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domingo, 23 de agosto de 2015

Relato: Un aprieto mortal (El hombre sin nombre XX)


El velo de las sombras se deshizo poco a poco en jirones negros que se fueron desvaneciendo cuando el sopor de la droga cedió el paso a la vigilia. La cabeza le dolía mucho. En el resto del cuerpo sentía una gran incomodidad, pero nada grave. Estaba vivo. Un pinchazo lacerante en la espalda lo devolvió a la realidad. Algo le hacía daño ahí atrás. Trató de moverse despacio pero algo le impedía hacerlo. Estaba sujeto por las muñecas y los tobillos a una especie de viga que yacía en el suelo bajo él, una de cuyas aristas le hería dolorosamente. Entonces lo recordó todo y comprendió lo apurado de su situación. Se hallaba dentro de una especie de caseta de barcas. Probablemente en alguno de los suburbios de París. Las aguas negras del río Sena transcurrían susurrantes a medio metro de sus pies meciendo suavemente las barcas que se hallaban amarradas al fondo, junto a las salidas de agua. Su Rolex de oro marcaba las 3:00 de la madrugada: la hora diabólica. Llevaba cerca de 12 horas durmiendo por la droga. Maldijo en silencio a Rhyst y a sus secuaces.

Se esforzó en abrir los ojos y miró a su alrededor. Localizó a Sentencia a poco más de dos metros a su izquierda, en idéntica condición a la suya. Apenas había hecho contacto visual con su amigo, cuando recibió un cubo de agua helada en la cara.

-¡Despierta cerdo! Estoy harto de verte dormir. Yo soy Chin y este es Bon-Hwa. Tenemos orden de matarte. Sólo nos han pagado por ti, pero parece que vamos a tener el doble de trabajo. Tu amigo nos ha causado muchos problemas y por su culpa hemos sufrido muchas bajas. De todas formas, esos hombres recibieron una buena paga y sabían a lo que se exponían. No es nada personal.
-No soy amigo de este hombre -dijo Sentencia. -Solo soy un asesino a sueldo, como vosotros. Si me dejáis ir, huiré rápidamente a España y las autoridades francesas no podrán encontrarme.
-Es inútil -dijo el hombre sin nombre. -Estos hombres son profesionales. No dejarán piezas sueltas atrás. Estoy resignado a morir, pero antes... ¿no me concederíais una última voluntad? Desearía fumar una última vez en mi pipa. No será mucho tiempo. Tan solo unas caladas. ¿Eh? ¿Qué me decís?
-¿Qué pipa... ?
-Insisto en que como soy un camarada, no hay necesidad de matarme -interrumpió Sentencia.
-Está aquí en el bolsillo de mi chaqueta. No seas pesado, Sentencia. Si no te conociera diría que tienes miedo.
-Escuche viejo, está a punto de morir. Nuestros negocios se han acabado. Doy por terminada nuestra relación profesional.
-De eso nada. Aún no estoy muerto. ¡El contrato te obliga!
-En el estado en que se encuentra no puede ejercer sus derechos, por lo tanto rescindo el contrato y desde ahora no tengo nada que ver con usted.
-¡Maltito traidor!
-Chin, bien pensado no tengo ganas de arrastrar a estos dos al Sena si puedo arrastrar sólo a uno. Además, se trata de un colega de armas. Dejémosle ir.
-Con el trinquete no creo que nos cueste mucho trabajo enviarlos a los dos al fondo. No me fío de los occidentales. No tienen las mismas costumbres que nosotros.
-Tenebris fratrem, et ego -recitó Sentencia de memoria. Chin frunció el entrecejo, perplejo por lo que acababa de oír.
-Quod pretium? -preguntó dubitativo.
-Pretium sanguine est -respondió Sentencia con firmeza.
-¡Eres miembro de la hermandad oscura! -Dijo Bon-Hwa gratamente sorprendido. -Eso cambia las cosas, tenebris fratrem, ¿verdad Chin? Ahora sabemos que podemos fiarnos de él. Voy a soltarle.
-Si lo hacemos te irás de aquí inmediatamente sin mirar atrás -exigió Chin.
-Puedes contar con ello -dijo Sentencia
-Está bien. Suéltalo. Pero asegúrate de que se marcha. Yo me encargo de este -dijo Chin mirando fijamente al bosnio. Su compañero soltó rápidamente a Sentencia y lo acompañó fuera. Él cogió el trinquete con su gancho y lo colgó en una anilla del techo que debía de estar diseñada para levantar los motores fuera borda para su reparación. Decidido como estaba, agarró una abrazadera y la fijó a la viga sobre la que yacía un más que incómodo hombre sin nombre, amarrado de pies y manos por grilletes y pesadas cadenas.
-¿Es que no vas a concederle a un hombre a punto de morir su última voluntad? -interrogó el sin nombre.
-Tengo algo de prisa... -suspiró Chin.
-Serán dos minutos. ¿No puedes perder dos minutos para cumplir este pequeño capricho mío? Vamos, ¿qué me dices?
-Tendría que desatarte las manos y no sé...
-La pipa está ya cargada, si me das fuego sólo necesito una mano libre.
-Sólo dos minutos, ¿de acuerdo? Y después no me darás problemas.
-Lo juro.
Chin sacó la pistola por precaución y, sin dejar de apuntar al bosnio, se agachó y liberó el grillete de la mano derecha. El hombre sin nombre introdujo los dedos en el bolsillo de la chaqueta y extrajo su pipa ya cargada. Tras ayudarle el coreano a encenderla como es debido, se la llevó a los labios dando una profunda calada. El humo espeso y azul de su tabaco le llevó al paladar el sabor delicioso de la hoja de la localidad Siria de Latakia combinado con el ligero sabor especiado del perique. Ambas hojas habían sido mezcladas exquisitamente con una buena base del tabaco rubio al que llaman virginia, que le daba un toque fresco. Se sucedieron varias caladas para goce del sin nombre. Chin, por su parte, parecía hipnotizado por el ritual.
-¿Te gusta mi pipa? Es una obra de arte bastante rara... Única en su especie. El artesano que la talló para mi, murió hace unos años. Acércate para disfrutar mejor de los detalles. Supongo que cuando muera puedes quedartela. Espero que la cuides bien.
Chin se arrodilló a su lado interesado por la perspectiva. Pero vio algo que le interesó aún más que la pipa de hueso: el Rolex de oro que el bosnio llevaba en la muñeca izquierda, en el que hasta ese momento no había reparado. Se inclinó sobre el hombre sin nombre para quitarle el valioso reloj, cuando sucedió algo insólito. Se oyó un pequeño clic y Chin cayó muerto sobre su cautivo. Al punto se abrió la puerta de la caseta y de ella asomó una mano que empuñaba con maestría una pistola. Su propietario recorrió el lugar con una rápida mirada y se hizo una completa idea de la situación.
-Sentencia, no te quedes ahí y ayúdame con estas cadenas -susurró el hombre sin nombre mientras con la única mano libre trataba de desembarazarse del desdichado Chin, en cuyo cuello tenía clavado el pequeño dardo envenenado que había albergado la pipa de hueso dentro de un discreto compartimento secreto. Meticulosamente, retrajo el muelle girando lo que parecía un adorno propio de la pipa hasta que sonó otro clic. Introdujo con sumo cuidado un nuevo dardo y cerró el orificio tirando de otro de los adornos, recobrando la pipa su anterior e inocente aspecto.
Sentencia se asomó al exterior y volvió cargando el cadáver de Bon-Hwa, estrangulado. Tras dejar el cuerpo en el suelo, ayudó a liberar a su particular mecenas y amigo desde hacía tantos años, al que nunca abandonaría de forma voluntaria mientras viviera.


De esa forma, los dos coreanos acabaron ocupando el lugar del hombre sin nombre y de Sentencia en el fondo del Sena. 

sábado, 24 de enero de 2015

El hombre sin nombre XIX: Turismo accidentado.


La menuda figura de Rhyst se hallaba tomando el sol en la terraza de la cafetería Bord de Seine, en París. Sobre la mesa un servicio de té y periódicos. Sorbía el líquido caliente con fruición mientras rebuscaba algunas noticias en los distintos diarios franceses que mantenía extendidos formando un gran revoltijo sobre la mesa. Según la costumbre parisina, las sillas estaban dispuestas contra la pared y de cara a la calle. Al otro lado de la carretera, el río Sena discurría bullicioso hacia el oeste. El hacker levantó la mirada para contemplar por un momento la fachada de la Conciergerie. Las dos torres que flanqueaban la entrada de la antigua prisión se veían justo en frente, en la orilla opuesta. En ella gran cantidad de aristócratas, entre ellos la reina María Antonieta, vivieron sus últimos momentos antes de ser guillotinados. La mismísima Cour de May se intuía cerca, tras de los edificios administrativos. Se sorprendió pensando que le gustaría ver al criminal llamado «hombre sin nombre» pasar por ese trance. Por desgracia hacía tiempo que las guillotinas habían sido retiradas de las plazas de París y la otrora temida prisión se mantenía como una atracción más para el turismo. Él mismo había paseado bajo sus viejas crujías en una visita anterior, en 2007. Encontró el lugar deprimente. La celda de la esposa de Luis XVI estaba ocupada en parte por una capilla. Irónico. Volviendo a la realidad, se ajustó las gafas con el dedo índice y reanudó su tarea. Con una mueca sardónica apartó dos noticias que copio a continuación.

***

Tiroteo en el centro de París
Serge Halimi

Cerca del mediodía se oyeron tiros en las proximidades de la catedral de Notre Dame. Los turistas corrían aterrorizados para salvar sus vidas.

En el día de ayer, pocos días después del asalto a Charlie Hebdo, París sufría un nuevo sobresalto. Esta vez en pleno corazón de la ciudad de la luz. Fue nada menos que a los pies de Notre Dame. Según los muchos testigos del suceso, dos hombres blancos emergían de su visita a la cripta del templo cuando otros tres, al parecer asiáticos, les salieron al paso empuñando sendas pistolas. Los primeros disparos alertaron a los turistas que emprendieron la huida. Los dos blancos se defendieron como pudieron, pero ante la ventaja de la sorpresa y la superioridad numérica, tuvieron que escapar. Ante el estupor de los observadores, incomprensiblemente, lo hicieron hacia la plaza; convirtiéndose en un blanco fácil. El más joven fingiendo huir se cubrió en la esquina del templo y eliminó de un disparo a uno de los asiáticos. Entonces se unió a su compañero para dirigirse con él a la entrada de las catacumbas. En ese momento algunos turistas salían de la yacimiento arqueológico y se vieron sorprendidos por la persecución. Los disparos de los asiáticos ocasionaron una espantada general que fue suficiente para darles tiempo a los perseguidos a introducirse en las catacumbas. Una vez dentro, se las apañaron para deshacerse de otro de ellos y le dieron esquinazo al último. Como resultado del tiroteo, cuatro personas resultaron heridas, dos de ellas de gravedad, aunque a esta hora se hayan fuera de peligro. Los fallecidos no portaban documentos identificativos y la policía no ha efectuado todavía ninguna detención, por lo que se desconoce las razones que hayan podido desencadenar el tiroteo.


Muerte en la Torre Eiffel
Ettiene de souza

Un hombre murió esta mañana a consecuencia de una caída desde el segundo piso de la torre Eiffel.

Varios hombres lograron internarse en una zona cerrada al público de nuestra famosa torre. Testigos afirman que los vieron trepar por la pierna norte hacia el tercer piso. A unos veinte metros sobre el segundo piso ocurrió la refriega que acabó en tragedia, con uno de ellos cayendo. El destino quiso que fuera a dar con la estructura interna de la pierna, que con esa velocidad lo cortó en dos como si se tratase de mantequilla. Subsiguientes golpes desviaron su trayectoria de forma poco natural hacia el exterior de la torre. Un desfigurado y desmembrado torso cayó sobre los turistas que se encontraban haciendo cola para acceder al monumento. Por fortuna no ha habido que lamentar daños personales. A esta hora de la tarde, las fuerzas de seguridad del estado todavía andan buscando la cabeza del infortunado. Entre los restos sólo se ha encontrado su billete para visitar el icono nacional y no así documentos que permitieran desvelar su identidad. Curiosamente sólo había pagado para llegar al segundo piso. A pesar del absurdo, algunos de los testigos encuestados piensan que el fallecido pretendía llegar al tercer piso sin pagar.

De los demás transgresores nada se sabe. Después del incidente se desvanecieron como si nunca hubieran estado allí. Un misterio más para que la policía se devane los sesos. Ante la pregunta de este periodista de si el suceso pudiera estar relacionado con el tiroteo de Notre Dame, el sargento Devereaux, de la policía nacional ha declarado que no lo cree probable. «Son dos casos bien diferentes. Aquí no ha habido tiros. ¿No es así? Se trata con seguridad de sucesos aislados. Estos individuos caerán bajo el peso de la ley. No hay necesidad de alarmarse, pues.»

A este periodista le parece complicado, dados los medios de seguridad de todos los lugares turísticos de París, que alguien pudiera siquiera pensar en colar un arma en la torre. No. Han sido dos sucesos la mar de extraños acaecidos en dos sitios muy frecuentados por los turistas. No es extraño que parezcan relacionados. En mi opinión lo están. La cuestión es, ¿dónde sera el próximo golpe?

Para añadir un último misterio, debo señalar la presencia de un hombre desconocido cerca de Devereaux. Con toda seguridad se trataba de un policía extranjero. Quizás español. ¿Qué pinta un agente extranjero en todo este asunto? Las fuentes habituales han fallado en responder a esta pregunta, como tampoco se ha logrado conocer la identidad del agente.

***

El hombre sin nombre había tenido una semana horrible. Por si no hubiera sido bastante con los incómodos encuentros con los norcoreanos, había sufrido mil y un accidentes. Al principio sin importancia, los descartó por casuales. Pero después de tres o cuatro, una molesta sensación le invadió todo el cuerpo. De nuevo se sentía perseguido. Pero no adelantemos acontecimientos. El primer accidente acaeció durante su segundo día en París. Un pequeño objeto cayó a su lado desde los cincuenta metros de altura del arco del triunfo, el conocido icono de la Place de l'Etoile. Resultó ser un iPod touch de quinta generación. No llegó a tocarle por escasos centímetros. Miró a lo alto sin comprender cómo había podido pasar el chisme a través de la malla de protección. Pero siendo tan pequeño, quizá lo había hecho pasar su dueño para hacer una foto y se le había escurrido de las manos. Al día siguiente le ocurrió algo similar. Fue una batería externa Anker lo que estuvo a punto de darle en la cabeza de no ser por que se había movido en el último momento. Esta vez en el Grand Palais. Miró a la galería superior, pero no vio a nadie. «Ridículos turistas, siempre perdiendo cosas o dejándolas caer». Pensó. Pero esa misma tarde, poco antes del incidente de la torre Eiffel, un iPad Ace de segunda generación casi le rozó el hombro. Fue justo cuando estaba guardando cola para comprar la entrada. En esa ocasión le acompañaba Sentencia. Este mantuvo su habitual escepticismo. «La gente es torpe. No pueden ser más que pequeños descuidos», le dijo. Un sociópata como Sentencia era incapaz de hacer algo para tranquilizar a su prójimo, así que se quedó tranquilo una vez más pensando que seguramente había sido una coincidencia. Fue a la mañana siguiente mientras admiraba los murales dedicados a Sainte-Geneviève -en el Panteón-, cuando un iPad Mini le golpeó efectivamente la mano izquierda, hiriéndolo de poca consideración. Provenía del triforio o tribuna superior. En ese momento varias personas le miraban desde arriba. En el Panteón, se conserva el péndulo de Foucault; puesto allí por el mismo Jean Bernard Léon Foucault en 1849, en un intento por demostrar la rotación de la tierra. Un filamento de acero de 67 metros sostiene una bola de plomo recubierta de cobre que pesa 28 kilos. Oscila seis metros cada dieciséis segundos. El hombre sin nombre en un alarde inusual de humanidad, de pronto, sintió vértigo y se desmayó. Habiendo tenido una vida difícil, es hombre poco impresionable. Probablemente se encontraba en shock por el susto y por no poder fogar al desconocer al responsable de lo que probablemente eran atentados contra su vida. Aunque no podía menos que sospechar, y muy acertadamente.

Creo que el lector ya se hace a la idea de lo que tuvo que sufrir, sin necesidad de sacar a colación más eventos de ese tipo. Se sucedieron quizá demasiados. Tantos como para sacar de quicio a cualquiera. La paciencia del minucioso hombre sin nombre ya no daba más de sí. Además, tenía otras preocupaciones más acuciantes. Ya habría lugar para ajustar cuentas con quien él creía... sabía, responsable de todo. Su herida no tuvo consecuencias, aparte de la habitual incomodidad. Se retiró a lamerse las heridas que más le dolían, las del orgullo. Entonces, una tarde, mientras tomaba café tranquilamente en un rincón poco transitado, y daba caladas prolongadas a su pipa de hueso; sucedió algo completamente inesperado. Apareció tras una esquina el viejo ruso putero que dejara en Viena y al verlo se acercó. El viejo se sentó de cara a la calle, a su lado y lo saludó tan efusivamente como sólo los viejos suelen. Se detuvo largo rato para tormento del sin nombre, hasta que al fin dijo: «Me alegro de verle, pero por desgracia estoy esperando a alguien...». El viejo lejos de sentirse ofendido prosiguió con su cháchara vana. No le dejó otra salida que tratar de despedirlo con malas palabras. Pero el ruso no se iba. «No se preocupe» dijo. «Los coreanos no van a venir. Le he disculpado y he fijado otra cita para mañana». Al oír eso, el hombre sin nombre se quedó petrificado. Pero no tardó en reaccionar. Su cara adquirió un tono casi purpúreo y escupió: «Me has engañado por última vez... Rhyst». El viejo rió abiertamente. Se despojó de la gorra y de la peluca blanca. Se quitó los algodones de la boca que le habían permitido deformar su cara. Dejó las gafas de culo de vaso en la mesa para, con una toallita, limpiarse el maquillaje. Por último se puso sus gafas. «Cómo lo ha sabido» Dijo sin dejar de reír. «Me imagino que ahora va a matarme». «No te equivocas. Aunque yo hace tiempo que no me ensucio las manos con armas. Tengo quien se encargue de eso». Dichas esas palabras, un punto rojo apareció en medio del pecho de Rhyst. «Ya veo que estaba preparado para recibir a los coreanos. Lamento haberle estropeado la fiesta». «Ahórrate tus palabras. Reza tus oraciones. Es tu fin». Rhyst se encogió como asustado durante lo que parecieron los peores segundos de su vida. El hombre sin nombre era un enemigo duro de pelar, pero en esta ocasión algo falló. El punto que generaba la mira láser de algún arma, seguramente en el edificio de apartamentos del lado opuesto de la plaza, se movió bruscamente y desapareció. «Al parecer se ha precipitado. Todavía no es mi hora. Se ve que no vengo en lista. jajaja». La risa de Rhyst resonó en toda la plaza. La cara del sin nombre era un poema. Pero el punto apareció otra vez en el pecho del hacker para tranquilidad del otro. Aunque no paró ahí mas que dos segundos. Al momento estaba en el pecho del criminal para consternación suya y oprobio. «Comprendo que está confundido. Perdone por esta pequeña broma. Su esbirro ha sido convenientemente noqueado por alguien a quien usted cree muerto: el que se hace llamar Hereje27». La cara del malvado palideció de rabia más que de cualquier otra cosa, pero no dijo una palabra. «Ya está completamente recuperado y ha tomado el lugar de su asesino en aquella terraza. ¿Lo ve?». Rhyst hizo un amplio movimiento con su brazo en señal de saludo a su amigo. «Nosotros, por fortuna para usted, no somos asesinos. Tampoco tenemos pruebas que un jurado pueda comprender inequívocamente. Seguramente saldría libre. Personalmente, no puedo permitir que eso suceda. Esa carrera criminal suya cuesta demasiadas vidas.». Esta vez el que rió fue el sin nombre. «Jajajaja. Y qué vas a hacer. Parece que no tienes muchas salidas. Eres patético. Si no me matas, más temprano que tarde te mataré yo. No consentiré que un ser tan repugnante como tú, maldito hacker de mierda, siga fastidiando. ¡Asqueroso hijo de puta!». Pero Rhyst no se achantó y sonriendo para sus adentros le soltó: «Pobrecito. No lo sabe. Me temo que no tendrá oportunidad. Le diré lo que voy a hacer. Le pondré en manos de sus amigos coreanos». Una sombra pasó por los ojos del hombre. Rhyst consciente de ello continuó con placer. «Estoy seguro de que ellos resolverán este desagradable asunto de una vez por todas. No sé lo que les ha hecho, pero están rabiosos». El hombre sin nombre casi bramaba de furia. Tenso como una cuerda de arco. Rhyst proseguía con tranquilidad. «Temo, querido señor, que no vivirá para cumplir su palabra. Le... ejecutarán más temprano que tarde. Por la cara que pone, creo que se ha tomado en serio lo que dije antes. No. No he hablado aún con ellos. Creo que son esos del coche negro... Efectivamente». Dispuesto como estaba, el hombre sin nombre, puso las manos sobre la mesa para huir. Antes de que se moviera, Rhyst le propinó un potente golpe en el costado que lo dejó sin respiración. «¿Ha olvidado a mi amigo del rifle? Ah, Como ya sabe que no le mataremos, me temo que tendré que actuar ya según el plan». Con la mano izquierda extrajo una jeringa del bolsillo. Mientras el sin nombre pugnaba por respirar, retiró la funda de la aguja y le inyectó el contenido de la jeringa en el cuello. En pocos segundos cayó en la más completa oscuridad.

Tendríais que haberlo visto. El hombre sin nombre cargado como un fardo. Poco después Hereje y Furgonetero aparecían con un Sentencia atado y amordazado, ya consciente; que acompañó a su jefe en el apretado maletero de los norcoreanos. Rhyst y sus amigos despidieron a los asiáticos. Se quedaron sin saber los motivos de la disputa entre estos y el sin nombre. Pero la alegría de la fiesta posterior para celebrar su gran triunfo deshizo las sombras de sus mentes como nubes de verano ante el viento.


La fiesta fue brutal, pero Rhyst tuvo por momentos la sensación de que olvidaba algo. Por esa noche se abandonó con los otros a la alegría y al placer. Pero en los pocos momentos en que se quedó solo le acompañó la sensación de que no sería la última vez que tendría noticias del hombre sin nombre. 

lunes, 5 de enero de 2015

Relato: GumPeR (Hombre sin nombre XVIII).

GumPeR, levantó la vista hacia la televisión, la cual tenia el sonido apagado pudo leer “#Entrevista a la Pechotes”, en la imagen se podía ver una chica jovencita, con unos ojos al estilo de lo que la gente había etiquetado como “a lo Sara Carbonero”, pero que a GumPeR., le producían cierto “repelus”, pues le recordaban a los ojos de los vampiros que salían en la serie “El misterio de Salem Lot”, la chica era mona, exótica y fotogénica, pero GumPeR, aunque no escuchaba lo que decía, intuyo que tendría el mismo coeficiente intelectual que un “cubo boca abajo”, otro electroencefalograma plano del tipo “Hombres, Mujeres y Viceversa”, en donde la inteligencia del “asunto” residía en lo de “viceversa”.

-Otra que nos enseñara las “domingas” en la próxima portada de Interviu, pensó GumPeR, mientras la tele mostraba en ese momento el rotulo #Soy algo más que unas tetas.
En los altavoces del ordenador de GumPeR , se escuchaba a Tolo, “El Camionero Geek”, que en ese momento, narraba una historia sobre la venta de una estufa catalítica, mientras que la pantalla mostraba un montón de lineas de código en las que estaba trabajando.

*Iberia 7-3-4-5 solicita nivel 4-4-0 a 340 nudos.
*Recibido Iberia 7-3-4-5, descienda a nivel 4-4-0 y mantenga 340 nudos. Bramó la voz del controlador de la Torre de Control del Aeropuerto de Barajas a través del altavoz de la tableta con sistema operativo Androide.

-¡Mierda!, pensó GumPeR con cierta envidia, la App, de ese descerebrado de Rhist, funciona a la perfección.

Por que así era el entorno de trabajo del programador que se hacia llamar GumPeR, Gumersindo Peralta Romero en realidad, todos los cacharros funcionando, un entorno caótico, en lo que todo lo veía, todo lo escuchaba y todo lo leía, su mente parecía funcionar de igual manera, de una manera caótica, siempre a la espera, siempre alerta, para copiar o plagiar alguna idea.

Volvió a trabajar en el código de la pantalla, estaba programando una App Androide a través de un entorno “Eclipse”, escribió rabiosamente las ultimas lineas de código y presiono “run” en su maquina virtual, el mensaje no tardo en aparecer #illegal function, los caracteres aparecieron como un jarro de agua fría.

-”La madre que lo parió”, maldijo GumPeR.

En ese momento escuchó el singular sonido de alerta que emulaba a la computadora “Madre” de la Nave Comercial Nostromo, en la película Alien, el ordenador a través de un extraño programa de mensajería segura mostró el siguiente texto:

* (Man no Name):GumPeR, estas on line??

GumPeR, cada vez que oía el sonido del computador “Madre”, que indicaba que se activaba el programa de mensajería, diseñado por el “Hombre sin Nombre”, a prueba de rastreos de la NSA y de la Kang Sheng (la NSA China) , se le erizaban los pelos de la nuca.

*(GumPeR): Si, estoy aquí.
*(Man no Name): Pues mueve ese culo gordo que tienes, pedazo cabrón, ponte en contacto con “sentencia”, os espero en París, he tenido complicaciones.
*(GumPeR): Complicaciones graves???
*(Man no Name): ¡No me toque los cojones! Y muévete ya. Gánate por una vez en tu puta vida la fortuna que te pago ¡Ostias!.

GumPeR, pegó un salto de la silla, y con el impulso se dio un golpe en los testículos con un pico de la mesa, con gesto dolorido abrió la caja fuerte de la oficina y saco un teléfono móvil de la misma.


-¿Sentencia?, haz el macuto nos vamos a París.

martes, 16 de diciembre de 2014

Relato; Escapada apresurada y un error. (Hombre sin nombre XVII)


El hombre sin nombre estaba siendo sometido a un acoso sin precedentes. En dos ocasiones habían estado incluso a punto de cogerle. ¡Era Inaudito! Le dolía también el gran número de asuntos que se habían echado a perder completamente por culpa de sus perseguidores. Hasta tal punto se completó su ruina que, en una ocasión en que -necesitado de fondos- intentó transferir dinero de sus cuentas de las islas Caimán; la operación fue interceptada y todos sus fondos perdidos.

Sabía que desde la muerte del que llamaban Hereje27 le perseguían aún más estrechamente. Era del todo imposible continuar con sus negocios habituales en ese enrarecido ambiente. No había más remedio que dejar la escena hasta que se serenaran las aguas.

Decidido a desaparecer por un tiempo, viajó a Barcelona en avión una gélida mañana de mediados de diciembre. Eligió el avión porque era imposible ocultarse de la vista de los demás. Se mantuvo vigilante no lejos de la puerta de embarque, pero oculto del resto del pasaje, hasta la última llamada. Una vez estuvo seguro de que no había embarcado nadie sospechoso, se apresuró hacia el avión él mismo. Sin un momento para relajarse, inspeccionó a sus compañeros de viaje con disimulo. No vio a nadie conocido o que oliera a policía. Ya en Barcelona se tomó un café en la cafetería Jamaica, en la misma terminal 1, muy cerca de la zona de llegadas. Apuró su café, pagó en efectivo. Antes de irse, hurgó disimuladamente en el calcetín de la pierna derecha -como si le picara. -Allí llevaba lo que él llamaba la llave de las emergencias. Abría una consigna que contenía un equipo de supervivencia urbana. Había un maletín con cheques de viaje por valor de unas decenas de miles de euros, unas gafas oscuras, una muda, varios pasaportes falsos y un pijama de satén. Dejó las gafas porque llamarían demasiado la atención en esa época del año. Tras coger un pasaporte, cerró el maletín y lo sacó de la consigna. Y, sin perder más tiempo, se subió a otro avión rumbo a Viena, Austria.

Se alojó en el lujoso Grand Hotel, donde permaneció tranquilo unos días. Su estancia en Viena se resumiría en sus paseos matutinos, sus largas horas en el spa, sus comidas en el restaurante japonés de la séptima planta y sus noches de ópera.



Unos días después, cerca del palacio Schönbrunn, algo que no pudo terminar de definir perturbó aquella tranquilidad inicial. Le pareció ver una cara familiar entre la masa de turistas que se disponían a visitar la residencia imperial. No era hombre que creyese en las coincidencias, así que interrumpió su paseo acostumbrado y volvió resuelto al hotel. Precisamente la noche anterior, había conocido a un grupo de snobs ingleses que estaban haciendo un circuito por Europa. Habían venido desde Venecia en el Orient Express para pasar dos noches en Viena y justamente tenían que volver al legendario tren en su ruta hacia París a la mañana siguiente. Medio en broma, anestesiados por el alcohol, le habían invitado a proseguir viaje con ellos. Pidió que le prepararan la cuenta, pues pretendía unirse al grupo de ingleses. Dejó pasar el día sin salir del hotel. Por la noche durmió poco y mal. Se despertó a las 5:30 de la madrugada bañado en sudor. Tenían que abandonar el hotel a las 6:30, así que se levantó y se duchó. Al ir a vestirse le pareció ver una sombra moverse sigilosamente a través de la ventana. Se pegó a la pared y se asomó con cuidado. Suspiró con alivio. Era un viejo borracho que volvía tarde al hotel. Vino en el mismo avión desde Barcelona. El viejo era el típico ruso borracho y alborotador. Dijo que llevaba en España desde los sanfermines y que habiéndose gastado todo el dinero, tuvo que quedarse a trabajar para poder volver a la madre Rusia. La fortuna quiso que acertara una quiniela de 15. Recibió una buena suma que el viejo pretendía derrochar en viajes, putas y excelente alcohol. Las voces del viejo le devolvieron a la realidad. Se vistió con un cómodo traje de tweed. Había tenido que comprarse ropa nueva en Viena, pero casi toda estaba ya empacada y esperando abajo a que el mozo la llevara al microbús de los ingleses. Cogió su maletín de mano y salió del hotel. Aún le faltaban unos 20 minutos para irse. Sacó su pipa de hueso tallado y la cargó con tabaco St. James Woods de la casa McClelland. Una mezcla de virginia y perique que disfrutaba mucho en invierno, cuando los aromáticos se volvían insípidos a su entrenada lengua. Encendió una cerilla de madera contra la suela de su zapato. La sacudió para que se desprendiera la punta, con el azufre ya quemado. El tabaco se rizó y se esponjó agradablemente en respuesta a la proximidad de la llama. Unos suaves golpecitos con el atacador más una segunda encendida y empezó a saborear el tabaco. Volutas de humo azules se elevaban en desorden como en un sueño. Lentamente se dejó deslizar dentro de aquel conocido pmaraíso de los aromas y los sabores que tanto le relajaba. 

Una hora después iba en el transporte de los ingleses hacia la estación donde tomarían el Orient Express. A mitad de camino se unió a ellos un guía español. Un tal Norberto Rodriguez. El hombre sin nombre lo saludó como los demás, pero en su fuero interno pensó que esa fachada de atolondrado era un disfraz. Muy bien podía ser uno de sus perseguidores. Es más, le recordaba a Roberto Pass. Un hombre que había tratado de engañarle usando un disfraz similar. Al llegar a la estación, Norberto se ausentó para ir al baño. El hombre sin nombre se excusó unos minutos para comprar unos regalos en una tienda cercana. A su regreso, cargado con algunos paquetes, seguían sin noticias del guía. Hacía más de media hora que se había ido. Lo habían contratado en Venecia para el resto del viaje. Unos minutos después apareció un muchacho con una nota. Decía así:

«Queridos señores, he tenido que ausentarme tan deprisa que lamentablemente no he tenido tiempo mas que para escribir esta nota. Prosigan su viaje. Quizá pueda reunirme con ustedes más tarde en París. Ruego me perdonen por esta irregularidad.

NR»

Los ingleses se enfadaron lo suyo. «¡Qué impertinencia!» dijo uno. «¿Impertinencia? ¡Y desvergüenza!» añadió otro. «Verdaderamente ¿qué pensaría nuestro pobre padre si viviera? ¡El mundo se ha vuelto loco!». Pero enseguida anunciaron que su tren estaba listo y se pusieron en marcha.


Sus compañeros, aunque excéntricos y chapados a la antigua, resultaron ser bastante animados. Y qué decir del tren. Era la personificación del lujo y del confort. Incomparable. Le asignaron un compartimento enteramente de su gusto y se concentró en disfrutar del trayecto.

***

A la mañana siguiente un grito alteró la estación de trenes Westbahnhof de Viena. Un hombre apareció muerto en un cuarto de limpieza no lejos de los aseos. El hombre tenía una puñalada en el costado derecho, entre la cuarta y la quinta costilla que le perforó un pulmón y tocó el corazón. La muerte tuvo que ser instantánea y silenciosa. Descubrió el cadáver la señora de la limpieza. Intensas averiguaciones posteriores condujeron a la policía a identificar el cuerpo como Norberto Rodriguez Posadas. Un guía turístico muy conocido que trabajaba en Europa.

***

Nota: Casi al mismo tiempo que se descubría el cadáver en Viena, Roberto Pass bostezaba en su cama a miles de kilómetros de distancia. Se encontraba de permiso en Chile. Emitió un floreado y notable pedo y se dio media vuelta para volver a dormirse.


jueves, 3 de julio de 2014

Relato: (Hombre Sin Nombre) Vidas Paralelas.



Every Saturday night,(Todos los sábados por la noche,
I get dressed up to ride for you, baby. (Me visto para cabalgar por ti, cariño.)
Cruising down the street on,(Cruzo por la calle en)
Hollywood and Vine for you, baby. (Hollywood and Vine por ti, cariño.)

I drive fast, wind in my hair. (Conduzco rápido, el viento en mi pelo.)
I push you to the limits. (Yo te empuje a los límites)

El hombre Sin Nombre escucha en su apartamento de lujo la canción Burning Desire (Deseo Ardiente) de Lana del Rey, mientras fuma en su pipa de hueso tallado, el estribillo de la canción resuena en sus oidos, su mente viaja y retrocede en el tiempo hasta un local de Las Vegas, en donde El hombre Sin Nombre conoció a la cantante, una mujer interesante, recuerda que tomo una copa con ella, en aquella ocasión se hizo pasar por un acaudalado millonario de una noble familia europea, recuerda sus labios, su pelo, sus ojos, el atrevido vestido rojo que vestía, recuerda en anillo de oro blanco, esmeralda y diamantes que lucia en el dedo anular de su mano izquierda y sobre todo recuerda  lo que ella llevaba tatuado en su mano derecha “Trust no One” (No confiar en nadie).
Aunque en esa ocasión, el Hombre Sin Nombre, uso todos sus trucos y ardides para tratar de seducir y engañar a esa mujer, aquella tía no pico.



Kiss me hard before you go. (Bésame fuerte antes de irte)
Summertime sadness. (Tristeza de verano)
I just wanted you to know.(Yo sólo quería que supieras)
That baby you're the best. (
Que cariño eres el mejor)

Mientras tanto, en ese mismo momento, en un anticuado despacho dependiente del negociado de Seguridad Nacional, Daniel Trujillo, escucha la canción de Lana del Rey “Summertime sandness” (Tristeza de verano), en un viejo móvil.
Aunque sabe que no esta permitido fumar en la dependencias, se enciende un cigarrillo con su humilde mechero de martillo.
La canción lo tiene totalmente obsesionado, la reproduce una y otra vez en el  móvil, a conocido a esta cantante gracias a escuchar uno de los audios del Camionero Geek.
Recuerda haberla buscado en Youtube, recuerda haber visionado una y otra vez el vídeo de la canción, ¡hay que joderse! la cantidad de información que se puede obtener a través del visionado de unos videos, le gustaría conocer a esa tía, le gustaría saber lo que significa esa canción, le gustaría saber por que se tatuó en su dedo anular derecho la frase “Die Young” (Morir Joven), le gustaría saber tantas cosas,  curiosidad policial tal vez.

Da una calada al cigarrillo y vuelve a leer el informe que en ese momento tiene entre manos.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Relato: Orígenes. (Hombre sin nombre XV)


Se despertó bañado en sudor, el hombre sin nombre, miro su Rolex de oro, las 03:00 de la madrugada, había soñado que tenia de nuevo once años y se encontraba en Srebrenica, escondido debajo de la cama, mientras cuatro paramilitares serbios de la milicia de “Los Escorpiones” violaban y degollaban a su hermana Anna. 
El hombre sin nombre había nacido el día 20 de octubre de 1884, en el seno de una familia de origen Serbo-Bosnio, su padre era serbio y su madre bosnia, se había criado junto con sus dos hermanas en un piso de Sarajevo, donde habían vivido hasta el estallido de la guerra. 
Un día su padre al volver a casa, fue abatido en un puente de la ciudad por disparos de un franco tirador serbio, cuando volvía de las colas de racionamiento.
 Su madre asustada, se había trasladado a Srebrenica con él y con sus dos hermanas, huyendo de la guerra, buscando el amparo de los 400 cascos azules holandeses que supuestamente controlaban la ciudad y que tenía la calificación de zona segura. 
Su madre murió, junto con una de sus hermanas, cuando una granada de mortero hizo explosión a dos metros de la fila de racionamiento donde ambas se encontraban haciendo cola. 
En 1995, con la indiferencia del resto de Europa, y teniendo de rehenes a 55 cascos azules holandeses, miembros del ejercito regular y de las milicias paramilitares serbias, llevaron a cabo un genocidio étnico en la ciudad asesinando a 8000 personas, entre ellas su hermana Anna de 15 años de edad.
 Mas tarde se descubrirían varias fosas comunes en las afueras de la ciudad, donde aparecerían numerosos cadáveres con las manos atadas a la espalda mediante alambres, casi todos ellos degollados. 
Sobrevivió mendigando medio desnudo por las calles de la ciudad, aguantando el terrible frío en invierno y soportando las innumerables palizas que otros chicos mayores le propinaban para robarle la ración de pan y agua que a veces conseguía. 
Con la recuperación de la ciudad por parte de la Armija Bosnia, varios soldados debido a su ascendencia serbia por parte de padre, le dieron tal paliza, que si no hubiera sido por la intermediación de un Sargento de la Legión de los Cascos azules Españoles con destino en Mostar, lo habrían matado. 
El Sargento, se apiado de el él, y lo saco del infierno, mandándolo a España y comenzando los tramites para su adopción, pero resulto que el Sargento pereció en una acción de guerra y la viuda se desentendido del niño. 
Su vida de nuevo se convirtió en un calvario, con el lastre del idioma, paso de casa de acogida en casa de acogida, sin que ninguna familia quisiera adoptarlo, aunque debido a su condición de refugiado político nunca se planteo se repatriación. 
Le toco pelear con muchachos de su edad, algunos de ellos jóvenes delincuentes provenientes de familias des estructuradas, a los 16 años dominaba el idioma y sentía gran curiosidad por la informática, se sumergió en su estudio con avidez, para poder así evadirse de su realidad. 
Con 17 años obtuvo la nacionalidad española, y al cumplir los 18, ingreso en la Legión en el grupo de operaciones especiales, donde conocería a otro muchacho, al que apodaban Sentencia. 
A los 22 años, pidió la licencia con el dinero y los conocimientos adquiridos, sintiendo un gran desprecio por el resto de la humanidad, se dedico a su nueva vida dedicada al delito. 
Uno de sus primeras operaciones la dedico a tratar de identificar a los cuatro hombres del grupo paramilitar serbio “Los Escorpiones” que en junio de 1995, habían violado y degollado a su hermana Anna, mientras el se orinaba de miedo debajo de su cama. 
Los logro identificar, pero resulto que tres de ellos habían muerto en la guerra a manos de la Armija, pero que el Jefe del Grupo un tal Ratko Zvorkit, bajo una identidad falsa, se escondía, que casualidad, en un chalet de un pueblo de Valencia. Encargo el trabajo a su amigo Sentencia, que secuestro al hombre y lo llevo a un sótano en construcción de las afueras de Madrid, desnudo y atado de pies y manos mediante alambres, practicaron durante toda la noche torturas más propias de medievo, posteriormente mientras el pobre desgraciado suplicaba clemencia, el hombre sin nombre, valiéndose de una sierra de carpintero le amputo la pierna derecha y enrollando una bolsa de plástico en su cabeza lo asfixio entre terribles sufrimientos. 
  Luego extrayendo la tibia de la pierna, mando hacer con ella una bonita pipa de hueso tallado, el artesano que se la hizo le pregunto que de que animal era el hueso, de cerdo respondió él. Así que ahora, cada vez que el hombre sin nombre, tiene pesadillas, se sienta en su sillón favorito y fuma en su bonita pipa de hueso tallado, cargada de tabaco aromático, para exorcizar sus demonios.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Sentencia (Hombre sin nombre XiV)

Pensó en el fiasco del cementerio, en total había disparado una decena de cartuchos con  la Five-seveN, y ¿que habia conseguido?, alcanzar al tal Emiliano, y romperle uno de sus importantes chismes, verle las bragas a la tía esa de la minifalda blanca y el top negro, que por cierto no estaba mal y que el cadáver de aquella chica que atropello, acabara espatarrado contra un cedro.

Se estaba divirtiendo, hasta que ese Harry el Sucio de pacotilla desenfundo su revolver, por el sonido podría asegurar que del calibre .357 magnun, un nostálgico sin duda, eso si ese hijo de puta sabia lo que hacía al principio disparo un par de salvas hacia su dirección, asegurándose de no matar a ningún transeúnte, luego cuando lo localizo, cerca estuvo de mandarlo al otro barrio, todavía creyó oír el silbido de los proyectiles al cortar el aire y el estruendo de los mismos al impactar contra el mármol de las tumbas.

Le jodía admitirlo, pero hubo un momento en que se asusto, si ese cabrón lo hubiera encarado mejor ahora estaría camino de la “cañamona”.

Miro el ordenador apagado que tenia encima de la mesa de su estudio, sin duda el hombre sin nombre, andaría mosqueado, se lo imagino fumando su pipa de hueso, mientras pensaba fríamente en lo sucedido, que le den por culo.

Mañana, encendería el ordenador e intentaría en vano contactar con él, aunque sabía de antemano que sería el hombre sin nombre el que iniciaría el contacto.

Se ducho y se fue a la cama.

Por entones aún faltaba mucho para el amanecer, así que pensó en dormir.
Calculó el agua que debía beber para despertarse a tiempo, un truco que había aprendido de los indios en las novelas de a duro que le gustaba leer en su adolescencia.
Bebió de forma disciplinada y, después de estirar los músculos de la espalda, se tendió.
Alargando un brazo cogió uno de los dos libros que había sobre la mesilla: «La condena» de Franz Kafka. Era lo que él entendía por lectura ligera para pillar el sueño.
No tardó mucho más de media hora en cerrar los ojos. Se durmió pensando en que le hubiera gustado estar con una puta. Lástima no haber tenido el dinero. Siempre estaba falto de dinero, motivo por el cual no le quedaba otra que seguir en el negocio.
Y no es que le pagaran mal, pero se gastaba casi todo el dinero en mujeres. Había una en concreto que le volvía loco. Era una señorita de compañía de las caras. Vivía en un ático muy apañado, con todas las comodidades. La pega es que cobraba mucho... y claro, el hombre es el único animal que da dos veces en la misma piedra. La chica era guapa y además sabía defenderse. Llevaba siempre encima una pistola del calibre 22: una Beretta. Esa cualidad era lo que le gustaba de ella. A menudo el arma formaban parte de sus fantasías y de sus juegos.

Sentencia pensaba en las curvas voluptuosas de la chica.
No podía evitar pensar en esas cosas en los entierros.
Pero era un profesional, así que modificó sus pensamientos, no sin cierta reticencia.

En ese momento se acordó de la pipa en hueso tallado del hombre sin nombre y sintió una arcada seca, ¡Joder! Ya se le habian pasado las ganas de desayunar.

domingo, 3 de noviembre de 2013

El entierro (Hombre sin nombre XIII)

El entierro de Ana María Porter fue una cálida mañana de principios de otoño. La mayoría de los asistentes lucían trajes negros, aunque algunos individuos destacaban especialmente por su extravagancia. Entre ellos estaba Emiliano Carmona. Llevaba un traje blanco impoluto con una manzana negra mordida a su espalda y parecía estar haciendo un seguimiento periodístico del entierro con un iPad igualmente blanco. Colgando de su brazo izquierdo, Bibiana Duque iba con una minifalda increíblemente corta también blanca. Contrastaba su top negro que apenas le cubría el ombligo y las tetas. Esta, aunque serena, no podía evitar repetidos e irritantes ataques de llanto; lo que la hacía vibrar entera, traspasando las mismas vibraciones al Carmona. «Ya estabilizaré la imagen con iMovie» -Pensaba, algo molesto. A izquierda y derecha, Emiliano, estaba flanqueado por numerosos amigos de la muerta, todos igual de estrafalarios que él o más si cabe. Algunos lucían en sus ropas manzanas mordidas negras, otros blancas y un tercer grupo las tenía de los colores del arco iris. Enfrente, más normales, estaban los compañeros de trabajo de la Señorita Pepis y varios miembros del cuerpo de policía, entre los que se encontraban el Super, el Piojo y Dany Trejo. Dany se volvió a mirar al Piojo levantando una ceja como protesta por el espectáculo que se desarrollaba ante sus ojos:

En el centro, presidiendo el evento, el ataúd blanco con una manzana mordida negra en lugar de crucifijo. Un tipo con una túnica negra decorada con manzanas blancas, el pastor apeliano, realizaba una extraña danza alrededor. A una orden suya, dos esbirros abrieron el ataúd dejando el cuerpo de la Pepis al descubierto. Los acólitos presentes se arrodillaron al instante. El único que permaneció en pie fue Carmona, para seguir registrando el evento. El sacerdote recogió un iPad de una mesa que había dispuesta con varios productos de Apol y acercándose al ataúd lo depositó entre las piernas del cadáver. Luego volvió a la mesa y esta vez recogió un iphone sin desprecintar.
-¡Aunque te han robado el tuyo, no podíamos enterrarte sin el icono más sagrado de nuestra religión! - Y habiendo dicho eso, se aproximó al cuerpo y depositó el iPhone sobre el pecho. Volvió una tercera vez a la mesa. Sólo quedaba un iMac.
-¡Puesto que no has de usar más este iMac en este mundo, que a nadie más se le permita profanarlo! - Cogiendo un martillo de manos de un esbirro atento, lo estampó en mitad de la pantalla causando grande destrozo, no obstante propinando un segundo golpe y un tercero, y una sucesión más, hasta que no quedó apariencia de ordenador sobre la mesa. Entonces el pastor se apartó de la mesa, y formándose una fila de acólitos, iban cada uno cogiendo un trozo de iMac y depositándolo en el ataúd como muestra de respeto.

Dos o tres filas de lápidas atrás, asistían conmovidos Rhyst y su grupo. A decir verdad, de lejos parecían conmovidos, pero hay quien dice que al acercarse no eran llantos lo que emitían, sino que el subir y bajar de hombros se debía más a la risa que les producía aquél esperpento de funeral.

Cuando todos los acólitos hubieron dejado su fragmento del iMac, dos esbirros se agacharon a coger la tapa del ataúd. Fue entonces cuando se oyó una detonación. Todo el cementerio se quedó en silencio. Emiliano Carmona cayó con estrépito. Bibiana a su lado vió el agujero en la chaqueta de Emiliano y al comprender lo que pasaba sufrió un movimiento intestinal tan fuerte que la mierda se escurría por sus piernas. Entonces sobrevino la segunda detonación y con ella una lluvia de fragmentos de mármol volaron sobre los asistentes. A partir de entonces todo fue confusión. Los policías fueron los primeros en escabullirse del cementerio. Los apelianos que no tenían experiencia en esos casos corrían en todas direcciones, confusos. Uno de ellos tropezó contra el ataúd y se lo llevó por delante. El cadaver de Ana rodó por el suelo y acabó espatarrado contra un árbol, como si estuviera bailando en una barra una danza macabra.

Sentencia disparaba a placer entre las lápidas, a pecho descubierto.

Al contrario de lo que pasa en el cine, casi nadie llevaba una pistola encima. Tan sólo Dany llevaba la suya. Normalmente uno no va a un entierro armado, por muy policía que sea. Protegido tras una tumba, Dany escuchaba intentando adivinar el origen de los tiros. Con tantas lápidas era imposible ver quién disparaba. No le costó mucho comprender los primeros tiros habían sido empleados para desalojar el cementerio. Ahora que había menos gente tenía una visión clara de su verdadero objetivo: los hackers. Estos se habían quedado porque uno de ellos había resultado herido. Dany Tenía un mapa del cementerio en su cabeza, con él y su oído logró hacerse una idea bastante precisa de donde estaba el tirador. Despreocupándose de su persona, fingió tener la intención de salir corriendo del cementerio como los demás, pero en cuanto hubo cruzado la calle principal del mismo, se escondió tras otra tumba y logró llegar a donde estaba Rhyst. No había tiempo. Debía abatir al tirador antes de que saliera herido alguien más. Por lo que había observado, el hombre tenía un pistola semi-automática. Si su vista no le engañaba, probablemente era una Five-seveN. Esperó a que recargara y entonces devolvió algunos disparos. Se produjo un intercambio de tiros de dos minutos que pronto se interrumpió.

Sentencia no estaba acostumbrado a tanta resistencia y prefirió salir con vida para intentarlo otro día. Así que saltó el murete del cementerio.

Dany corrió tras el tirador pero desistió al oír el ruido de la moto que se alejaba a gran velocidad. A su vuelta le recibieron las miradas sombrías de Rhyst, Roberto, arrodillados junto al cuerpo de Hereje27. Furgonetero se había retirado un poco para pedir una ambulancia. Dany oyó un ruido a su izquierda y miró en esa dirección. Por la calle central del cementerio, una Bibiana con la medias sucias, andaba con lentitud y discreción hacia la salida.

Dos horas después de producirse el tiroteo, Emiliano Carmona se despertaba solo en el cementerio. Se levantó con dificultad y trató de adecentar su ropa que se había llenado de polvo. Al agacharse vio algo que le hizo llorar como un bebé: su iPad yacía hecho trizas a dos pasos de distancia. Parece ser que al desmayarse había ido a caer contra una piedra, para desgracia de su propietario. Dejó de llorar cuando al seguir repasando sus ropas notó el agujero de su chaqueta. Buscó en el bolsillo interior y sacó un iPhone 5S destrozado con una bala incrustada en su centro. Su iPhone le había salvado la vida al detener una bala perdida que probablemente había rebotado en alguna tumba. Pero ello no le consolaba, así que pronto unas velas verdes asomaron de su nariz al tiempo que las lágrimas manaban abundantemente de sus ojos tras sus gafas de pasta. «A ver cómo convenzo yo a mi mujer de que tengo que renovar mi ecosistema de Apol» - Pensaba llorando de rabia y de tristeza a la vez.

Cuando Emiliano se hubo rehecho y quiso abandonar el recinto, se topó de lleno con la realidad. Hacía horas que habían cerrado el cementerio. Así que abrazado a los restos de su iPad y con su iPhone roto en el bolsillo, pasó la noche sentado con la espalda apoyada en un árbol. A la mañana comprendería con horror de donde venía el fétido aroma que había notado toda la noche.

jueves, 3 de octubre de 2013

Operación "pelele" (Hombre sin nombre XII)

Roberto Pass disfrutaba de su coca cola sentado en una mesa del
restaurante Block House del centro comercial «La cañada», en Marbella.
Vestía una blazer de tweed con una camisa de color naranja, unos
vaqueros y zapatos italianos. Su incipiente calva relucía por encima
de unas gafas tintadas que junto con un bigote postizo de buena
calidad pegado con goma arábiga, constituían su modesto disfraz. Dejó
un momento su bebida, para seguir tecleando ávidamente en su MacBook
Air de 17 pulgadas. El logotipo de la manzana mordida lucía iluminado
por la parte de atrás atrayendo furtivas miradas de deseo de clientes
y empleados. Hizo un gesto amplio con el antebrazo para mirar la hora
en un Rolex de oro: las 16:15. Tras unos minutos más, cerró el
portátil y pidió la cuenta. En total fueron 3 euros por la coca cola y
97 de propina al camarero. Se levantó y se marchó.

Había pasado buena parte del día paseándose por Marbella y derrochando
grandes cantidades de dinero. Aprovechando cada wifi abierta para
visitar páginas web de fabricantes de coches caros. Si alguien hubiera
interceptado su tráfico de red, hubieran pensado que estaba dudando
entre comprarse un Rolls y un Porsche. Todo era puro teatro,
naturalmente, con el objetivo de llamar la atención sobre su persona y
atraer al autor de los robos que estaban investigando.

Si alguien hubiera intentado triangular la señal wifi proveniente del
MacBook Air, se hubiera encontrado con una sorpresa. En realidad el
portátil no emitía señal alguna. La señal provenía de cierta furgoneta
aparcada a distancia, siempre en zonas poco visibles y cuya rotulación
había ido cambiando a lo largo del día cada vez que se trasladaba
siguiendo los pasos de Roberto. En su interior, Rhyst estaba pendiente
de un monitor, a la espera de posibles intentos de intrusión. Mientras
tanto, Hereje 27 y Furgonetero Meek se turnaban para seguir a Roberto
de lejos, sin levantar sospechas. Su misión era vigilar a todo aquel
que tuviera un ordenador, una tablet, un móvil, o cualquier cosa que
pudiera ser usada para conectarse a la red wifi.

El anterior sistema de puestos estáticos en pisos alquilados demostró
ser un fracaso, porque cada vez que se producía una alarma llegaban
tarde y el supuesto intruso se había esfumado. Así que tuvieron que
pensar en otro método. Usar a Roberto como cebo parecía peligroso,
pero la situación era desesperada. Era eso o admitir su fracaso
absoluto. Roberto se mostró encantado cuando se le propuso hacerse
pasar por un multimillonario excéntrico. Para evitar toda relación con
el grupo, se acordó que se hospedara en el Hotel Gran Meliá Don Pepe y
que permaneciera aislado de los demás. Dado que no sería considerado
normal que una persona importante fuera caminando por toda Marbella,
el propio Roberto contrató un secretario a través de una agencia y
este se encargó de conseguir un chófer y un vehículo apropiado. El
dinero y todos los elementos del disfraz fueron cortesía de Hereje,
como de costumbre. Quizá el elemento más importante de la indumentaria
de Roberto era invisible: un pinganillo inalámbrico que, colocado
cuidadosamente en un oído permitía la comunicación de este con el
equipo. Su alcance era limitado, pero puesto que la furgoneta nunca
andaba demasiado lejos, resultaba funcional.

Hereje 27 permanecía sentado comiendo mientras de reojo observaba a
Roberto saliendo del restaurante.

-Ya sale -. Murmuró casi como para sí. Sólo lo suficiente alto como
para que su pinganillo lo captara. Un «estoy afuera, yo me encargo»
metálico procedente del transmisor de Furgonetero resonó en su cabeza.
El tono de voz, vulgar, de su amigo le resultaba molesto de común,
pero ahora que lo sentía casi en los huesos de la cabeza era aún peor.
Impasible continuó engullendo su modesto condumio. Echó un último
vistazo a la puerta por donde acababa de salir Roberto. Este no volvió
la cabeza ni hizo gesto alguno que pudiera resultar sospechoso a un
tercer observador.

Roberto permaneció en el centro comercial alrededor de una hora más y
aprovechó para comprarse ropa. Pidió que se lo enviaran todo al hotel
y pagó con tarjeta. La tarjeta, por descontado, estaba asociada a una
cuenta que el secretario había abierto a su propio nombre con dinero
en metálico, para que no se pudiera rastrar. Furgonetero no le quitó
un ojo de encima en ningún momento, aunque se mantuvo a distancia.
Antes de marcharse, Roberto fue al lavabo y aprovechó para comunicar
su siguiente movimiento: Puerto Banús.

-Estoy hasta las bolas de conducir. Vaya semanita -. Se quejó
Furgonetero al tiempo que aparcaba en la calle Ribera. Minutos antes
habían dejado a Hereje en el cercano puerto deportivo. Este último
había visto como Roberto entraba en el Bar Pub Desván. Rhyst y
Furgonetero situaron la furgoneta en una calle paralela y esperaron
pacientemente. El reloj de la furgoneta marcaba las 17:45. A
Furgonetero le dolía la espalda de tanto conducir y como había estado
siguiendo a Roberto a ratos, también se quejaba de los pies. Rhyst
llevaba sentado mucho tiempo y le molestaban las rodillas, pero
concentrado como estaba no se daba demasiada cuenta.

Las horas pasaron rápido, y cuando parecía que ya no ocurriría nada
destacable en el día, de pronto sonó la alarma de intruso en el
computador central.

Furgonetero, abandonando el vehículo, salió corriendo en dirección al
puerto mientras Rhyst accionó el transmisor y pronunció sólo dos
palabras.

«Código naranja» resonó en los oídos de Hereje. Se metió la mano
izquierda en el bolsillo distraídamente y accionó un dispositivo
oculto: un pequeño detector de campo magnético. Por su parte,
Furgonetero pronto estuvo frente al muelle atestado de yates e hizo lo
propio con su dispositivo. Con los dos dispositivos en marcha, Rhyst
ejecutó un programa de triangulación de la señal wifi del intruso. Los
detectores de campo magnético actuaban como puntos de referencia
respecto de los cuales calcular la posición del dispositivo usado para
infiltrarse en el supuesto ordenador de Roberto; que en realidad, como
ya se ha explicado, era una simulación proyectada desde la furgoneta
del equipo.

-¡Está dentro del pub! - Gritó Rhyst. -Más detalles en un par de minutos.

Hereje 27 penetró en el bar y se sentó al fondo, desde donde podía
vigilar todo el recinto. Roberto estaba como siempre, cerca de la
entrada, con su MackBook Air abierto y su perenne coca cola a un lado,
totalmente embebido en las imágenes de coches que afluían a su
pantalla. Cuando sus ojos se hubieron acostumbrado a la semi penumbra
del pub, Hereje escrutó a cada uno de los clientes que ocupaban el
lugar. Pidió una tónica y aguardó en silencio. ¿Quién podría ser el
ladrón? Un hombre en la barra jugueteaba con una tablet de 7 u 8
pulgadas mientras bebía lo que parecía ser un whisky. Dos mujeres
charlaban animadamente a su derecha con sendos iPhones. Un anciano
parecía distraerse con una Nintendo DS. Sin duda debía de ser de un
nieto que había ido al lavabo. Un joven de unos 20 años de complexión
fuerte estudiaba con un portátil con el logotipo HP claramente
visible. Varios niños de diversas edades salpicaban la sala con su
frescura y muchos de ellos tenían tablets o smartphones. Cuando aún no
había terminado de considerar todos los sospechosos posibles, el canal
se abrió con un chasquido y la voz de Rhyst bramó dando una situación
aproximada a la izquierda de Hereje. Este se abalanzó sobre un hombre
menudo de mediana edad que no apartaba la vista de su portátil y
tecleaba sin apercibirse de lo se le venía encima. Hereje se sentó al
lado de aquel hombre y lo mantuvo pegado a la silla. El señor lo miró
sin comprender, molesto. En esas, un niño que había estado sentado
cerca salió corriendo en dirección a la puerta sin que Hereje tuviera
tiempo de reaccionar. Aún confundido escuchó a Rhyst en su pinganillo:
«La señal se desplaza aprisa hacia la salida. ¡Movéos!»

-¡Es el niño! -Dijo atropelladamente Hereje mientras se desembarazaba
del hombre y salía en su persecución. Desafortunadamente, tropezó con
el pié de alguien -o eso creyó él- y para cuando pudo alcanzar la
salida, no había ni rastro del niño.

El niño en cuestión tenía ya sus buenos 13 años y se había quitado de
la vista internándose en una de las pasarelas que flanqueaban las
dársenas del puerto deportivo. Sin parar de correr miró hacia atrás y
al ver que no le perseguían, se relajó un poco. Cuando volvió a mirar
hacia delante chocó con un hombre que inmediatamente lo agarró por el
cuello obligándolo a detenerse.

-Tengo al chico. ¿Qué hago con él? -Furgonetero Meek aflojó su presa
un poco y cambió de postura para sujetar al niño firmemente sin
causarle daño.

***

La operación había terminado mal. Toda la luz que pudo aportar el niño
fue que aquél mismo día, por la mañana, una mujer le había regalado el
teléfono y le había pagado para que estuviera en el pub «El Desván»
desde las 17:00 a las 19:00. Al preguntarle el motivo por el que había
huído, el chaval adujo que se había asustado ante lo que parecía el
inicio de una pelea. No sabía nada más. El niño había sido escogido
cuidadosamente. Era introvertido y despistado, de los que no se fijan
demasiado en la gente. La descripción que pudo dar de la mujer era
sumamente vaga. Tras comprender que decía la verdad, le dieron algo de
dinero y le despidieron quedándose con el teléfono. A la vista del
dinero, el niño se fue sin rechistar.

Un análisis preliminar del teléfono arrojó el siguiente resultado: el
teléfono, que llevaba el sistema operativo Android, había sido
manipulado para actuar como pasarela. Sólo había actuado de
intermediario, haciendo imposible localizar la auténtica procedencia
de la señal del intruso. No cabía duda de que el intruso tenía que
haber estado en la misma red wifi del local. Pero para cuando se supo
esto, ya no se podía hacer gran cosa.

Pero aunque no habían conseguido atrapar al ladrón, no todos sus
esfuerzos había sido en vano. Aún en medio de la confusión, el intruso
había conseguido introducir el malware en lo que él creía que era el
portátil de aquél bobo ricachón. Y, por tanto, un subsistema del
simulador había conseguido hacerse con esa copia del malware que tanto
habían ansiado encontrar. Una vez inactiva, fue almacenada hasta que
tuvieran ocasión de estudiarla.

Más tarde, ese mismo día, recibirían la orden de desplazarse a Madrid
con motivo del funeral de Ana María Porter, por lo que tuvieron que
abandonar Marbella y olvidarse de aquella oportunidad fallida de
atrapar al hombre sin nombre.