortalizas.

-¡Osten que apaño!-. Dijo Frey Alfonso, en desolación."

(Continua…….)

Por Domingo Camuñas

martes, 3 de junio de 2014

Cuentos de la Chela: Aconteceres. 1736



"La campana de la parroquial tocaba a transito. El sacristán las hacía sonar anunciando nuevas expiraciones durante todo el día.


El pobre hospital, de tan reducido, no tenía más cabida para amparar a la tal proporción de infectados de tabardillo, que hasta las cámaras, patio y corral se hallaban plagados de contagiados y agonizantes. El galeno medico de la Villa no daba abasto en atender a los padecientes de enfermedad ni atinaba a dar remedio al mal. Frey Alfonso el Prior, tampoco alcanzaba a dar responso y de si a todos los entierros y enterrillos que se producían. La justicia no sabía a dónde acudir de tantos colodrones que ya habían dado en busca del auxilio de sus vecinos.

Hallabanse en reunión al mes de julio, las justicias ordinarias, las médicas, y también las eclesiásticas en el Concejo de Villafranca en disquisición de encontrar remedio del mal de morirse de tantos vecinos, y de salvación de sus almas, de no poder remediarlo.

Los regidores, Hernán Vázquez y Rodrigo Manrique, hacían entrar en sofoco al médico del pueblo de tanto inquirirle medicina que detuviese la enfermedad que contraían cientos de hombres, mujeres y niños. Este, encomendado a sus saberes, pedía a San Lucas Evangelista iluminación en sus bebistrajos y medicamentos, sin hallar respuesta ni consuelo.

-Al Gran Prior debemos acudir de auxilio-. Habló Francisco Morales, el médico-. Otros galenos más sabios que yo han de procurarnos, si en verdad, parar esta sangría de almas suspiramos.

A todos los reunidos les estuvo bien la consideración del médico de la villa. Escribieron documento de socorro que firmaron los presentes, encargando su rápida entrega a Melquiades, el de la Santa Hermandad, conocedor de los caminos y sus atajos.

Antes de llegar el jefe cuadrillero, ya volvía con la respuesta de atender a la súplica del Concejo de Villa Franca."

Por Domingo Camuñas.

martes, 11 de marzo de 2014

El pleito con los molinos harineros del Ciguela (I)

Estandose en la huerta, el nieto de la Filomena, vio venir en concurrencia a varios hombres del pueblo. Llegados cerca de la casilla, saludó el mozo a la afluencia, pensando en su cabeza que extraños menesteres se habían de traer los mismos, subidos en mulas y con herramientas propias de cavar.
Descabalgados, pidiendo permiso, dieron agua a los animales. Gente de la justicia y otros vecinos, conocidos por Cazuela, eran los presentados que se acudían a la presa del molino de Esteban Fernández.
-Notables son los hombres que han venido-. Dirigiéndose el de la Filomena a Ruy Mimbarrejón, por más confianza. -Remedio último es el que nos traemos-. Dijo Ruy-. En días pasados me detuve en esta huerta, si recuerdas, viniéndome de la zona de la reja del río Ciguela. De vigilar el estado del cauce del mismo era mi comprobación. Múltiples quejas en documentos escritos se han enviado a las justicias concernientes, sin haber recibido respuesta alguna. Mucha fatiga es esta, la de acudir a la jurisprudencia de la ley, sin ser atendida la causa justa que dicen que amparan. Harto se haya el pueblo y su consejo con este proceder. Los del molino harinero de Esteban Fernández, el que queda frente a la reja, tapado y desviado tienen el río, cortando sus aguas, llevándolas al propio molino suyo, sin dejar ni una gota a las lagunas y la dehesa, ni discurrir las propias por la madre del rio. La pertenencia del término es de Quero, regentes son de Alcazar, y amos los de Consuegra. No aviniéndose a las justas demandas, el único socorro es el que nos procuremos nosotros a una. Allá nos vamos, con estos que conoces, Alonso Hernández, con los regidores, Hernán Vázquez y Rodrigo Manrique y los alcaldes, Francisco Martínez y Diego de Torres, a romper la presa del molino, para que el agua discurra por su curso natural, vierta al caz, y llene las lagunas. Así ha sido desde inmemorial tiempo, y razones honradas nos asisten. Letrados nos llaman, en disimulo, los de esos pueblos; más la ignorancia les hace torpes, si no alcanzan a saber que ya Enrique III dictó en legislación, mandando que cualquier Concejo o persona particular, que cerrare o embargare las canales y los ríos, que entran en los términos de las ciudades y villas fueren sancionados en su justa condena. No habiendo riña, antes de las vísperas será nuestra vuelta por este camino. Si más tarde apurados nos viéramos, hacer noche y quintería nos complacería hacer en tu casilla.
-Obligado y complacido quedaría, y a seguro que mi abuela no pondría impedimento. A resguardo se estarían, las mulas en la corraleta contigua, con pienso, cebada, y agua para cada una-. Contestó Cazuela-.
Partieron todos estos hombres hasta el molino harinero de Alonso Díaz, propietario del mismo, con pocos hablares. Desde la hora del ángelus hasta llegadas más allá de las vísperas cavando y sacando tierra anduvieron sin apenas detenerse en la labor. Trocaron todo el taponamiento de la presa hecha por los molineros, hasta dejar el cauce propio del rio en su estado innato, sin dejar que los sirvientes de Pedro Díaz, hijo de Alonso Díaz, metieran baza por ser menos que los de la Villa Franca, viendo que cuenta no les traía buscar pendencia.
Escondido estaba ya el sol, cuando resolvieron volver al pueblo. Estandose de regreso, retornaron por sus pasos de nuevo hasta la huerta de la Filomena.
El nieto, tal como había hablado con Ruy por la mañana, continuaba en el lugar, con la mula “Carbonera” entrada en la cuadra de la casilla.
-De noche se ha hecho, Ruy-. Saludó a los que retornaban.-
-Apurados nos hemos estado hasta dejar que el agua del río corra otra vez por el caz-. Respondió al saludo Alonso Hernández, siempre al lado de su compañero Mimbarrejón.-
-Las mulas descansadas se encuentran, más nosotros, rendidos hemos ultimado-. Habló Diego de Torres, el otro alcalde ordinario-. Más amparados quedaríamos si pasamos noche aquí, que descanso necesita mi figura. -Quédense como en su casa, procuren agua a las mulas, y si de comer es su apetencia, tomen lo que precisen de las matas de la huerta, que tres panes de kilo y cuarto hay adentro-. Invitó Cazuela-.
Dicho y hecho, instalando a los animales en el corral, se aposentaron dentro de la casa de la huerta, unos en los camastros, y otros recostados en las albardas y aparejos. Diego de Torres como un sopón quedó con tentar el jergón, a la vez que Hernán Vázquez y Rodrigo Manrique. Los demás, en casquera anduvieron un rato junto a la lumbre del fogón echando unos tragos de vino.
Estaban todavía las estrellas en el cielo y todos dormidos, cuando la puerta de la casilla pareciose que iba a abatirse al suelo.
-¡Por la vida del matacandil!-. Clamó sobresaltado Cazuela-.
-¡Abran la puerta a la Santa Hermandad!-. Se advertía fuera de la casilla.-
-¡Por el Santismo Cristo de Santa Ana y mi otra abuela Dorotea!, ¿¡qué es esto?!.- Voceó el de la huerta.- ¡Rayos de barriga y zangarriana me entrarían de no estar acompañado de la justicia y los otros hombres!-. ¡Voz de cuadrillero de quien sea, si de verdad son los mangas verdes quienes llaman!.
-¡Raudo abran la puerta los que dentro se estén a la obediencia de Melquiades Fernández de Avilés!-. Gritó el jefe cuadrillero-. Descerrojó la entrada a la casilla el nieto de la Filomena atendiendo el requerimiento de los que aporreaban.
-¡Tente quieto, y los terceros quédense sin remover, al sometimiento de la “Santiaga”!-. Ordenó Melquiades avisándoles del buen filo de su espada-.
-¿Otra vez, señor cuadrillero, nos encontramos?. ¿A qué estas voces y proceder en esta huerta?.- Preguntó Cazuela-. -¡Sejate mozo aguardando sin entorpecer la indagación de la Santa Hermandad!. Mandamiento de detención traigo en documento extendido por los alcaldes y del Regimiento de Alcazar. A fe, que la búsqueda no ha sido en vano de encontrarme aquí a tantos presentes y tan cerca del sitio de la fechoría cometida.
-¡Tente cuadrillero a los regidores y alcaldes de la Villa Franca!-. Procuró Francisco Martínez-. ¡Justicia y hombres buenos del pueblo somos!.
-¡Será, más la única ley ahora está en la captura y encierro de los culpables del delito, hasta que la justicia de Consuegra manifieste lo contrario!-. Silenció Melquiades-. ¡De camino!-.
-¡Qué desmán!.- Dijo Cazuela-.

-¡Tú, también, de camino!-. Sentenció el de la Santa Hermandad-.

                                                                                                     Por Domingo Camuñas.

viernes, 7 de febrero de 2014

Texto anónimo encontrado en el encamarado de la casa del llamado Julián de Maroto

De las primeras noticias de Miguel, el de Cervantes y La Chela de la VillaFranca. 

"Fuera la casualidad o el destino quien le llevara a un lugar llano, surcado por un río, el Riato, donde en su ribera destellaban las casas; en una de ellas, a las afueras, descubrió que era mesón y posada. Aquella persona de gallarda figura y robusta complexión consideró que dicho lugar era de retiro y asueto, donde podía desarrollar sus otros menesteres, aprovechando que no muy lejos de allí florecía un inesperado oasis que le ofrecía el sosiego de alma, clarividencia de letras y en verano refrescantes baños que sin saber porque, esa mano de manco encontraba mejoría.
Allí cogió aposento, lejos de las algarabías, donde una mujer mesonera, de volumen deseable, robusta en las formas y de mangas en remango, consagrada a su trabajo y nada melindrosa atendía a nobles y caballeros, villanos y bandoleros, donde todos tocaron suerte, mas ninguno la obtuvo en suerte.
Casi siempre estuvo tapado con capa y sombrero. Su lugar, en un rincón bajo el rayo de un sol certero. Sus noches, siempre bajo la luz de del candil que mezclaba aceite y torcía. Una silla y una mesa, la primera desvencijá y la segunda coja. Ambas dos y el tres, parecieron siempre ser el acompasamiento perfecto, en el que entre papeles, pergaminos, escritos emborronados, otros a medio escribir y los más ya numerados, trazaba las aventuras más sorprendentes que nunca jamás fueran contadas.
Cuantas noches miro sus formas, cuantas veces trato de descifrar su mirada, interpretar sus roces o entender el significado de su prestanza a animarle a seguir tan aventurosos libros. Ella entre idas y venidas, acercaba jarras de vinos de la tierra con aroma de azafrán, sonreía y se agitaba pero a todos sujetaba. Pan caliente, lechones, liebres, conejos y todo tipo de volandería hacían las delicias de sus comensales, sin olvidar en su época el exquisito breve de tenca y arrope en sus postres.
Cuantos de aquellos visitantes de extensas jornadas doloridas, recibieron ungüentos en sus pies y gratificantes friegas de aceites en los músculos. Fue tal su fama, fue tal su buen menester que todos los que cerca pasaban allí se aproximaban.
Retos, duelos, apuestas y deseos. Hubo quien no quiso ver en aquella mujer, versada en el duro vivir cotidiano, una mujer hecha y derecha, donde el trabajo y la lucha fue su diario.
Fue el aroma de su perfume, sus miradas, sus cabellos y gestos que, aun siguiendo cumpliendo en sus quehaceres, fue objeto de disputas, de bulos y blasfemias en aquellos otros lugares. Lugares donde la ponzoña por el no fornicio conseguido, calumniaron en barragana y pendenciera aquella mujer mesonera por el tributo no conseguido.
Uno y otra abstuvieron fama reconocida y por ser lugar más de motes que de nombre uno fue nombrado por “Manco de Lepanto” y la otra “La Chela”. Ambos fuertes y valientes, curtidos en mil desdichas que les han hecho saber que el corazón no manda en su vida, por ello, él, nunca quiso poner el nombre del lugar en aquel libro que fama inimaginable se alzó “En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordar”. Ella, mujer fuerte y valiente, mujer luchadora, no le preocupó aquellas maledicencias, y por encima de las calumnias y humillaciones, extendió a sus generaciones aquella casta de genio y figura. Mujer donde sus lágrimas son el comienzo donde otros abandonan. Mujer que supo romper barreras sociales, con honradez, humildad y trabajo. Que ni asustabale la dureza de la casa y del campo. Vivaz y desenvuelta.
…..
Texto anónimo encontrado en el encamarado de la casa del llamado Julián de Maroto

                                                                                                    Por Domingo Camuñas.

miércoles, 15 de enero de 2014

La cena sobre escritura.

Allí, en el comedor grande de dentro, se hallaban todos los que Cazuela, el nieto de la Filomena, había enviado recado para que se estuvieran, y tener reunión sobre escritura. Más algún otro, que metiose como de pasar por medio.
-¿Dónde me siento?-, preguntó Don Frasco, el maestro de primeras letras.
-Doce sillas son dispuestas al lado de la mesa-, contestó La Chela-. Una de ellas, cualquiera, dispuesta está a aplanar sus posaderas. Libres son todos para ubicarse en donde parezca. Eso sí, dejad un puesto a Cazuela, que al cabo, de por él nos cenaremos en este anochecido.-La gentileza de varón con una dama, aunque no sea caballero, ha de ser que tú, Chela, os sentéis primero-. Manifestó Alonso Hernández, compañero de andanzas y aventuras de Ruy Mambarrejón, desde lo pasado con el río, los pleitos y la cárcel.
-Eso-. Apostilló Catarino, el ayudante de Miguel Cervantes, que varios vinos había tomado antes de entrar a cenar, con Frei Alfonso, y el Alguacil.
- Preocupación no han de tener ustedes en esto, que sola sé dónde y cómo he de sentarme-. Explicó La Chela, sentándose en un pico de la mesa, junto al nieto de la Filomena. Quedándose, al otro lado, frente a ella Ruy, y los otros de seguido en los lados de la mesa, excepto Miguel Cervantes que consideró sentarse en el sitio opuesto de Cazuela.
Sobre la mesa, las criadas y ayudantas de la mesonera habían dispuesto tres cazuelas llenas de breve de tenca, cuatro jarras de vino tinto, doce vasos, tenedores y cuchillos, dos bandejas de barro con lechuga y hortalizas, llevadas por el mozo de la huerta, con aderezo de sal y aceite que había elaborado la tía Vitorina, y varios panesde kilo y cuarto, que de paso llevase Cazuela de la tahona.
Presuroso levantose Frei Alfonso, que sin mediar más palabra oró cristianamente:
- Benedic, Domine, nos et haec tua dona quae de tua largitate sumus sumpturi. Per Christum Dominum nostrum. Amen.
A lo que, por no saber latín los de la villa, se respondió:
- Ad cenam vitae aeternae perducat nos, Rex aeternae gloriae.
-Amen-. Contestaron todos, que esto si se lo sabían-.
-¿Qué ha dicho?-. Preguntó Evaristo a Miguel Cervantes por lo bajo-.
-Bendícenos, Señor, y bendice estos dones con los cuales seremos alimentados por tu largueza. Que el Rey de la eterna gloria nos conduzca a la cena de la vida eterna-.
Respondió al guitarrista-.
-Siendo así, Jesús por mi lado-.Replicó Evaristo. Unos se comenzaron a coger rebanadas de pan y tajadas de tenca. Otros a tomar las jarras de vino y llenarse el vaso propio.
De la poca casquera que se oía en el inicio de cenar, La Chela consultó a los comensales cómo andaba de sal el guiso. A lo cual, los presentes asintieron con la cabeza sin soltar bocado. Solamente Miguel Cervantes respondió:
-Mano equilibrada atesora la guisandera, qué sabroso es este plato. En muchos sitios he llenado la andorga, más nunca sabor igual he encontrado. Cumplimente Chela a las mujeres de la cocina en lo a mi tocante.
Ensanchose con humildad la mesonera de oír las palabras del ilustre escritor, hablándole de dar su parte a las ayudantas, mencionando a la tía Vitorina, y alabando su experiencia en el arte de cocinar. De ser tal, que en todas las bodas de la villa era reclamada.
Vaciándose iban las cazuelas a chico paso, mientras que las jarras de vino se iban quedando a espeje.
Al tanto se estaban Evaristo y Casimiro riéndose de propias andanzas de por los pueblos a los que a tocar habían ido, el Alguacil se las parlaba con el maestro, Catarino y Frei Alfonso. Y a los otros, Ruy Mambarrejón, AlonsoHernandez, Cazuela y La Chela, se las parlamentaban
sobre el Ciguela.
Entre mientras de las conversaciones, Miguel Cervantes, interrogó sobre la procedencia del vino y el guiso de la cena.
-Muchos años ha de la salida de mi pueblo natal, Alcazar, mas no recuerdo este plato de tan buen gusto creado. Y del vino, muchos he probado, que de mi parecer bueno es, saboreando que es recio. ¿Es criado en esta villa o es traído de otro lugar de La Mancha?
-El plato concebido es con pez de tenca-, contestó Frei Alfonso-, de las que se crían muchas y grandes en las lagunas de este concejo. Mi criada en algunos días de precepto me prepara al saber que es de mi gusto. En cada casa tienen su mano para la salsa y aderezo, y a Dios que el de esta noche exquisito nos resulta. Mas del vino, no se la procedencia.
-De los toneles de la bodega del tío Valdepeñas están sacados-. Afirmó La Chela-, que al comprarle cantidad, a buen precio me resulta.
-¡Brindemos pues, por este vino, y por Cazuela, que de su gusto ha sido el que participemos esta noche en la misma mesa!-. Invitó Miguel Cervantes.-Salud-. Dijeron todos.
-Per Christum, Dominum nostrum-. Ofreció Frei Alfonso.
Avanzada estaba la cena entre conversaciones, risas, y coloquios de unos y otros. El nieto de la Filomena que hasta la presente no había querido interrumpir el seguido yantar de los que a la mesa se estaban, hablaba con Ruy y con la mesonera. Algún planteamiento ya les había hecho, y se esperaba a que las criadas del mesón retiraran algunos trastos y bandejas del tablero.
En esa disposición se estuvo la mujer del mesón, llamando a las ayudantas, que de presto acudieron a recoger, la Ramira, Reparada, Romualda, y Rudesinda.
Habiéndose ya más hueco y comodidad de espacio, Cazuela tintineó un vaso con el cuchillo, buscando la atención de los presentes.
-Ea, mozo, di, que en vilo nos tienes desde que hablaste al tío Nieves de que nos estuviéramos aquí para hablar sobre escritura-. Demandó el maestro de primeras letras-.
Sentado, el nieto de la Filomena agradeció la presencia de los que había y continuó la plática:-Verán ustedes, muchas son las horas diarias que me encuentro en la huerta, unas aplicado en los trabajos, y otras muchas viendo como el sol sale por un sitio y se pone por el contrario. De por eso es que en entretenerme pienso. Mis letras alcanzan hasta donde la tía Valentina me
instruyó y leído tengo algunos libros de los que el Alguacil me deja ver en la Casa del Concejo, y de otros que este mesón tiene esta mujer que esta noche nos da hospitalidad. Días atrás, mi poco juicio se las compuso para que mi fantasía tuviera atrevimiento. De resumir, que la ilusión
es ponerme a una mesa y redactar aconteceres de nuestra villa. Notables y queridas personas se están aquí en esta noche, a los que respetuosamente pedir que su permiso dieran para nómbralos en los renglones que escriba, interrogándoles también sobre el parecer de este anhelo mío.
-Osado es el intento-. Habló Don Frasco, el maestro-. Saber tienes que para componer un libro se ha de tener muchas luces y estudio. Maestro soy, y estudios tengo, mas todavía no ha sido ese mi atrevimiento. Si mi opinión demandas, obligado estoy a decir que procures abandonar ese empeño.
A lo que Evaristo contestó:-Si su gusto es, yo no veo impedimento. Acordes básicos se de mi guitarra, y a las casas y pueblos llevo cantares sin disgusto de la concurrencia.
-Por nuestro Cristo de la Santa Vera Cruz, no se interprete mal mi pensamiento, más digo: no ha muchos días, casi entrándome a la Ermita, sentado andabas dibujando. ¿Acaso la ventura es que dedicarte a la escritura quieres darte también?. Uno de tus dibujos vi, plasmada la Ermita, y de sujetarme tuve para no mudar tu ánimo.
Dicho te dije, que para pintar, en buenos maestros se había primero de aprender. No ocurriera que a ti también te diera por pintar con frescos propios de coliseo el interior de donde se halla nuestro Señor, como aquellos que lo hicieron para mi disgusto tan grande.
-Si el entretén de Cazuela es estarse aplicado en dibujar y darse a la escritura, bien está su determinación-. Habló Alonso Hernández-.
-Nos, de pocas letra soy-. Participó la mesonera-. Y poco he de mencionar. Mas habiéndose entre nosotros Miguel Cervantes, el mismo podría manifestarse de esta cuestión.-De por mí, licencia tienes para nombrarme en lo que escribas-. Aprobó Ruy Mambarrejón-. Disgusto no me causas, si no contento.
Miguel Cervantes que escuchando a los demás se estaba, abrió boca para participar en la polémica.
-Lantero voy siendo, y recuerdo todavía del encuentro con las letras en la comunidad de Santa Catalina en Alcalá, y de mis seis años fijabame ya en la picaresca. Soldado de mil aventuras he sido, con dichas e infortunios, la libertad y la cárcel he conocido por los caminos recorridos. Dura
vida, como todos, al fin. Y todo enseña. Escribir de lo sufrido y gozado esquiva la desesperanza, estimula el alma y aligera la imaginación, donde sus dominios te llevan a los lugares nunca soñados. Escribir, al hombre vuelve tolerante y paciente con los unos y con otros. Conocerse a
uno mismo impulsa. A reírse de todo, y primero de uno mismo sitúa.
De ver a Cazuela de otras estancias de paso por la Villa Franca en este mesón tengo recuerdo, mas palabras directas nos dijimos el otro día en la plaza del mercado estándonos comprando en el puesto de la hortelana. Hablome de la esta noche en cena y reunión, y curiosidad tenia de ver sus intenciones e interés por las letras escritas, que según veo, relatar de esta villa es su deseo.
De seguir camino hasta Andalucía es mañana, desde donde a la vuelta de tres meses he de pasar por esta casa y llegarme a Toledo. En esos días, si el progreso de tu escritura es perseverado, alegrarme sería que copia me dejaras de lo llevado escrito.
Soy yo, con humildad dicho, famoso y conocido por mis libros escritos, y aún así la vida he de buscarme. A no por ello se ha de privar a quien guste de practicar cualquier arte, ni a gozar si con ello lo disfruta. Atrayente es la idea del muchacho, que sin ayuda de maestros, deseos tiene en
adentrarse en la experiencia de la pluma.
Viendo el mozo que algunas jarras no daban más de sí, pidió a la mesonera encargara rellenarlas.
-Razonamiento no le usurparé, Don Miguel.- Entró de nuevo a debate Frei Alfonso-. Más de ponerse a una cosa, sin saber, poco o nada se ha de esperar.- Señor Prior-, participó La Chela-, tomada la tiene con el mozo.
-Razones le acompañan-, dijo Don Frasco-. ¡Qué atrevimiento más grande! ¡Y mas siendo un estudiante y dos licenciados por Salamanca nacidos y vecinos nuestros!.
-Si eruditos son y de lo propio no les interesa, poca disposición tienen a esta villa-. Señaló Evaristo-.
-De mis trece no me salgo-. Observó el maestro-.
-¡Atender la que le ha entrado!-. Exclamó Casimiro-.
-¡Maestro, al grulle suelta usted las palabras!-. Achacó Evaristo-.
-¡Tente, Evaristo!-. Se defendió Don Frasco-.
-Si tente, estoy.-Contestó-, mas si fuese tan supío, afanese en escribir de la villa y al muchacho deje de gruñir.
Llegose al salón donde la cena Ana, la de la tienda de telas, a espachar tres jarras llenas de vino a la solicitud de La Chela. Algún que otro concurrente se estaba ya templado por motivo del vino. Alonso Hernández y Frei Alfonso entretenidos se hallaban entre comentarios yreplicas entre ellos. El Alguacil y Catarino, el ayudante de Miguel Cervantes, colmaban los propios vasos de caldo
tinto. Evaristo y Casimiro aludían a estrofas y arpegios de un cante de Tomelloso. Miguel, en esto, levantose y aproximó al otro lado de la mesa en donde sentados estaban La Chela, Cazuela y Ruy Mambarrejón. Dispuso su mano en el hombro del nieto de la Filomena, al tiempo que preguntaba:
-¿Y de ultimar tus escritos de los aconteceres de la Villa Franca, ¿a qué propósito te tienes de hacer con ellos?.
- Si entre la faltriquera de mi abuela y el reten de mi bolsilla alcanzara, estampar lo escrito y dibujado en libro cosido empeño tengo-. Respondió Cazuela-.
Oyéndolo, Frei Alfonso, quiso poner una comilla.
-¡Calentura te ha entrado en los sesos! ¿No te es sobrado con entretenerte en la escritura, que a mas, divulgarlo quieres?.
-Mi ambición no es ser reconocido, si no ayudarme a saber quién soy yo mismo-. Alegó Cazuela-.
-Honesta es tu proposición-. Dijo Miguel Cervantes-.
Elogiando el propósito del mozo. Don Frasco D ́Avellana habiendo vaciado el último vaso
servido, solicitó a la moza Ana rellenar hasta el borde el mismo. Prontamente la joven acercóse al maestro en su requisitoria, le colmó la copa, de tal modo que al inclinarse la casualidad dio de rozar con sus pechos el hombro del maestro. Osadía de inmediato causó en el de las
primeras letras, llevando su mano a las nalgas de la que
el vino de la jarra le dispuso. Sin terciar verbo alguno, la moza regaló tal mojicón en la jeta del maestro que en todo el comedor se oyó el tabanazo.
-¡Tardo es este maestro! ¡¿A qué albedrio se las procura con esa bizarría?!-. Dijo la mesonera con enojo-.
Miguel Cervantes distanció a la moza del de la mano larga, notando que Ana pretendía duplicar la bofetada a palma abierta y dedos juntos.

-Moderación hallemos caballeros, y tranquilidad tengamos-. Demandó el tío Nieves-. Si echar la espuela con el vino no domina, mejor que bebiera agua de los Pozos de Navarro. Si mareada la cabeza tiene, pilón de agua llena en el patio se encuentra.- Dignáre, Dómine, die isto sine peccáto nos custodíre-. Suplicó el Prior en esta circunstancia-.

viernes, 10 de enero de 2014

Del dia y la noche de la cena y la escritura.

.....Partieron las dos jóvenes (La criada Eufrasieja y Ana la tendera) tirando por los pasillos a las cocinas de adentro buscándose a La Chela, para saber quehaceres llevar a cabo antes y durante la cena de los que hablarían de la escritura.
El mozo de la Filomena se entró al comedor que daba de vistas a la calle y que servía, de paso, para tomar refrigerios a los viajeros que no hacían noche en el mesón, sin ser taberna. Estándose allí pidió al mozo de la bodega, que era el que espachaba, un vino tinto de los de la propia cueva. De ser el despiste del muchacho, estado casi natural, que de al entrar no fijose en quien esa habitación había.
A los algunos tragos del vino, diose cuenta de quienes en esa habitación se hallaban, un hombre con mujer en una mesa, un arriero, y otro que recordó ser quien era, el ayudante de Miguel, el de Cervantes, el de parecer espirituao y de media anqueta, un tal Catarino Cruz, de verlos el día que llegaron a la Villa Franca, y pasaron por la plaza del mercado comprando algunas cosas del puesto de la huerta de la Filomena.Cruzando la habitación hacia otras tareas apareció La Chela, fijándose en el mozo nieto de la hortelana.
-¿Qué, ya de espera a los de la cuadrilla con la que tienes cena?-. Dijo el ama del mesón-.
-No es tarde,- contestó Cazuela-, mejor estar con tiempo cuando con gente se queda. Que disgusto mío es que me llamen rezagón y por mi causa haya quien de espera esté. Pendiente ando de los que han de venirse al olor de la sartén en este anochecío.
-Alguno hay por la casa ya, de aquellos de los que nombre me dio el tío Nieves el esquilaor. De los otros, ya acudirán en su hora. Por la cocina de dentro he pasado, viendo que se
están la tía Vitorina, y la moza Ana, la de Álvarez de Lara, de las que mandé recao para ayudar en esta noche.
Ya he visto que la de la tienda de telas, los panes de quilo y cuarto, frutas, verduras y tomates ha dejado allí por encargo tuyo. Tal como al esquilaor le hablé, que de esta
noche, una cazuela grande de breve de tenca tenéis a la mesa. De sobrar incluso pudiera ser, que aunque tener tiento y medía se ha de andar con las manos, para no estrozar, mejor ha de ser que sobre que no falte. De al terminar, mas vino, y giniebla tendréis. Más, intrigada estoy de saber que cuentas te traes con todos estos en esta noche, sabiendo que de letras queréis tratar. Miguel Cervantes, que parte el lunes a Puerto Lapice y hacia Andalucía, ya me habló de su encuentro contigo estando con tu abuela en el mercao. Curioso también anda en lo de la junta de hoy. Que de preguntarme sobre ti ha estado estos dos días últimos. Y yo, al que decir, que andas casi siempre en la huerta, y que si no riegas, te estás con dibujos
con tizones en papel, y que de a veces te llegas al Concejo, que algunos libros hay de los que el Alguacil te deja mirar, y que aquí, en los pocos libros que hay siempre estas repasando, cuando vienes a traer las hortalizas que te manda la Filomena.
-Na y menos capaz soy de pintar con buen tiento y de poner letras en renglones seguidos y que se entiendan.- Continuo Cazuela-. Es más la imaginación que sale de la cabeza que otra cosa, estándome en la huerta o yendo y viniendo por el camino. De saber sé, lo que la tía
Valentina me dirigía con el llavín sobre la muestra. Que a la primera escuela de Don Frasco D ́Avellana poco he acudido, en unas ocasiones por ayudar en la huerta, y en otras por todos los dineros que exige a cambio de enseñar sobre las letras. Que habiendo estudiado el maestro enSalamanca, bien pudiera estirarse menos el cuello y dar más nociones del abecedario a los chicos de la villa. Y a las chicas. Aunque a estas últimas la justicia del Reino y sus leyes las tienen apartadas del aprendizaje, de lo cual no entiendo razón. A mí, que de los que reinan y de los muchos que a su corte revolotean, tienen un ramal.
A lo que María del Consuelo Jiménez replicó:
-No, tontos no son. Qué bien se procuran las leyes con el duz y acomodo propio, mientras que al vulgo, como nos denominan, nos dejan de a lo que pesquemos, ya sean pernales para desgastar los dientes; y encima impuestos y reales debemos llevarnos al cambio. ¡Y quéjate! Que más pronto que en tardanza te mandan a los corregidores y alguaciles poniendo pleito, que lo menos que ocurrir puede es que una a destierro o cárcel sea destinada, cuando no a
galeras siendo varón después de recibir doscientos latigazos.
Dejraciaos somos todos por aquellos. Y, ea, a ver cómo andan las cosas de esta casa me voy, que a todo tengo que estarme atendiendo y eso que la Ramira, Reparada, Romualda, Rudesinda y la Eufrasieja saber deberían de sus trabajos sin estar encima de ellas. Y tú, si quieres, échate otro trago de vino pidiéndoselo a este ayudante que tengo de la bodega, antes de que dormido se quede junto al porrón de giniebla.
-Las gracias le doy-, contestó el nieto de la Filomena-, por este vino y su atención; a los mas tardes, cuando todo esté dispuesto y diga, con los otros nos hallaremos a la mesa, ahora me voy a la puerta por ver si de presentarse quienes faltan de llegar acudieren.
Estándose haciendo espera, sentado en el poyete, en la portá del mesón, se fijaba de los que iban y venían por el camino, o hacia la entrada de la villa, y observando el ajetreo por el lado del Riato. Por su cabeza pasaban pensamientos de sobre el hablar a los que había convocado para la cena, y de tratar la cuestión del escribir.
Agitación e inquietud le producían algunas ideas, más allá de propio hecho de ser capaz de andar con la escritura y los dibujos. Oído tenía de la prohibición de escribir, publicar, ni vender libro alguno que no hubiera sido sancionado por el Santo Oficio de la Inquisición en la última instancia.
El del asco negro, el Alguacil, que a veces le dejaba en el Ayuntamiento algunos libros que
allí se encontraban, algún parlamento tuvo con él sobre la cuestión. Recordaba que las licencias para imprimir cualquier libro, de cualquier condición que fuere, había de
ser dada por el Presidente y los del Concejo, y no otros. En encargo se hallaban de ver y examinar con todo cuidado los libros antes de proceder a su licencia. Informados estaban
de haberse impreso muchos sin provecho alguno e inútiles.
Y que llevando copia al Concejo ninguna cosa podía ser añadida o alterada después en la impresión.
De recordar sabia, de conversaciones con el Prior Alfonso Lujan, de por ratos de ociosidad en la huerta, de algunas visitas que iba, más que a parlamentar, a entreverar alguna hortaliza y fruta, sin por ello pagar ningún real, que no obstante, permitido estaba imprimir libros misales, breviarios y diurnales, sin ser presentados al Consejo. O eso fue lo que le tenía entendido.
En estas tesituras andaba ensimismado Cazuela, hasta que de lejos vio llegar al tío Evaristo y el tío Casimiro, con una mula y las agüaeras puestas, en la que llevaban las guitarras. Estándose los dos hombres ya a la altura del mesón, el chico les saludó dándoles la bienvenida.
-Buena y alegre gente llega a este lugar, de lo que me produce mucha alegría y contento; viendo que no se separan de sus guitarras propias.
-Aquí nos estamos-, contestó Evaristo-, según el recao que nos dio de tu parte Nieves el esquilaor. Y que de alforjas no había de traerse, solo nuestra presencia y estar en la cena
que has propuesto de estarnos unos cuantos en ella.
- Así resulta. Y como siendo todavía temprano, que las mujeres se están preparando lo que hemos de cenar en las cocinas de dentro, vayan ustedes a este comedor primero y tomarse unos vinos de los que espacha el mozo bodeguero. Y no se preocupen por el pago, que a un aparte irá el apunte.
Dentro queda un hombre forastero, a más señas, que es un ayudante de Miguel Cervantes, de con el que pueden entablar conversación si se les tercia, al que reconocerán por su pálida cara y parecer espirituao. Entretanto aquí quedo esperando la llegada de otros del pueblo y forasteros, si es que de acudir tienen a prestarse.
Habiéndose bajado unas cuartas el sol, y de no haber visto a nadie nuevo de venir, impaciente el nieto de la Filomena se adentró en el mesón, buscando la cocina de
dentro. Cruzando el patio encontrose de a todas juntas de las criadas junto al pozo, a la Ramira, Reparada, Romualda, Rudesinda y la Eufrasieja.
-¿De cómo van las cosas de la cena?-, les preguntó el chico a todas ellas-.
-La Ramira contestó en representación de todas-. Todo estará listo a su hora según dice la mesonera. Que de estar nosotras al aire del patio es a causa del aire que reboca y el humo de la chimenea de la cocina se nos llega a la respiración.
-A la tendera y la Vitorina ¿no afecta?.- Preguntó Cazuela.
- Con toses se quedan-. Habló la Reparada-.- Vaya por Dios, en intranquilidad me dejas. Acercarme voy por si de ayuda pudiera ser mi presencia.
Espachose con los pasos hasta la cocina, hasta estarse en ella. Cabalicamente entró estándose La Chela abriendo ventana, la Ana Álvarez de Lara tosiendo, y la tía
Vitorina tapándose la boca con las sayas.
-¿La caldereta está en mucha lumbre o el yerro es causado por la chimenea?-. Encuestó el mozo.
-Ay, muchacho, que esto es una estraliza-. Manifestó la tía Vitorina. ¡Sacate a esa moza al patio, que no se si con esa tos que le ha entrado vivirá para poner en la mesa los platos esta noche!.
Cogió el dos y agarrando a la Ana por la cintura la condujo fuera, dándole aire en el rostro con un paño. Era tal la toserá que hasta al chico le pasaba por la cabeza que hasta podían cantarle el gori gori si no paraba.
Mientras que al tiempo le decía:
-Reponte muchacha, que al igual de haberte traído en la mula subida, a la noche, después de la cena y la plática, he de devolverte a la puerta de tu casa.
-Un simple carraspeo no ha da lugar a tanto apuro-. Reconvino la Ana-. En más aprieto me resulta el frio del hibierno si de cepas no hay en el fogón. Volvamos, pues, ala cocina no a ser que a la mesonera desagrademos entre unos y otras. Y tú, Cazuela, no te ovilles tanto a mi cintura incluso a la luz del día, que parecer te andas de asobine, sin tener en cuenta las horas.
-¡Oh, moza!¡Que hasta en la inquietud y prevención de tu estado, desabrida y áspera contestación encuentro!

-¿Áspera, áspera..?-. Contradijo la de la tienda-.Anda.., y entra.

Por Domingo Camuñas.