miércoles, 4 de noviembre de 2020

Relato: El Appeliano XVII - El Sínodo

Al día siguiente Chemi y Borjamari tenían intención de desplazarse a la cercana localidad de Los Altos para visitar la casa del profeta Jobs y el lugar donde había nacido la doctrina de Apol. Ambos lo habían planeado mucho antes de emprender viaje y estaban deseosos de hacerlo. En su Audi alquilado tardarían unos doce minutos en el trayecto y podrían regresar al complejo con tiempo para otras actividades, antes de que fuese hora de comer. La casa había sido declarada un sítio histórico y de obligada visita para los peregrinos. En ella aún vivía la madre adoptiva del siervo de Apol; para la que las continuas oleadas de curiosos, que invadían sus parterres, solo eran una molestia. Sea como fuere, cuando Chemi bajó a desayunar aquella mañana se enteró de que en esos días estaba teniendo lugar un sínodo extraordinario de la Iglesia de Apol y que tendrían que posponer su excursión, pues asistir a este evento era una rara oportunidad. Al parecer recientemente se habían extendido ciertas ideas impías que, de no controlarse a tiempo, podrían causar el primer cisma de la Iglesia de Apol.

-Disculpe prefecto, pero el sínodo está programado para las doce- dijo uno de los peregrinos -Aún faltan unas horas. Yo tengo planes, pero volveré a tiempo.

-En efecto, es como usted dice, pero estarán todos ustedes muy ocupados en ese tiempo- respondió el prefecto, y añadió antes de que nadie lo interrumpiera… -Tendrán ustedes que limpiar la sala capitular y montar las mesas, los escaños y demás mobiliario antes de que lleguen los obispos. Vamos apresúrense a terminar el desayuno.

Aquellas palabras cayeron muy mal entre los peregrinos. De todos ellos, Chemi y Borjamari eran los más dolidos. Chemi dedicó una mirada a su amigo, parecida a la de la noche anterior. Este, comprendiendo que aquello podía ser un error y que peregrinos tan distinguidos como él no podían verse sometidos a la humillación de trabajar. Echó mano a su billetera y se fue a hablar con el prefecto. Luego reconocería que aquello había sido un error y que debía haberse sometido humildemente y dedicado sus sufrimientos a Apol. Porque la conversación con el prefecto y el posterior intento de soborno supusieron la revisión de su estatus. Resultaba que las habitaciones independientes eran un lujo solo concedido a conocidos influencers. Tenías que tener un canal de Youtube con cierto número de seguidores y una vida pública dedicada a alabar las maravillas de Apol. Borjamari no tenía canal y apenas le seguían unas decenas en Twitter. Para colmo se descubrió el soborno de la noche anterior y ambos fueron expulsados de su suite y condenados a dormir en la sala comunitaria en los días sucesivos. También se les aplicarían otros castigos y penitencias que se les dictarían después. Lo tenían muy negro con un soborno, haber comido fuera de las horas establecidas y otro intento de soborno, nada menos que al prefecto general de peregrinos.

Chemi cometió el error de comentar que había trabajado como ingeniero y le asignaron el montaje de los graderíos, cuya complejidad y tamaño requerían de alguien que coordinase el trabajo y tuviera ciertos conocimientos de montaje. A Borja le tocó fregar el suelo y sacudir las numerosas alfombras polvorientas. Ambos ayudaron en la limpieza general del lugar -que estaba espantoso- y a trasladar todas las piezas, los implementos, escaños y demás chismes que iban a hacer falta. Llegada la temida hora del montaje de las primeras gradas, la cosa fue sorprendentemente bien. Dirigió a los demás operarios con firmeza y estipuló el orden en que debía colocarse todo con una seguridad que inspiró confianza hasta a los más escépticos. A pesar de su oscuro estado de ánimo, descubrió con asombro que aquello le gustaba, y sin darse cuenta hubieron finalizado el levantamiento de las dos gradas. Otros armaban las mesas y alineaban las butacas para los asistentes, vestían gradas y colocaban los escaños en su sitio. Físicamente fue un trabajo duro, pero ver todo vestido y en su sitio supuso cierta compensación a su sacrificio.

Los participantes del sínodo vinieron en procesión, con los miembros del tribunal en primer lugar, seguidos de los obispos de las diócesis apelianas de todas las regiones del mundo. Chemi reconoció sorprendido al sacerdote que le mandara meses antes hacer la peregrinación. ¡Resultaba que era obispo de Apol en España! Estaba estupefacto. Detrás de los obispos siguieron muchos sacerdotes y acólitos que acompañaban a sus obispos. Por último entraron los escribientes legos y el resto de los asistentes. Pronto casi todo el espacio estuvo ocupado. Por lo visto se había celebrado una misa para pedir por el éxito del sínodo. Fue una lástima que los peregrinos no pudieran asistir a tan glorioso evento por estar ocupados en los preparativos. Más de uno miraba disimuladamente al prefecto general con rencor. Pero así era la vida.

La primera sesión del sínodo comenzó puntualmente a las doce. La primera desviación presentada a consideración fue el nombramiento del heredero de Jobs y actual cabeza de la Iglesia de Apol, Tim Cook. Se alegaba que aquello había constituido una sucesión fraudulenta, pues la silla de Jobs pertenecía por derecho propio a Steve wozniak. Algunos prelados más extremistas incluso se atrevieron a dudar de Steve Jobs, a quien solo veían como un oportunista, ya que el mensaje sagrado había sido para Woz. Aunque para muchos esto último era impensable, grandes porciones de la Iglesia estaban de acuerdo a que el asiento del profeta pertenecía a Woz. El tribunal dictó que se reservaba este asunto para más tarde y otra desviación fue presentada. Esta vez se trataba del verdadero lugar en que el profeta había recibido la Revelación. Casi toda la Iglesia coincidía en que había sido en el garaje de los Altos, pero muchos aducían que Jobs había sido elegido por Apol cuando meditaba en una cueva cerca de Uttar Pradesh, en la India, y que tal lugar era el que debía ser venerado y no el garaje. Los partidarios de Woz estallaron en gritos, ya que ese planteamiento eliminaba a Woz de la ecuación. Y es que algunos decían que gran parte del mensaje le había sido dictado a Jobs en esa misma cueva, y no en el garaje de la casa de sus padres en Los Altos. Al tribunal le costó recuperar el orden. Se decidió esperar a que se presentasen las pruebas precisas para entrar a valorar este supuesto de la cueva. Uno de los prelados aprovechó el momento para mencionar una variación del asunto de la localización de la Revelación. Dijo que era sabido en ciertos círculos importantes que la iluminación le había llegado a Jobs mientras estaba concentrado en defecar en uno de los baños de la sede de Atari Inc. Aquella profana afirmación encendió los ánimos de la sala de una manera imposible de acallar por el presidente del tribunal, cuya voz era apenas audible entre el vocerío y los improperios que se lanzaban de una gradería a la otra. Airadas acusaciones volaron de un lado a otro de la sala, con caras ceñudas y enarbolando puños con el dedo índice levantado. Algunos trataron de traer a colación sus asuntos a pesar del griterío e iniciaron discusiones privadas con sus vecinos. Pocos pudieron permanecer sentados en sus escaños. Los más se levantaron y profirieron gestos amenazadores con los brazos en alto y voz en cuello. Algunos delegados llegaron a las manos, otros sacudían a sus interlocutores agarrados por las túnicas. Los birretes volaron, los implementos se rasgaron, las vestimentas se mancillaron y, en definitiva, el caos reinó en las gradas. El tribunal se desgañitaba en vano por acallar el tumulto. El sin dios prosiguió con desenfreno. Los escaños empezaron a atravesar los aires y a hacer blanco en insospechadas costillas e inocentes cabezas. Los espectadores de las primeras filas empezaron animando a sus elegidos, para después unirse a la trifulca con las mismas ganas que los demás. Ninguna calva o barba santa fue respetada y parecía que la violencia continuaría hasta que el último contendiente perdiese sus fuerzas. Más en un instante funesto, se sintió un gran estremecimiento seguido de un fuerte crujido que dejó a todos congelados. Y primero una y después la otra, las gradas se quejaron, se cimbrearon y se descompusieron dejando tras de sí escombros y cuerpos caídos.

Los asistentes tuvieron que desistir de sus instintos más primarios y cesar la lucha para acudir al rescate de los obispos y los prelados, que yacían entre las tablas o unos sobre otros en infortunado desorden. Daba pena verlos en ese estado. Pronto tuvieron que apartarse las butacas y el lugar se convirtió en un hospital de campaña. Por suerte no hubo que lamentar víctimas mortales, pero sí muchos heridos, algunos sobre todo en su orgullo. Antes de las cinco de la tarde, Chemi y Borjamari habían logrado escabullirse del prefecto general y se desplazaban en su flamante Audi de camino a Los Altos. Querían ver la casa de su amado Steve Jobs, pero no pudieron dejar de albergar ominosos pensamientos y quizá alguna duda sobre lo que se había discutido en el sínodo, antes de que sobreviniera el caos y la postrera catástrofe.

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